El futuro se decide en La Habana

Argelia Rios


ARGELIA RÍOS
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El “proyecto” se encuentra ante una prueba de fuego. El riesgo de una extrema fragmentación es alta

Las luchas internas en el chavismo han adquirido una nueva dimensión. Si antes de la enfermedad del Presidente ya resultaban evidentes los forcejeos y las contradicciones entre las diferentes facciones, basta imaginar el efecto que ha causado la noticia sobre las graves dolencias del jefe máximo de la revolución puertas adentro de la revolución. En el fondo, y pese a las apuestas a favor de la salud del comandante, todos saben que su padecimiento ha transformado las expectativas de vida tanto de Chávez, como del “proceso”, cuyo largo plazo es un horizonte techado de nubarrones.

Elias Jaua

Exigido de plantearse una unidad blindada, igual a la opositora -espejo en el cual se ve la nomenclatura y sus conjuntos, en donde se reconocen las dificultades para construirla- el oficialismo sufre los rigores del pesimismo. La potente figura del mandatario representaba hasta hace poco la garantía de un orden firme, que ya no está presente salvo a través del monitoreo cubano, que no necesariamente es garantía para evitar el desborde de las pasiones. La revolución puede tragarse a la revolución, por mayores que sean los esfuerzos de los hermanos Castro.

La tarea del vicepresidente Elías Jaua no es sencilla. La ayuda de La Habana no le asegura el éxito. A lo largo de estos 12 largos años, Venezuela ha vivido un vistoso reality show, protagonizado por un hombre de condiciones histriónicas irrepetibles. Ese hecho dificulta las tareas: el país está habituado al ejercicio del poder a través espectáculo. Pero el carisma y la habilidad para la comunicación no son atributos de ninguno de los dos encargados -el otro es Giordani-, quienes se enfrentan al desafío de “acelerar la gestión” -tal como se les ha encomendado- y de capear, también, los temporales de las batallas que evolucionan en el campo rojo.

El “proyecto”, pues, se encuentra ante una prueba de fuego. El riesgo de una extrema fragmentación es alta: el saboteo de los aspirantes a toda clase de objetivos políticos puede derrumbar el experimento. Adoptar decisiones radicales sin contar con las cualidades del hiperlíder pondrá al “proceso” entre la espada y la pared: pero Jaua está urgido de mostrar autoridad y alguna iniciativa deberá tomar para esos efectos. Es obvio que se haya en una disyuntiva.

El deseo de un segmento bolivariano, de diferenciarse del radicalismo de Jaua y Giordani -a la luz de la probabilidad de una ausencia absoluta y de la necesidad de armar juego “para lo viene- conspira contra el desempeño de ambos y contra la propia revolución. La Habana observa el tablero y, con seguridad, sabrá detectar a tiempo cuál es el juego al que dedicará mejor esmero. Perder no es algo que esté en sus planes. El futuro se decide en La Habana.

 

 

 
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