¡QUEBRÓ LA AREPERA!

Victor Maldonado

La arepera quebró y Samán (por ahora) no está en el gobierno. Pero a pesar de que el régimen recibió una dura lección de realidad, sigue campante en la búsqueda de demostrar que si es posible lograr un precio “justo”, y para eso tienen el poder. Con la nueva ley intentan hacerle nuevamente la disección a la arepa socialista.

VÍCTOR MALDONADO C.
victormaldonadoc@gmail.com

Twitter: @vjmc

No sé si al presidente le dio tiempo de darse un paseíto por Parque Central para engullirse una con orejitas de cochino. Lo que si ocurrió fue que allí se perdieron unos reales en esa obsesión tan patética de demostrar que ellos tienen el secreto que les permite ofrecer un producto muy por debajo del precio que exigen los demás competidores. Samán, el flamante guardián de la justicia económica de aquella época fue el de la rocambolesca idea de demostrar que la red de areperas privadas del país escondían una inmensa voracidad, falta de conciencia revolucionaria y una alineación con el imperialismo que a ellos, los socialistas del siglo XXI, les resultaba francamente insoportable.

No pensaba Samán, ni mucho menos el infatigable líder de la revolución, que una arepa no tiene ideologías y que su costo no se iba a atenuar porque cualquiera de ellos se le parara enfrente y la sometiera a una arenga sobre la necesidad de quebrarle el espinazo al sector privado, enemigo del pueblo. Ellos simplemente intentaron lo imposible, vender arepas sin considerar los costos. El dadivoso presupuesto nacional fue el que “patrocinó” la instalación de la infraestructura, roja-rojita, como debía ser en estos tiempos de revolución. Me imagino que el decorado corrió por cuenta del Frente Francisco de Miranda, rebosante de fotos del Che que no habían podido colocar en ningún lado. El resto lo iban a lograr a punta de convicciones socialistas. Insumos, equipos y salarios iban a aparecer regularmente como maná revolucionario de la inmensa y supuestamente infinita teta presupuestaria, por lo que lo menos interesante del experimento era cuanto podía costar el producto. Allí no podía caber esa expectativa por mejorar, innovar, ampliar o diversificar la oferta. Tampoco tenía mucho sentido pensar en comisiones, propinas o mejoras de sueldo. Mucho menos creer que los equipos se dañan y hay que reponerlos, que hay que fumigar cada cierto tiempo, o que el entrenamiento tiene un costo. Total, cualquiera hace una arepa. ¿Y el baño? Pues como cualquiera de nuestras oficinas públicas, cerradas para el público y conservados para el propio uso. ¿Y la diversidad? Me cuentan que poco a poco fue perdiendo sentido.

Daba vergüenza la diferencia entre lo que anunciaban y lo que efectivamente ofrecían. La variedad estaba prohibida por la austera realidad revolucionaria. Al fin de cuentas, una arepa es una arepa y ya. ¿Y los requisitos de salubridad? Esas son pendejadas que se inventó el imperio para amedrentar a los pobres países coloniales. Así que las mismas manos que se paseaban por todos lados, amasaban y luego organizaban el escuálido combo de masa con alguna que otra cosa. ¿Y los clientes? No hay, pues ellos los cambiaron por una extraña categoría que se inventaron en el camino, los “prosumidores”, un poco más tolerantes y menos exigentes. Total, comerse una arepa viendo una foto del Che, que a su vez aconseja “ad infinitum” otra imagen del comandante presidente, no tiene precio.

Esa “arepera socialista” estaba condenada a la quiebra desde que era una mera idea. Este gobierno no ha logrado entender que los negocios tienen un alma que se llama “empresario emprendedor”, capaz de ser incluso irracional al momento de asumir el riesgo de montar una empresa, pero que al final de la jornada demuestra esa capacidad innata para organizar, proponer, convocar, persuadir y entregarse a la concreción de una idea. Él es la diferencia porque mantiene vivo ese afán de lucro y de rentabilidad que es tan propia del capitalismo, única vía que hemos inventado para asegurarnos el poder comernos una buena “reinapepiada” en un local con aire acondicionado, y esos gustos tan exquisitos como un parquero a la entrada, seguridad y baños limpios a las tres de la mañana. Hay cosas en esta ciudad de la furia que no tienen precio.

Eduardo Samán

Eduardo Samán

La arepera quebró y Samán (por ahora) no está en el gobierno. Pero a pesar de que el régimen recibió una dura lección de realidad, sigue campante en la búsqueda de demostrar que si es posible lograr un precio “justo”, y que para eso ellos tienen el poder. Por eso la nueva ley que no es otra cosa que intentar hacerle nuevamente la disección a la arepa socialista. Pero esta vez los resultados pueden ser atroces.

No se tratará de ver quebrada la arepera socialista de Parque Central sino de la desaparición de lo poco que nos queda de economía libre y su cambio por la escasez y el concomitante racionamiento. Habrá más oportunidades para las ofertas especulativas del mercado negro (¿recuerdan las mafias oficiosas de las cabillas?) y una inmensa olla de corrupción. O sea, más de lo mismo, pero presentado en peores condiciones, simplemente porque estamos sometidos por una pandilla de “iluminados” que no quieren reconocer su incapacidad para sustituir la tesitura de los hechos sociales, producto de procesos socio-psicológicos muy complejos, que además se dan en condiciones cambiantes y dinámicas.

 
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