La delincuencia se traga a la revolución

Francisco Olivares

FRANCISCO OLIVARES
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El Gobierno alimentó un monstruo que hoy se traga a la propia revolución. Cuando Chávez recién llegado al poder justificó el robo cuando no se tiene con qué comer abrió una compuerta que hoy se refleja en hechos como los de la cárcel de El Rodeo

El pasado miércoles en la noche, cuando todavía quedaban varias decenas de reclusos amotinados y armados en una de las torres de esa prisión, cuyas dramáticas imágenes le han dado la vuelta al mundo, el ministro El Aissami ofreció una rueda de prensa para destacar y alabar la actuación del Gobierno y de la GNB en el rescate de la prisión.

No entendía el ministro, que se trata de un hecho que muestra una complicidad entre carceleros y reos, y que ha puesto al descubierto el quiebre ético e institucional de una sociedad.

Al ministro le pareció poca cosa que 60 nombres de reclusos no estén registrados en ninguna lista, simplemente desaparecidos; tampoco fue importante detenerse a explicar cómo llega tal arsenal de guerra a una prisión y cómo es que mafias de delincuentes tienen el control de las cárceles en Venezuela. Para eso no hubo respuestas.

Como suele suceder, intentó atribuir lo ocurrido a las supuestas informaciones “manipuladas” de los medios privados y utilizó un drama como ese para resaltar lo maravilloso que es el Gobierno revolucionario cuando se trata de derechos humanos.

Lo que hemos visto en El Rodeo no es nada extraño en los últimos años. Los asesinatos dentro de recintos se han convertido en cifras que compiten con las que produce la delincuencia en las calles del país, al tiempo que la imagen de las armas de guerra se repiten en otras prisiones.

Ha sido noticia cotidiana, cómo desde las prisiones se planifican secuestros, se maneja el narcotráfico y se dirige la muerte por encargo.

Pero ese mecanismo no opera solo. El negocio se esparce en todas las instancias del Poder Judicial. “Murieron de golpiza los tres recluidos del Cicpc” decía una noticia ese mismo día, referente a la mafia que también opera desde el organismo de El Rosal, en donde caer preso significa pagar por lo menos 50 mil bolívares para permanecer con vida. Pero la mano de esa delincuencia también se ha extendido a otras instituciones, de manera que la mafia de las cárceles es el último eslabón de una cadena, en la que el que entra, vive con la idea de que no podrá salir jamás.

No podemos dejar afuera, cómo desde el mismo Gobierno se financiaron y armaron bandas de motorizados para “defender” a la revolución. Alcaldes y funcionarios rojitos fueron los operadores de tal aberración institucional. Esas bandas hoy son las dueñas de las calles.

El Gobierno alimentó un monstruo, el de la delincuencia que hoy se traga a la propia revolución.

 
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