LA MUERTE DE SALVADOR ALLENDE

Elizabeth Burgos


ELIZABETH BURGOS
eburgos@orange.fr

 

La manipulación de la Historia nunca fue tan descarada y fantasiosa, como en las versiones de la muerte de Salvador Allende.  Los testimonios de los testigos presenciales del suicidio fueron apartados y callados, porque a Fidel Castro requería un héroe y una víctima, ambos en una sola persona: Allende.  Esta es la secuencia, de cómo falsearon la Historia.

Las dudas en cuanto a las causas de la muerte de Salvador Allende que condujeron a la a la exhumación del cuerpo del presidente chileno, no son recientes y se sitúan inmediatamente después de su derrocamiento y muerte en el Palacio de la Moneda.  Para el grupo que acompañó hasta el final al presidente chileno, no cabía duda de que éste se había suicidado.  El médico Patricio Guijón que formaba parte del grupo, al escuchar la detonación detrás suyo, entró en el recinto de donde procedía y encontró al presidente sentado en un sillón y muerto, la cabeza estallada.

Las primeras declaraciones de la viuda de Salvador Allende, Hortensia Bussi, desde Santiago de Chile, cuando es citada por los militares a asistir al sepelio de su marido, admiten la versión del suicidio.

Las controversias, a propósito de la muerte de Allende surgen desde el momento en que Fidel Castro, siempre precavido, toma la iniciativa de forjar  una versión que juegue a su favor y se adapte a su imaginario personal de la Historia. Así lanza desde La Habana la campaña mediática que el derrocamiento del gobierno de la Unidad Popular por las Fuerzas Armadas chilenas inevitablemente iba a suscitar, y toma la iniciativa de ponerse a la cabeza de la resistencia que la oposición chilena iba a protagonizar.

La versión forjada por Fidel Castro fue difundida por el propio Castro en un acto solemne de homenaje al presidente muerto ante un millón de personas, el 28 de septiembre, en la Plaza de la Revolución de La Habana, en un discurso al que asistían la viuda y la hija de Allende.

La presencia de la viuda avalaba la versión de Fidel Castro, borrando así las declaraciones que ella había dado poco antes de salir hacia el exilio.  Fidel Castro tuvo el cuidado de que tomara previamente la palabra en el acto solemne, la hija de Allende, Tatti Allende, quien se había hecho presente en La Moneda antes de que comenzaran los bombardeos.  Estaba embarazada de 8 meses, su padre pidió un alto al fuego para que, junto a otras mujeres que también se encontraban presente, abandonaran el Palacio presidencial, desde donde se dirigieron a refugiarse en la embajada de Cuba para ser conducidas junto al personal cubano en un avión soviético a La Habana.

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Allende se encontró acorralado entre dos fuerzas que obraban de manera complementaria; la de Kissinger que no disimulaba la voluntad de acabar con el proyecto chileno, y las de Fidel Castro, que se sentía deslegitimado en su dogma de lucha armada si un socialismo democrático lograba triunfar.

Tati Allende, en su discurso, seguramente escrito por Fidel Castro, revela que su padre combatió hasta el final con el fusil AK regalo de Castro, que llevaba la leyenda “A mi compañero de armas”.  El mensaje subliminal de esa versión es que Fidel Castro estaba presente librando combate a través del arma que le había regalado a Allende. Difícilmente hubiese podido admitir, lo que de hecho sucedió: el arma como instrumento del suicidio.  Regalo premonitorio de lo que iba a suceder y hacia cuyo desenlace Fidel Castro obró de manera sistemática, propiciando la polarización de la situación chilena e incitando a las tendencias más radicales.  De hecho, Allende se encontró acorralado entre dos fuerzas que obraban de manera complementaria; la de Kissinger que no disimulaba la voluntad de acabar con el proyecto chileno, y las de Fidel Castro, que se sentía deslegitimado en su dogma de lucha armada si un socialismo democrático lograba triunfar.

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Fidel Castro en su discurso se extiende en detalles, como si hubiese estado presente durante los acontecimientos: “El presidente estaba parapetado, junto a varios de sus compañeros, en una esquina del Salón Rojo.  Avanzando hacia el punto de irrupción de los fascistas, recibe un balazo en el estómago que lo hace inclinarse de dolor, pero no cesa de luchar, apoyándose en un sillón continúa disparando contra los fascistas a pocos metros de distancia, hasta que un segundo impacto en el pecho lo derriba y ya moribundo es acribillado a balazos”. (. . .) los fascistas se apoderan de la planta baja de Palacio, la defensa se organiza en la planta alta y prosigue el combate”… “Aún después de muerto su heroico Presidente, los inmortales defensores del palacio resistieron durante dos horas más las salvajes acometidas fascistas.  Solo a las 4:00 de la tarde, ardiendo ya durante varias horas el Palacio Presidencial, se apagó la última resistencia”.

