Los latinos se comen el mundo

El Cono Sur y la voz en español de EE UU conforman una potencia cultural en pleno auge, tanto en lo musical como en lo literario, lo artístico y lo cinematográfico

Los gordos de Botero pasaron sus años de vacas flacas. Pasaron porque, a finales de mayo, se dieron un festín. Una familia se subastó en Sotheby’s por casi un millón de euros. En el convite participaron también otras obras del colombiano: la escultura de bronce Hombre a caballo (820.000 euros) o los cuadros Amantes en el sofá francés (425.000 euros) y Desnudo (446.000 euros). En suma, una cita pantagruélica para esos seres voluminosos, llenos, agrandados, que a Fernando Botero le disgusta despachar como gordos.

Desde 1992, Sotheby’s no había dedicado una venta en exclusiva a un artista latinoamericano. He aquí la señal de algo. Hace pocas semanas en Christie’s se adjudicaban en cifras históricas obras del mexicano Miguel Covarrubias, el ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, el cubano Wilfredo Lam o el brasileño Emiliano di Cavalcanti.

Shakira y las orquestas infantiles de Venezuela triunfan con su música en todo el mundo

Soslayando eso tan machadiano sobre un necio, el valor y el precio, lo insoslayable es que los coleccionistas han decidido apostar por el arte latino. No solo ellos, también los programadores, las ferias y los museos. Al margen de los martillos de Sotheby’s o Christie’s, hay otros signos sobre esta efervescencia: PINTA, la feria de arte moderno y contemporáneo latinoamericano creada en 2007 en Nueva York, eligió Londres para extender su tentáculo europeo. No hay romanticismo en la decisión. La capital británica es un epicentro del mercado artístico y algunas instituciones, como la Tate Modern, son clientes imbatibles: el 25% de las obras de artistas jóvenes (nacidos después de 1985) compradas por el museo están firmadas por latinos. En la apertura en Londres, el presidente de PINTA, Alejandro Zaia, elogiaba la “nueva mirada” de expertos, comisarios y críticos, que está revalorizando el arte latinoamericano “más allá de los clásicos como Diego Rivera”.

Como ocurre con los clásicos, a Rivera y otros muralistas mexicanos puede achacárseles un rasgo que se repite a menudo entre los artistas latinos (por otro lado, igual de heterogéneos y diversos que los europeos o los asiáticos): el mensaje político. Incluso Fernando Botero, tan reacio a rendir pleitesía a cualquier aspecto ajeno a la estética -“tienes que ser fiel a la pintura antes que a cualquier otra cosa”, ha repetido en varias ocasiones-, acabó bañándose en la cruda realidad colombiana y firmó un centenar de obras para denunciar los abusos de la guerrilla de su país, que ahora pueden verse en el Museo Nacional de Bogotá. En 2005 un nuevo episodio volvió a enrabietarle lo suficiente como para poner a sus voluminosas criaturas en situaciones infames: pintó una serie sobre los prisioneros de Abu Ghraib, torturados por sus guardianes estadounidenses, que indignó a los seguidores de la doctrina de Bush y entusiasmó a los socios de Amnistía Internacional, por nombrar cara y cruz.

La realidad impregna muchas manifestaciones creativas que surgen en Sudamérica

La realidad impregna con facilidad cualquier manifestación artística surgida en el continente americano. A veces en lugares insospechados, como la música clásica. ¿O no es dejarse impregnar por la realidad la creación de las orquestas infantiles venezolanas? Tras más de tres décadas, el modelo de José Antonio Abreu, premio Príncipe de Asturias de las Artes, se expande por medio mundo. Con una simple batuta, Abreu arrancó de la marginación a un millón de niños venezolanos. Por si eso no bastara para medir su éxito, de su escuela salió Gustavo Dudamel, el director de orquesta más solicitado, el maestro capaz de hacer soñar a Los Ángeles -dirige la Filarmónica- sin levitar por ello sobre la tierra. “La música, antes que nada, debe crear buenos ciudadanos”, sostiene. Aunque él mismo haya aclarado que no es “el mesías”, Dudamel es el gran Dudamel. Y el modelo venezolano de enseñanza de música clásica es “el modelo”, que ya se copia en Italia, Reino Unido, Alemania, España o Japón. ¿Alguien duda de que los latinos no lleven la voz cantante también en este campo?

Arriba, el pintor y escultor colombiano Fernando Botero.Arriba, el pintor y escultor colombiano Fernando Botero.

