REFORMA Y FRITANGA

Yoani Sánchez

La incertidumbre sobre si el Gobierno cumplirá o no su compromiso con los incipientes negocios privados, constituye en el lastre mayor de la flexibilización económica.

 

YOANI SÁNCHEZ

El portal ya no recuerda al sitio gris y polvoriento de hace un año. Ahora han pintado las paredes, retocado las vigas y puesto un toldo a rayas que atrae las miradas. Tres vistosos carteles anuncian variados servicios, cuya mezcla es tan surrealista que divierte: barbería, venta de pizzas y predicción de la fortuna. Forma parte de las pequeñísimas empresas privadas que emergen por toda Cuba, algunas de las cuales parecen tener estampadas desde el nacimiento su inminente fecha de quiebra.

Una nueva tienda privada en La Habana

Otras, por el contrario, auguran convertirse en verdaderos emporios comerciales si las dejaran evolucionar. La mayoría da pasos tímidos, no quieren demostrar todavía su verdadero potencial. No vaya a ser que la apertura económica sea tan efímera como una fritanga quemándose en el aceite requemado de algún timbiriche. Por lo tanto la cautela resulta la actitud empresarial más extendida, en un país donde el Estado tuvo durante demasiado tiempo el monopolio sobre los servicios y la producción.

El capital financiero también empieza a entrar tímidamente para estos fines. Una parte del dinero pasa frente a los ojos atentos de las instituciones bancarias oficiales, pero otra llega desde el extranjero a través de mulas o de parientes exiliados. Se utiliza como inversión inicial en aras de convertir la oscura sala de una casa en un restaurante colonial con comida criolla.

Pero no todos los emprendedores cuentan con ese salve que proviene de afuera. Los más han tenido que pedir préstamos a parientes y amigos o han vendido parte de su patrimonio para sufragar el azaroso camino del trabajo por cuenta propia. Aunque el discurso oficial habla de conceder garantías a largo plazo a estos negocios particulares, la suspicacia ronda entre quienes abrieron una cafetería, fundaron un salón de belleza o montaron un punto de venta de películas y música. Los más viejos son los más recelosos, quizás porque vivieron la llamada Ofensiva Revolucionaria de 1968, durante la cual fueron confiscados hasta los cajones donde los limpiabotas guardaban el betún, los trapos y los cepillos. Ahora, tímidamente, también se les ve a ellos de vuelta alrededor del parque de la Fraternidad, lustrando el calzado de los transeúntes. Esa profesión que fue mostrada en la prensa de los años sesenta como el paradigma de la humillación que la clase burguesa provocaba sobre los más pobres. En virtud de ese estereotipo de visos revolucionarios nos pasamos décadas con los zapatos sucios.

Ahora mismo hay en Cuba unos 314.000 trabajadores por cuenta propia y el crecimiento de este sector no se ha comportado de forma tan boyante como se anunció en un principio. En el último año 70.000 personas han entregado sus licencias, entre otras razones por los altos precios de la materia prima, debido a la ausencia de un mercado mayorista y a la imposibilidad legal de importar autónomamente. La tardanza en implementar los créditos bancarios para los nuevos empresarios, los pocos conocimientos administrativos y los altísimos impuestos tampoco ayudan mucho.

Sin contar que las profesiones aceptadas recuerdan más al listado de empleos en una aldea medieval, que a las demandas reales de servicios en una sociedad del siglo XXI. Los cubanos podemos ser entonces elaboradores de alimentos, forradores de botones, aguadores o masajistas, pero la gran mayoría de las profesiones diplomadas todavía está en manos oficiales. Miles de médicos, estomatólogos, abogados, informáticos y hasta algunas decenas de periodistas independientes, esperan porque se legalice su entrada al mercado de fuerza de trabajo privada. Por el momento deben conformarse con aguardar, laborar en la ilegalidad o someterse a los bajísimos salarios del sector estatal. Autorizarlos a ejercer -de forma independiente- sus licenciaturas o doctorados, sin estar afiliados a una institución, sería un paso que confirmaría la autenticidad de las tan mencionadas reformas. Mientras eso no ocurra, da la impresión de que ha sido la urgencia de las vacías arcas nacionales y no un legítimo espíritu renovador, quien ha decidido este nuevo derrotero.

Aun así, disfrutamos el pequeño florecer de sabores, el colorido que tiñe algunas avenidas donde se combinan las columnas resquebrajadas con los anuncios de los nuevos locales para comer, beber y comprar baratijas. Tienen nombres simpáticos como El jardín de las Delicias, La Quintilla o El Rincón del Amor, pero tras su desenfadada imagen se encubre la zozobra ante el futuro inmediato.

La incertidumbre de si el Gobierno cumplirá o no su compromiso con los incipientes negocios privados, se constituye en el lastre mayor de esta flexibilización económica. Quizás esas interrogantes, llevaron a que en un portal habanero se vendan lo mismo pizzas que se corte el cabello o se lea la fortuna. Ni en las líneas de las manos de 11 millones de cubanos, ni en los pozos del té o en el polvillo que el café mezclado deja en el fondo de la taza, se puede predecir a ciencia cierta qué ocurrirá. Si estas fritangas de hoy son realmente el embrión de una clase empresarial criolla, o un subterfugio momentáneo para que el Gobierno compre un nuevo plazo de tiempo.

Yoani Sánchez, periodista cubana y autora del blog Generación Y, fue galardonada en 2008 con el Premio Ortega y Gasset de Periodismo. © Yoani Sánchez / bgagency-Milán.

www.elpais.com

 
Top