“CIPRIANO SABÍA PELEAR”

Manuel Felipe Sierra

FABULA COTIDIANA
MANUEL FELIPE SIERRA

manuelfsierra@yahoo.com

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Reina el silencio en la casa de Cipriano Castro en Macuto. Corre febrero de 1907 y en pocas horas el Presidente de la Republica será operado de una fístula de vesícula-colónica. Los médicos José Rafael Revenga, Pablo Acosta Ortiz y el anestesiólogo Lino Clemente preparan la intervención con la asistencia de los jóvenes David Lobo, José Antonio Baldó y Adolfo Bueno. A los minutos el paciente sufre una baja de tensión con una caída cardio-respiratoria. De la custodia presidencial se oye un grito: “Si se muere el General se mueren los doctores”. Los cirujanos se miran las caras, se suspende la cirugía, la herida es suturada y la recuperación del enfermo se confía a la voluntad divina. Juan Vicente Gómez, silencioso, ha observado todos los movimientos.

 En la calle los rumores dan por muerto al jefe de la “Restauración” y se agitan las conspiraciones. Castro un año antes confesó su interés en dejar el mando, y de todo el país de inmediato surgieron pronunciamientos de respaldo y a favor de la continuidad de su gobierno. El 18 de marzo, cuando retorna a la Casa Amarilla se ha levantado  de nuevo el “cuero seco” de la historia venezolana. Entre los allegados se habla de la sucesión  y se menciona a  los generales Francisco Linares Alcántara, Román Delgado Chalbaud y Eliseo Sarmiento; los exiliados preparan el regreso; mientras el país no se repone de los estragos del bloqueo de las grandes potencias. El 12 de agosto un tribunal condena a la New York y Bermúdez Company, (la compañía asfaltera que financió la “Revolución Libertadora” en 1902), a cancelar una cifra considerada astronómica.

A comienzos del 1908 el gobierno de Theodore Roosevelt toma la decisión de invadir a Venezuela y solicita autorización del Congreso. El Secretario de Estado Elihu Root declara: “Venezuela ha agotado la paciencia del gobierno de los Estados Unidos”. Castro responde con la ruptura de las relaciones diplomáticas.   A los días, se filtra un informe del embajador de los Países Bajos en Caracas en el cual se afirma que “Castro arruina a Venezuela”. El mandatario monta en cólera y ordena suspender el comercio con las vecinas Antillas Holandesas. El congreso norteamericano no autoriza la invasión pero Washington estimula al gobierno holandés para que ejecute una operación similar.

 Ya es público el enfrentamiento entre los “generales centrales”  fieles a Castro y los “generales andinos” que estimulan a Gómez para que asuma el poder. En el Congreso se plantea una reforma constitucional que consagra la reelección vitalicia y se hace el llamado correspondiente a los consejos municipales que deberían aprobarla. Trasciende la noticia de que Castro ha sufrido una recaída y que es inaplazable el uso del bisturí. En Venezuela  no existen garantías para la operación, y además ningún médico se atrevería a intentarla después del episodio de Macuto. Se decide recurrir al Doctor Israel, el más famoso cirujano del mundo en la especialidad, quien imposibilitado de venir a Caracas propone que el paciente se traslade a Berlín.

Jorge Olavarria en su estudio “Gómez: un enigma histórico” sostiene que además de la urgencia quirúrgica el viaje de Castro obedeció  a la necesidad de buscar un escape ante un cuadro critico de ingobernabilidad. Cuando el 24 de noviembre Gómez despide a Castro en La Guaira y éste aborda el vapor “Guadaloupe”, más que un acto formal se sella un dramático  cambio político. El  viajero deja el país sin relaciones con Colombia, Francia, Los Países Bajos y los Estados Unidos y con el anuncio de una expedición desde Trinidad encabezada por el general Nicolás Rolando. Enrique Viloria Vera completa el escenario: “Se produce el fusilamiento de Antonio Paredes; la economía entra en franca recesión; hay que subastar y vender a precio de “gallina flaca”, la recaudación de fuentes de ingresos públicos nacionales: la renta de licores, tabaco, estampillas, cigarrillos, papel sellado y salinas son cedidas al mejor postor; y además estalla en el litoral y se extiende en la capital una epidemia de peste bubónica”.

 En el hotel “L´ Esplanade” de Berlín, en compañía del cónsul venezolano Diógenes Escalante, Castro se pone a las órdenes del Doctor Israel. A los días el prestigioso cirujano le practica una nefrectomía  que resulta todo un éxito. Recuperado, Castro se prepara para el regreso pero no advierte que ya Venezuela es una nación distinta. Gómez asume el poder mediante un golpe de estado el 19 de diciembre; son amnistiados los caudillos anticastristas; se abren las puertas a los presos y exiliados; en la calle se repudia a Castro y se apoya a  Gómez; se alarma sobre la posibilidad de una invasión del gobernante derrocado; y los embajadores y funcionarios diplomáticos otrora solícitos se convierten en espías que le seguirán los pasos como a un peligroso delincuente. Castro había superado la enfermedad pero le faltaban varios años de sobresaltos. Trinidad, Martinica, España, la isla de Tenerife y varios países europeos con los sobrenombres de Dino D`Alfalo, Numa Quintero y Señor Ruiz, marcan el itinerario inicial del fugitivo. Llega a New York y por razones de inmigración es recluido durante unos días en  la prisión Ellis Island; sigue a Cuba y en La Habana es recibido con manifestaciones de simpatía y allí retoma el ímpetu de su oratoria: “Nuestras repúblicas con el ingrato recuerdo del imperialismo luchan por encontrar el camino del engrandecimiento y la prosperidad”. En 1916 recala en Puerto Rico donde habrá de permanecer hasta la hora de su muerte.

 Según Polanco Alcántara: “Allí vivía solo, vecino a su hermana Nieves en cuya casa hacía la comida, y dedicaba tiempo para algunos paseos, leía y descansaba”. Cipriano Castro muere el 5 de diciembre de 1924. Cuentan que Gómez cuando conoció la noticia en Maracay se limitó a decir: “Don Cipriano sí sabía pelear”. Durante cuarenta y siete años más habría de prolongarse el ostracismo de sus restos, hasta el 25 de mayo 1975 cuando Carlos Andrés Pérez (quien murió en Miami también exiliado en diciembre del 2010) ordenó su traslado a Capacho, su pueblo natal. El 14 de febrero del 2003 Hugo Chávez Frías (ahora bajo tratamiento anticancerígeno en La Habana) concedió el honor tardío de trasladarlos al Panteón Nacional.     

 
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