Plan B: chavismo sin Chávez

Argelia Rios


ARGELIA RÍOS
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“El imprescindible” no sabe si su liderazgo es transferible: en eso anda en este mismo instante

El chavismo improvisa. No le ha quedado más alternativa. Se ha presentado el peor de los imponderables. Ni la oposición lo hubiera podido prever. Estamos ante una nueva “situación sobrevenida”: en esta oportunidad, no hay una mano siniestra detrás de las bambalinas. Todos los polos están afectados. La enfermedad del Presidente descuadernó el libreto programado para la campaña. Se trataba de dotar de significado una reelección que la gestión no justificaba: Chávez necesitaba estar otra vez en la calle, al lado de los más pobres; inaugurando obras; responsabilizándose personalmente de la solución de problemas postergados a causa de la lucha constante por la conquista del poder. Pero “el imprescindible” ya no está en condiciones de ajetrearse. El país político está en volandillas. ¡¿Quién iba a imaginarlo?! Hasta la poderosa revolución bolivariana afronta la necesidad de un “plan B”.

Lo que hace el Presidente en este momento es precisamente aprovechar el “tiempo útil” que le queda, antes de que se le manifiesten los efectos más degradantes del tratamiento médico. Debe hacer arreglos para que los suyos sepan cómo actuar ante cualquier circunstancia. Lo de El Rodeo resultó elocuente: una situación como ésta -dominada por el personalismo exacerbado y delirante del sistema- requiere toda clase de cálculos. La inexistencia de un politburó podría derivar en un desplome inusitado. Hasta la jefatura militar tiembla frente a los escenarios visibles. Conforme lo sugiere la propaganda oficial, el “proyecto” se mantendrá incólume, al margen del destino personal del “mito”… Sin embargo, los rostros de la nomenclatura dicen lo contrario, porque a nadie escapa el hecho de que los parlamentos del guión insinúan una y otra vez, como siempre, que “Chávez ES la revolución” y que ambos destinos se encuentran amalgamados.

La contradicción no deja de ser curiosa: “el insustituible” está urgido de hallar a un eventual sustituto. El cáncer es traicionero. El hiperlíder no puede eludir esa realidad: por eso, antes de su próxima ausencia -a la que está obligado para cumplir con la azarosa terapia-, visualiza los acomodos imprescindibles para asegurarle un futuro a la zarzuela revolucionaria. Pide comprensión y paciencia a los descamisados, que ya le han esperado 12 años. La respuesta del Soberano es toda una incógnita. Nadie desconoce la gravedad del diagnóstico ni sus implicaciones: la gente de a pie, como el mundo político, reevalúa sus opciones. “El imprescindible” no sabe si su liderazgo es transferible: en eso anda en este mismo instante. Oteando el firmamento para estimular -en un irónico por si acaso- aquello que una vez combatió: un chavismo sin Chávez.

 

 

 
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