Las series de abogados se están yendo a pique

 Toni García

 Creo que es justo echarle la culpa al cine: Veredicto final, Testigo de cargo, ¿Vencedores o vencidos?, La costilla de Adán o -por qué no- Tomates verdes fritos. Todas ellas incluían ese momento de genialidad judicial (más o menos reflexiva) que me hicieron amar el cine de jueces, abogados y demás fauna que poblaba el universo legal. Seamos sinceros, ¿quién no disfruta de una ronda de interrogatorios al límite o a un juez con sobredosis de dureza? (en la ficción, por supuesto).

No he sido nunca demasiado fan de las series de médicos (la medicina catódica tiene ese toque deprimente en virtud del cual en cada capítulo tiene que morir alguien y en cada temporada defenestran a uno de los protagonistas, por aquello de que el espectador no se aburra -de este comentario dispenso a Urgencias, una de las mejores ficciones televisivas de la historia de la tele); tampoco me convencen las series policiacas actuales, tan obsesionadas con los procedimientos y el ADN y las ratas de laboratorio.

La otra gran pata del asunto catódico -lo ha sido siempre- son las series de abogados.

Sin embargo parece que el género se está yendo a pique (si exceptuamos a la gloriosa The good wife, capaz de vivir en el alambre del drama judicial y el varapalo emocional como si tal cosa) y que no hay ya ideas suficientes para tratar de renovar un ideario narrativo que -bien llevado- funciona como un reloj.

Todos recordamos a Perry Mason, La ley de los Ángeles, Murder One, El abogado o Boston Legal. Cualquiera de ellas tiene más jugo y sustancia que Damages o Shark (por polémica que esta afirmación pueda parecer y aún sabiendo que la primera es infinitamente superior a la segunda). La razón está en la histórica fortaleza de los guiones de este tipo de series, que en los últimos tiempos se ha visto sustituida por un foco -realmente abusivo- en los protagonistas, algo que puede funcionar con la Glenn Close o el Ted Danson de la citada Damages pero que está destinada a fallar cuando el mejunje no cuenta con un rostro hiperconocido al que el espectador pueda agarrarse. La prueba más fehaciente de lo dicho es -la también citada- Shark, cuando después de una primera temporada notable se hundió en el absurdo intento de dejar que James Woods arrastrará el solito todas las tramas. Woods es uno de los mejores actores del mundo pero ni siquiera él puede hacer milagros cuando los guiones tienen la consistencia de la gelatina.

Dick Wolf, uno de los showrunners más famosos de todos los tiempos y creador de Ley y Orden, uno de los pocos reductos de calidad que persisten en el mundo de las series sobre la ley, acostumbra a decir que lo más importante son los guiones, y que sin ellos los actores no son nada. Igual no hay que ponerse tan radical pero es cierto que la racha de shows cancelados ya empieza a ser preocupante (empezando por la última serie de Jimmy Smits, Juez sin causa y siguiendo por Toda la verdad de la siempre magnífica Maura Tierney sin olvidarnos de Ganando el juicio) y no se vislumbra en el horizonte a ninguna Ally McBeal que les salve la tarde a los fans de los jurados, los jueces, los fiscales y los juicios.

O quizás es que -simplemente- nos hemos cansado de tanto “protesto” y tanto “declaramos al acusado…”.

Con los tiempos que corren habrá que repensar el género… pero que lo hagan rápido por favor, se les echa de menos.

 
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