EN LA ISLA DEL DR. CASTRO

Carlos Blanco


CARLOS BLANCO
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De pronto el tinglado de la eternidad se ha disuelto en un absceso y en la malignidad voraz de unas células… Ahora Hugo Chávez es el objeto de un experimento médico-político de Fidel Castro.

Todos los hombres son mortales. Chávez es hombre. Luego, Chávez es mortal. Nada más y nada menos que como Sócrates. Este descubrimiento ha creado una conmoción política en Venezuela que ha acelerado la dinámica de la transición. El tema de la sucesión de Chávez, aunque ha sido el asunto primordial de la oposición, era impensable en las filas del chavismo y en la conducta del caudillo. La rochela con la fecha del fin de su mandato, siempre proyectado hacia varias décadas por venir, ahora se ha colocado como una inminencia casi separada de la precisa gravedad de la enfermedad que lo agobia. En forma repentina, la sola posibilidad de imaginar la sustitución del hombre fuerte ha desatado las emociones.

Es de sobra conocido que el poder fascina tanto o más que el sexo o el dinero; el poder supera, aun cuando sea en forma ilusoria, las limitaciones, impotencias y quebrantos. Convertir la voluntad en acto, el deseo en resultado, conecta con atribuciones divinas de las cuales carece el ser humano común. Alguna vez quien esto escribe le preguntó a un presidente en ejercicio qué le gustaba de su cargo y respondió: “que yo digo que aquel objeto que está allá (señalaba un gigantesco jarrón adosado a una esquina de su oficina) se debe mover y… se mueve”. La voluntad pone en marcha una maquinaria de empleados, dispositivos, adulantes que convierten lo requerido en acto. La realidad es que no siempre lo decretado se verifica; la mayor parte de las veces los presidentes deciden sobre cuestiones que no se cumplen salvo de forma imprecisa, lateral o insuficiente; más aún en países, como Venezuela, en el que las instituciones están hechas sopa. Pero, como alguna vez pudo habérsele leído a Jean Baudrillard (Olvidar a Foucault): «… el secreto de los grandes políticos fue saber que el poder no existe. Que no es más que un espacio perspectivo de simulación»

El poder de Chávez es su presencia. Él es su simulacro. Él habla y habla y habla como mecanismo para documentar que ejerce un poder que sólo lo tiene porque ha fascinado a los propios y a los ajenos por la voluntad de hacerlo eterno. De pronto el tinglado de la eternidad se ha disuelto en un absceso y en la malignidad voraz de unas células. El hombre mortal es mórbido. Puede no estar; puede ser efímero; los imperios de los mil años a veces duran doce o poco más.

Ahora es el objeto de un experimento médico-político de Fidel Castro. El líder cubano ha intentado producir milagros: curar el mal de amores, engendrar vacas que producen leche condensada, hacer que los ciegos vean y que los perseguidos caminen sobre las aguas para escapar; la nueva ocurrencia es sanar a Chávez mediante el ensayo y el error, no vaya a ser que la vaca lechera de Venezuela se convierta en macho cabrío. Es de imaginar al doctor Castro, embatolado, dando instrucciones en la mesa de operaciones, “córtame aquí, mi sangre”, “despega la vejiga, imbécil”… con la mente centrada en la caja registradora.

DE LAS PASIONES. La sola posibilidad del cese de la eternidad del caudillo ha hecho que los del segundo y lejano nivel se sientan con derecho, cada uno de ellos, a ser el sustituto provisional y eventual sucesor permanente, si la cuestión se agrava. Por primera vez Chávez ve la cara horrible del amor que le tienen varios de los más cercanos: la cara del heredero impaciente; la cara del sobrino-nieto que al sostener la mano del tío-abuelo grave, lo mira con compasión y hasta lagrimea, pero reducido a un único pensamiento que se interroga sobre cuándo este viejo puñetero firmará el testamento y se irá.

Este es el momento en que los cubanos se han sentido llamados. No sólo han intervenido el abdomen de la República sino que han comenzado a diseñar la transición al taimado estilo de los hermanos Castro. Mucho secreto, desinformación, y sobre todo la decisión de la línea de sucesión sobre la base de su conveniencia que, también por sus pasiones, Chávez ha decidido que es la suya.

La discusión de la sucesión no habla de la gravedad de Chávez; puede durar mucho tiempo, muchos años; pero si es cierto lo que dijo en forma directa o alusiva, tendrá que dedicarse a su recuperación. Es aquí el exacto momento en que la segunda línea burocrática juega papel estelar. Chávez y los cubanos tienen que decidir qué ha de prevalecer: lo civil o lo militar, la izquierda radical o la izquierda moderada, incluso la izquierda o la derecha “endógena” que clama por el socialismo, los del viejo movimiento conspirativo o los retoños de la época de la gloria y la corrupción. Además, puede ser una oportunidad preciosa para alejar bacalaos apestosos de los cuales no ha encontrado manera sutil de desengancharse.

No hay líder sustituto de Chávez ni hay institución alguna que pueda proveerlo. De manera que su construcción es a través del conocido e ineficaz proceso de maduración con carburo. ¿Cuánto durará la maduración? ¿Estará maduro a tiempo? A pesar de que unos sean los escogidos, todos los de la segunda y la tercera línea han iniciado la cuenta de sus cañones; hay quienes lo hacen literalmente al reclamar su influencia entre los militares; otros recuerdan que no se han escondido en los momentos difíciles; varios de los desplazados sacan sus viejas condecoraciones y galones a ver si se les reconocen ahora. La pelea es dura y será más dura, aun cuando Chávez la haya aplazado temporalmente.

El sustituto siempre estará sometido a la mirada severa de los inseparables convalecientes, Fidel y Chávez; pero no es lo mismo mandar que supervisar. No es el mismo goce ni se obtienen los mismos resultados.

EL NUEVO CHÁVEZ. El hombre que salió de Venezuela hace unas semanas era el de siempre, el dueño del universo; el que regresó lo preocupan más sus células anarquizadas que la historia. Dijo el poeta, caricaturista y pintor alemán Wilhelm Busch sobre el poeta con dolor de muelas: “Concentrándose está su alma en el estrecho hoyo de su molar”. Así que un hombre como Chávez, tan apegado al cuidado de sí mismo, tan obsesionado por su seguridad, ahora por fin ha encontrado el magnicida, estaba en sus entrañas. ¿Podría cambiar el hombre?

Es obvio que los cubanos seguirán insistiendo en acentuar su control. Regir la sucesión es dominar el proceso que ahora se desata. Sin embargo, la oposición podría jugar un papel interesante si dirige su esfuerzo a exigir una descomprensión de la situación política y tal vez pueda apelar a la situación objetiva nueva en la que se coloca Chávez, de hombre vulnerado y vulnerable. María Afiuni, Alejandro Peña Esclusa, Iván Simonovis, Henry Vivas, entre otros deben ser tratados médicamente y todos los presos políticos liberados. Los exiliados deben volver. Los padres, esposas, hijos de los presos deben dejar de sufrir por el asedio. El país tiene derecho a exigirle a quien ha hecho de su dolencia un asunto hiperpolítico que cese el sufrimiento de sus víctimas. Tal vez sea posible.

 

 

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