COMPASIÓN

Milagros Socorro

Milagros Socorro

En medio de la sorpresa, para muchos paralizante, el propio enfermo ha marcado la pauta de lo que el país debe sentir. Se ha apeado del caballo para pedir compasión… Y mientras el público contempla las emociones desatadas, hay fuerzas movilizadas para beneficiarse de la tragedia..*

MILAGROS SOCORRO
msocorro@el-nacional.com

Más que tristeza, quienes creían en la heroicidad de Chávez como centro de un sistema religioso, están confundidos. No saben qué creer. El fenómeno engloba a todos quienes experimentan pasión por él, positiva o negativa. Simplemente, no pueden admitir que Chávez tenga una enfermedad grave. En una semana de basculación emocional, el estupor ha sido el estado anímico dominante.

La escritora norteamericana Susan Sontag dio una pista para comprender esta perplejidad en su libro La enfermedad y sus metáforas. “El cáncer es impropio de la personalidad romántica”, estableció la ensayista, quien expone que “hay toda una literatura y una creciente masa de investigaciones que apoyan la teoría de las causas emocionales del cáncer”; de manera que este mal se derivaría de la poco romántica depresión, que es, a decir de Sontag, “la melancolía sin sus encantos, sin su animación ni sus rachas”. Y qué queda de Chávez sin estos impulsos. Pues, precisamente eso en lo que se ha convertido, un poso de melancolía.

En medio de la sorpresa, para muchos paralizante, el propio enfermo ha marcado la pauta de lo que el país debe sentir. Se ha apeado del caballo para pedir compasión. No es de extrañar. Si alguna habilidad tiene Chávez es la de victimizarse y hacer de ello una performance. Alguna razón tendría Platón al afirmar que el arte dramático es despreciable porque se conecta con el lado menos noble de nuestra naturaleza, cual es la expresión del sufrimiento a expensas de virtudes de las que podría carecerse, como raciocinio, contención y sobriedad, que, ciertamente, no son los fuertes del golpista del ‘92.

Cuántas veces ha hecho Chávez exhibiciones de lo que alguien ha llamado “dolor recreativo”, para aludir a esa gesticulación de empatía con los pobres y damnificados, efusiones que demostraron ser simulacros no sustentados por un verdadero compromiso, puesto que, con excepción de los ardides propagandísticos, la situación de todos aquellos por quienes Chávez hizo vigilias lacrimosas no hizo sino empeorar.

Una paradoja cruel es que, como con el cáncer, cuyo tratamiento es peor que la enfermedad, Chávez ha resultado un multiplicador de los males de Venezuela.

La historia reciente demostró que la lástima por los padecimientos de otros alienta la autocompasión; y en esa constante producción de “momentos Kodak”, que el régimen ha generado, con mayor o menor veracidad (no digo que el actual trance no sea tremendo; lo es, y mucho), las masas han quedado a merced de sus emociones, que no sólo han orientado el voto sino que también han adormecido la tentación crítica de muchos sectores, movidos, entonces, a posponer la protesta o el abandono de la adhesión porque se encuentran en estado melodramático.

Por lo general, lo que el régimen llama “democracia participativa” y “pueblo empoderado”, es, en realidad, el derecho de las masas no a deliberar ni a decidir sobre los asuntos públicos, mucho menos ejercer una contraloría del poder, sino a llorar por las vicisitudes del líder (las maldades que le hace el imperio y la oposición apátrida).

Ya anotó Platón que ningún rey filósofo que se respete tiene necesidad de histrionismos.

Del lado adversario, cierta oposición ha esperado que, así como el Presidente ha estimulado la lástima por su actual predicamento, también dispense gestos humanitarios con los presos políticos que enfrentan dificultades de salud.

Es como si el cáncer del Presidente fuera un rito sacrificial del que va a salir purgado de su crueldad y la habitual injusticia de su proceder. En el deslave de piedad, se ve en la sombra la figura, siempre fuera de pote, de Hugo de los Reyes Chávez ­sacado de su merecida jubilación para ponerlo de tapadera de las frenéticas movidas y la insaciable voracidad de su prole­, ahora relegado a un universo de olvido y pantuflas, y sustituido en la orilla de la cama del enfermo por el tirano Fidel Castro. Es muy posible que el viejo maestro esté consciente de que su hijo, víctima de grave dolencia, es, encima, rehén de los Castro, que querrán sacarle todo lo posible antes de que sobrevenga la hecatombe para Cuba.

Y mientras el público contempla las emociones desatadas, hay fuerzas movilizadas para beneficiarse de la tragedia. Al enfocarlas, se las ve en pleno trajín, como cuando se enciende la luz de la cocina y las cucarachas corren a esconderse en los rincones.

 


* El sumario ha sido extraído del texto.

 
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