Antes de la clásica fue el pop. Que una colombiana, Shakira, abriese el último Mundial de Fútbol en un país africano de órbita anglófila es otro signo de la globalización latina. “Es un buen ejemplo de lo hispanoamericano universalizado bajo un envoltorio internacional”, asiente Francisco Moreno, director académico del Instituto Cervantes. En el mismo saco -y tal vez no con la misma intensidad- entrarían otros artistas como Juanes, Alejandro Sanz, Paulina Rubio o David Bisbal, capaces de atraer público en lugares tan dispares como Estados Unidos, Francia, Panamá o Bélgica. El pop latino parece tenerlo fácil, pero el trabajo para lograr su internacionalización viene de lejos. El primer éxito del rock en español, La bamba, del chicano Ritchie Valens, es de 1958. Antes de que Internet facilitase la conquista del mundo, las corrientes migratorias del siglo XX ayudaron a difundir sus ritmos y a inventar otros nuevos. “Es un momento dulce en lo cultural, y la clave está en la combinación entre lo que aporta América, incluido Estados Unidos y España”, asegura Moreno.

Narcotráfico, corrupción y guerrilla son algunos de los temas literarios de mayor aceptación

No todo corre a la misma velocidad. “Estados Unidos es de los pocos países del mundo donde te penalizan por hablar más de un idioma”, ironiza el escritor boliviano Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, 1967). Su última novela, Norte (Mondadori), cuenta tres historias perturbadoras de emigrantes que cruzan la frontera. La edición mexicana será la que se distribuya en español en EE UU, donde reside el escritor desde hace dos décadas. “Entonces era imposible encontrar libros en español, ahora puedes encontrarlos en las grandes librerías”, compara. Se avanza paso a paso. “Culturalmente tenemos una buena presencia en música, quizás porque es lo que mejor entra. En lo otro hay bolsas, es difícil trascender”. Edmundo Paz Soldán tiene una segunda ironía: “EE UU es un país que solo acepta a un escritor extranjero a la vez”. El chileno Roberto Bolaño es el encumbrado del presente, igual que antes les ocurrió a García Márquez y a Borges.

Sobre estas líneas, el escritor boliviano Edmundo Paz Soldán.Sobre estas líneas, el escritor boliviano Edmundo Paz Soldán.

Hay signos que solo observan los expertos. Como el apuntado por Gustavo Guerrero (Caracas, 1957), escritor y jefe editorial para España y Latinoamérica de Gallimard: “Hace 20 años, en la Feria de Fráncfort, la mayoría de las agencias que vendían derechos de autores españoles o hispanoamericanos eran de Barcelona o Madrid. Hoy encontramos agentes de Alemania, Italia o Estados Unidos vendiendo a nuestros autores, lo que demuestra el creciente interés por ellos”.

Edmundo Paz Soldán: “EEUU es un país que solo acepta a un escritor extranjero a la vez”

No cree Guerrero que haya un nuevo boom literario, aunque Tomás Eloy Martínez haya aclarado en alguna ocasión que la literatura posterior al mismo no es inferior. Para muchos fue una herencia pesada que ya no parece indigestar a nadie. Más que con el realismo mágico de sus abuelos o padres literarios, los nuevos autores parecen conectados con la realidad de mil formas. Algunas novelas exitosas hurgan en las tinieblas de las sociedades latinoamericanas como el narcotráfico, la guerrilla, la corrupción o la emigración. “No hay un patrón dominante, hay muchos experimentos”, sostiene Edmundo Paz Soldán.

Seguramente José Carlos Somoza (La Habana, 1959) le daría la razón. Su obra es atípica. Su novela más vendida, La caverna de las ideas, se ambienta en la Grecia clásica. Se tradujo a 30 idiomas, incluidos hebreo, coreano, filipino o japonés. “No es un invento, es una buena época para la literatura en español. Creo que durante años la literatura estuvo dominada por el realismo apegado al terruño que no salía de los Pirineos, mientras que ahora escribimos obras que cruzan fácilmente fronteras”. A veces triunfan fuera con tal contundencia que sorprende dentro, como experimentó en Alemania Javier Marías con Corazón tan blanco. O el propio Somoza, el único latino que ganó el Gold Dagger, que premia cada año a la mejor novela negra desde 1955. Somoza fue, junto a Henning Mankell y Arnaldur Indrisson, el único extranjero que logró el galardón. Después, los británicos decidieron cambiar las bases y limitarlo a escritores de lengua inglesa. Somoza dice que no fue por miedo. Quién sabe.

El País, España

 

 
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