ALMA DE BUITRE

Américo Martin

Desde la cima del Ávila
Américo Martín

amermart@yahoo.com

@AmericoMartin

La hipocondría no es, como muchos creen, una simple simulación. Ya en el teatro barroco francés del Siglo XVII, Moliere supo caracterizar a Argant, un enfermo imaginario y manipulador quien logró muchos de sus propósitos de vida, usando la lástima y el chantaje derivados de su supuesta enfermedad.

Alcides Villalba

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            Pese al epígrafe supra, extraído de un artículo de mi viejo amigo Jóvito Alcides, y pese al extraño silencio oficial que lo oculta a cal y canto, no dudo que el presidente tenga cáncer, haya sido operado dos veces en Cuba y se encuentre –como él mismo lo ha ratificado- bajo cuidados estrictos. Pero también pienso que en este caso se entrevé otra cara de la moneda, la del temor a las consecuencias de una eventual inhabilitación física. Ese temor embarga en primer lugar a la cumbre del poder. Con todos los medios para expresarse, los atribulados acólitos, sin contenerse, han caído en un mar de angustiosas confusiones, conservando reflejos de boxeador retirado cuando se le toca el hombro. Para atenerse al guión, así no venga a cuento, su primera reacción consistió en acusar a la oposición. ¿De qué, si se puede saber? Bueno de, vamos a ver, de… ¡irrespetar la recuperación del líder enfermo!

             La opinión nacional y la internacional, que han seguido con atención el problema, saben que esa es una falacia. La oposición ha hecho exactamente lo contrario: por razones humanas, la ha respetado. Y tiene sentido, porque si ha esgrimido las  causas de reconciliación nacional, erradicación del siniestro lenguaje de la violencia, diálogo para acometer algunos palpitantes problemas del país, mal podría solazarse o aprovechar como buitre las enfermedades del adversario.

              En su desconcierto, no se dan cuenta de que se están autoincriminando por lo mismo que reprochan. Algunos presos políticos también padecen cáncer, otros tienen dolencias dignas de atención o han sufrido deterioros en su salud por entrar en huelgas de hambre prolongadas sin que se le mueva una ceja al gobierno. Testimonios palpitantes son Brito, Afiuni, Simonovis, Peña Esclusa, los comisarios condenados de por vida por delitos no cometidos, los líderes inhabilitados, los apaleados estudiantes, obreros, pobladores de los barrios, familias de los reos comunes, y paremos de contar que la lista es larga.

            ¿Acaso sus enfermedades y derechos humanos no están siendo grotescamente “irrespetados”?

            Soporta la oposición un explicable reproche: ¿cómo interesarse en la salud de quien ha destruido la de tantos venezolanos, cuyo delito se reduce a no pensar como el supremo mandarín? Explicable pero injusto. Se busca vencer, más que librarse a justificados desahogos. Lo que debemos plantearnos -cabeza fría y corazón ardiente- es si pese a todo vamos bien. Yo creo que sí.

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            ¿Por qué en lugar de sucumbir a sus miedos, no dicen la verdad? Les conviene a ellos, le conviene al país. Fomentar una peligrosa incertidumbre, como lo han hecho con sus absurdas contradicciones y su manía de ocultar las dolencias del jefe, daña al país.

            Coinciden oposición y gobierno en que el presidente tiene cáncer y que el asunto no es menor, al punto de que en medios oficiales se nos habla de toda una lucha en fase inicial y se nos promete que al final el hombre vencerá. Pero lo que sigue en el aire no es menos importante: de los “conocedores” nadie, ni Chávez, ni Fidel, ni los sargentos en Venezuela, aclara si el líder único desaparecerá, quedará menoscabado o se recuperará plenamente. De fechas tentativas menos se habla.

            Cuando organizaron el estólido gran retorno, Fidel anunció en Granma que Chávez “les tiene una sorpresa”. Algo así como: “ustedes, que apuestan a su muerte, desengáñense porque lo tendrán por mucho tiempo”. Debió sobarse las manos, complacido por tanta astucia.

            Como se ve, cada ladrón juzga por su condición. En sentido moral y político la apuesta opositora es otra: que Chávez participe en las elecciones de diciembre. Sólo quien esté sepultado en lo profundo de odios y resentimientos supondrá que los líderes de la oposición son insinceros cuando se unifican alrededor de esta política. Se equivocan y peor para ellos pues no entenderán la esgrima que danza a la vista.

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            A la importancia de las pulsiones morales que inducen a la oposición a no “sacarle partido” a las dolencias letales del adversario, se unen las de naturaleza política.

            Si el presidente queda fuera de competencia, la amenaza contra la pureza del sufragio podría acrecentarse. Con el inmenso poder material de que disponen y su incapacidad para navegar en mares inciertos, los desangelados delfines –si es que se unen, cosa de la que podemos dudar- podrían detonar sus armas para impedir o desconocer las elecciones. Desesperados por la latente pérdida de obscenos privilegios podrían jugársela en un atrabiliario desconocimiento de la voluntad electoral. Y eso nos coloca frente a un porvenir cruento. Perderán, claro, porque el país derrotará el fraude, pero no descartemos que corra mucha sangre

            Por otra parte, podría asomarse la tesis de reformular la unidad abriendo campo a la proliferación de candidatos. ¿Sin Chávez en la otra acera –preguntarían- será necesario diseñar una fórmula única? Es una interrogante que admite enfrentadas respuestas.

            Si el presidente se postula, pálido o rozagante,  tal vez disminuya la tentación de patear el tablero, la unidad-MUD-primarias seguiría imperturbable hacia una victoria relativamente tranquila y el clima político podría ser algo menos tenebroso.

            Alma de buitre, pues, no tenemos… ni conviene tenerla.

 

 

 

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