Presidentes norteamericanos
El cirujano y el carnicero

Lluís Bassets


Lluís Bassets
lbassets@elpais.es

El próximo 11 de septiembre se cumplen 10 años. Obama está cerrando la década perdida que empezó entonces. Perder una década no es moco de pavo. Luego no se recupera. Y además, cuando alguien la pierde, otros la ganan. Con las decisiones que se tomaron alrededor de aquella fecha, quienes rodeaban a George W. Bush, el presidente de las dos guerras en Asia, creían que abrían las puertas a lo que sería “el siglo americano”. Ahora hay otro presidente, Barack Obama, que intenta remendar el estropicio, con 6.000 soldados estadounidenses muertos, tres billones de dólares gastados y mediocres avances geoestratégicos en el Gran Oriente Próximo que se quería democratizar a cañonazos; pero no tiene más remedio que aceptar los límites del poder americano en el mundo y la desgana de sus compatriotas, vista la amarga experiencia, a la hora de seguir implicados en aventuras bélicas lejos de casa. Primero con la salida de Irak y ahora con la de Afganistán.

Esta última guerra empezó casi automáticamente, con todos los requisitos y apoyos, en respuesta legítima a los ataques de Al Qaeda contra Nueva York y Washington. Pero no era la guerra que a Bush y sus neocons les apetecía. Irak y Saddam Hussein eran más interesantes. De manera que después de una vino la otra, sin dejar la faena terminada. Irak implicó abandonar recursos dedicados a Afganistán. Fue la guerra de Bush. Obama, que se opuso a la de Irak, tuvo que hacer suya la de Afganistán, incrementando esfuerzos y tropas, aunque con resultados de parecido calibre.

Son guerras que empiezan, no hay duda, pero no tienen desenlace claro como antaño: victoria para unos, derrota para otros. Lo único que se produce es una mutación en las características y objetivos bélicos que permite declarar el fin de las hostilidades y retirar las tropas. El balance queda para la opinión y la política. En Irak muchos verán una victoria de Irán, mientras que otros se la adjudicarán a la democracia; y otros dirán que estos 10 años han sido ganados como contribución a la seguridad de Israel. En Afganistán, el régimen corrupto de Karzai, la persistencia de los talibanes y la deriva inquietante de Pakistán no permite tampoco lanzar las campanas al vuelo; pero la liquidación de Bin Laden y la acción mortífera de los drones sobre los dirigentes terroristas sí conduce a declarar cumplida la misión.

Una vez terminadas, aunque de mala manera, los amigos y defensores de Bush pueden decir que a Estados Unidos nadie se la juega sin pagar la factura. El mismo mensaje, a escala más pequeña y precisa, también lo da Obama a propósito de Bin Laden. El primero fue el gran carnicero que dejó el mundo lleno de cadáveres y salpicado de sangre, y el segundo, el modesto cirujano que cura y sutura las heridas de estos 10 años infames. Ambos son emblemas convincentes de sus respectivas épocas.

 
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