Juegos con sangre y fuego


HERMANN TERTSCH

El mundo se ha acostumbrado a la matanza ya habitual de los viernes en Siria en respuesta a las manifestaciones que piden la caída del régimen. Por eso muchos tienden a pensar que en esta tragedia ya no se trata más que de esperar a ver si ganan los unos o los otros. A ver si el presidente Assad, su ejército y su temible policía logran reinstaurar el orden del terror sobre una población que ha perdido el miedo a todo, incluida la muerte. O si por el contrario, el pueblo derriba al sátrapa. Pero lo cierto es que, siendo esa tragedia enorme, el potencial de violencia que se está acumulando en la frontera de Siria con Turquía es incalculable. Porque es una abierta provocación a Turquía que el ejército sirio practique operaciones de tierra arrasada con la aniquilación de aldeas en su misma frontera. Con la consiguiente llegada de miles de refugiados a la provincia turca de Hatay, cuya capital es Antalya, la antigua Antioquía.

Siria lleva semanas acumulando grandes fuerzas militares en una parte de su frontera con Turquía que data tan sólo de 1939 y que nunca fue reconocida por Damasco. La provincia turca de Hatay formó parte histórica de Siria desde tiempos romanos. En mapas sirios actuales sigue siendo tan siria como los altos del Golán. Y como en estos altos, ocupados por Israel, Siria podría estar tentada de provocar conflictos también en esta frontera como maniobra de distracción del acoso al régimen por su propio pueblo.

Sería una decisión demencial buscar un conflicto con el gigante militar turco. Pero muchas locuras se permite ya el régimen de Assad en su desesperada lucha por la supervivencia. Pruebas de la plena implicación del otro gran vecino, Irán, en la brutal represión siria, incorporan otra pieza peligrosa al tablero. Siria no es como Libia un mero escenario de una matanza continuada. Es una bomba de relojería para una región, donde todo se mueve.

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