La Cuba que muere

Alexander Cambero

Alexander Cambero

ALEXANDER CAMBERO
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@alecambero

Las olas golpean tímidamente al malecón habanero. Una ciudad abandonada por la indolencia, se dibuja en el horizonte de una dictadura cruel. Sus calles revalidan a la década del cincuenta que sigue viviendo entre viejos autos y edificios que se caen a pedazos; frisos que tienen años sin recibir la tierna caricia de una mano de pintura, van tantos que sus rastros son mohosas huellas de un pasado que busca resarcirse a cada instante.

Malecón La Habana Cuba

Quizás, los equivocados seamos nosotros y el túnel del tiempo hizo que el calendario se detuviera en esta sufrida isla que sabe a caña y danzón. Que todavía Acerina hace delirar con su cadencioso ritmo mientras las mulatas se contorsionan con el mambo de Dámaso Pérez Prado en el Tropicana. Un daiquiri con Ernest Hemingway, para disfrutar de los boleros de Olga Chorens quien con cada suspiro le abre paso al concierto del inolvidable Bienvenido Granda. Seguramente, el escritor no dejaba de mirar la superficie marina como indagando en las aguas azules, la resuelta aparición de otro gran pez como aquel que inmortalizó en su obra. Las rudas manos de los pescadores de Cojimar, tratando de darle una nueva musa en cardúmenes suculentos; y el hombre de letras con los ojos puestos en el océano atlántico que se asocia con la persistente brisa del atardecer.

La Habana tiene un rostro patético. Callejuelas corroídas por donde trasciende la miseria infinita, viejas carretas sirven de transporte público como si viviéramos en los principios del siglo pasado. Las paradas lucen atestadas de impacientes habaneros esperando que pase alguna destartalada “guagua” que los lleve a sus trabajos. Todo parece estar en animación suspendida. Son como un gran museo al aire libre en donde el pasado sigue viviendo con las enormes dificultades para incrustarse en la realidad contemporánea.

El común de la gente añora otro destino con mayor porvenir que la muerte por dosis que administra el régimen totalitario. Más de cincuenta años de revolución han servido para transformar a Cuba en un espejo lamentable, un experimento en donde la mentira tomó cuerpo. El proceso socialista vive de una propaganda que oculta la verdad dolorosa de su realidad.

La gente se acerca para criticar al sistema comunista y lamentar la pesadilla venezolana. Sostienen que entre ambos gobiernos existe una sociedad secreta en donde el pillaje es su marca mayor, hablan de como muchos de los planes conjuntos son excusas para robar y aplastar al ciudadano. Chávez y sus incondicionales tienen aquí las mismas francachelas, rumbas y saraos; tal como los hacían los gringos en los tiempos de Fulgencio Batista. Disfrutan de los hoteles exclusivos en donde hay mulatas, ron y casinos. Un mesonero matancero nos comenta que las fiestas son hasta el amanecer. Con abundante escocés y propinas en dólares. Asegura, haber visto a más de un funcionario venezolano durmiendo una borrachera de padre y señor mío. ¡Qué tal la revolución bonita!

El antillano se cuida de expresar sus ideas en grupo, sólo lo hace cuando tienen la certeza de la integridad de su interlocutor. Es una sociedad de incógnitas; todo se oculta, en la mirada de muchos se nota un gran temor. Ciudadanos que son convertidos en autómatas, que actúan como marionetas en donde una camarilla vive a costas del sufrimiento de su pueblo. Un triste ejemplo en donde la gestión de Hugo Chávez tiene su piedra filosofal.

 

 
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Un Comentario;

  1. ateocinico said:

    Y lo triste es que siempre se supo que es así. Pero los cultos no mueren, por que el creyente es refractario a todo lo que no sea su catecismo.

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