La tentación demagógica

Roberto Guisti


ROBERTO GIUSTI
rgiusti@eluniversal.com

¿Caerán los precandidatos de oposición en un juego del cual Chávez es el sumo pontífice?

Hasta ahora ha sido inescapable, irreductible e irresistible y por su capacidad de adaptación sobrevive, crece y se fortalece en las más disímiles e inesperadas regiones del accionar político. Detestada, denigrada hasta la náusea y negada por algunos de sus más afanosos ejecutantes en funciones de gobierno, también hay quien la reivindique semioculta entre los pliegues de los manifiestos ideológicos y en nombre de los sacrosantos derechos populares. La dádiva, el populismo.

Alguien a quien me encontré en la cuesta de Sabas Nieves me habló de la “denigrante cultura social” del venezolano. Eso, de inmediato, nos llevó al lugar común del petróleo como excremento del diablo, mal y raíz de todas las debilidades que arruinan nuestra identidad nacional, tesis parcial si nos retrotraemos a un origen que puede remontarse a nuestro siglo XIX o si se quiere, a la conformación de eso que José Vasconcelos denominaba “la raza cósmica”.

Ese melting pot, del cual brota nuestra molicie ancestral y una cierta propensión a la flojera, la irresponsabilidad y el fatalismo, nos colocan en la tesitura de entregar la vida a cambio de los dones que nos concede el gran dispensador, encarnado en caudillos civiles o militares, demócratas o no. Las grandes batallas, las bélicas reales y las metafóricas políticas, se han dado en pequeñas y grandes revoluciones, falsas y verdaderas, en nombre de tal concepción de la vida, ante la que se rinden casi todos los dirigentes.

Resultaría ocioso consignar que una de sus formas más acendradas, el populismo, ha gozado, en los últimos doce años, de una exacerbación elevada a cotas sin precedentes. El problema está en que combatirla, como lo hizo Mario Vargas Llosa en su campaña electoral de 1990, llamando a la creación de una nueva cultura del trabajo, de la corresponsabilidad y del emprendimiento, se convierte en pasaporte seguro para la derrota.

Por eso, algunos, como Carlos Andrés Pérez, maquillaron su objetivo creando la ilusión populista en ciertos sectores de la población, pero hablándoles en lenguaje cifrado a las minorías pendientes del cambio cultural y ya sabemos lo qué pasó. Otros, más recientes, como Ollanta Humala, manejaron los dos discursos, en tiempos cronológicamente distintos y mientras unos votaban por el Humala viejo populista, otros lo hacían por el liberal de nuevo cuño. Aún no sabemos cómo será su gobierno.

La pregunta es si los precandidatos de oposición en liza caerán en la tentación demagógica (de la cual Chávez es el sumo pontífice) como única forma de ganar unas elecciones, se sacrificarán en el altar electoral por decir lo que piensan sin importarles los resultados o serán capaces de conciliar ambos discursos, en una simbiosis cargada de matices y medias tintas que resulta demasiado sutil en el país de la polarización.

 
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