La versión del doctor Patricio Guijón, el médico personal que estuvo junto a Allende en La Moneda, es totalmente distinta. Relata el momento de la grabación del último discurso de Allende y la entrada de los militares al Palacio por la puerta de la calle Morandé.  Allende ante esas circunstancias da la orden al grupo que lo acompaña de abandonar el recinto.  Cuando iban bajando por las escaleras se escucha un disparo y el doctor Jirón regresa y encuentra a Salvador Allende muerto con la cabeza partida.  “Allende se sienta en un sillón, dando la espalda a la calle Morandé, y se dispara”.

Como  para que no queden dudas sobre su versión, Fidel Castro recurre a la palabra mundialmente autorizada de García Márquez y su artículo: “El golpe y los gringos”, quien  siguiendo el modelo de Castro, da una versión de película de aventuras, armada de un realismo que hace sentir al lector que se encontraba presente en el lugar de los hechos.  Según el texto de García Márquez el general de división Javier Palacios logró llegar hasta el segundo piso, con su ayudante el capitán Gallardo y un grupo de oficiales, “entre las falsas poltronas Luis XV y los floreros de Dragones Chinos y los cuadros de Rugendas del Salón Rojo”, Allende estaría esperando al grupo de militares.  “Llevaba un casco de minero, sin corbata, y la ropa sucia de sangre”,   Allende, tan pronto vio al general, le gritó “Traidor y lo hirió en la mano.  Allende murió en el intercambio de disparos”.  Luego los militares “en un instinto de casta, dispararon sobre su cuerpo.  Por último, un oficial le destrozó la cara con la culata de un fusil”.

 

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La versión que no se toma en cuenta, sin embargo, es la de un testigo clave pues estuvo hasta el último momento cerca de Salvador Allende en La Moneda y es la de Miria Contreras, “La Payita”, quien fue la secretaria personal de Salvador Allende y su compañera sentimental por muchos años.  Muy fiel a los cubanos, pese a ello su papel fue puesto en sordina a efectos de la legitimidad de la campaña contra Pinochet. Fidel Castro prefirió apoyarse en la viuda legítima, convertida desde entonces en una figura internacional.

La Payita fue la única mujer que permaneció en La Moneda el 11 de septiembre de 1973.  (en su discurso en La Habana del 28 de septiembre, Tati Allende dice que “una compañera que se escondió en la cocina permaneció en el lugar”).  Para salvar de las llamas que asediaban ya el Palacio, al salir su hija, Allende le confió la Declaración de Independencia original de Chile.  Afuera, los esperaban los militares y uno de ellos rompió en pedazos el documento histórico que ella llevaba en el bolsillo de su chaqueta.

En una carta – informe, sin fecha, escrita por La Payita dos meses después de “aquel terrorífico día” – destinada a Tati Allende, exiliada en La Habana, ella (que había logrado refugiarse tras varias semanas de vivir huyendo después de que milagrosamente lograra salir con vida del Palacio de La Moneda) narra el desarrollo de los acontecimientos sucedidos en La Moneda después de que Tati abandonara el recinto a pedido de su padre.  Allí deja explícitamente clara la muerte de Allende por suicidio: “Yo volví al pasillo en donde había quedado tu padre y sentí los disparos de metralleta que venían desde el living, hacia donde corrí.  Allí estaba Máximo, quien me hizo salir y me llevó escaleras abajo hacia la salida.  Yo creo que él volvió a pensar de que todo había terminado (…) En la calle nos hicieron ponernos contra la pared, manos en la nuca; pensé que allí nos fusilarían.  Recuerdo haber estado al lado de Enrique Huerta, quien no podía dominarse y sollozaba como un niño por la muerte de tu padre”.

Allende junto a Fidel Castro en 1971.

En una entrevista realizada en 1993, La Payita que murió en Santiago en 2002, declara que ella vio el cuerpo de Allende que “acababa de suicidarse con la metralleta Skorpio que Fidel le había regalado”. Es de suponer que un informe detallado y de un testigo presencial, hubiera debido incitar a Fidel Castro y a García Márquez a corregir la versión que habían dado de los hechos.  Pero no fue así.

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En París surgió una tercera versión que echa por tierra tanto la una como la otra versión, y ésta vez se trata de los opositores a Castro, quienes también hacen uso de la muerte de Salvador Allende para erigirla, en su caso, como arma contra el dictador cubano, adjudicándole la muerte al mismísimo Fidel Castro quien, según un ex agente de los servicios cubanos exiliado en Francia, le habría dado la orden al general cubano Patricio de La Guardia, entonces en Santiago de Chile.  Publicada por el periodista Alain Ammar en el libro, La Cuba Nostra.  Los secretos de Estado de Fidel Castro, (2005) esta tercera versión pone de nuevo en duda la causa de la muerte del presidente chileno.  Aunque se trata de una versión mediática destinada a promover el libro, termina alimentando las suposiciones y dudas que también se tenían en Chile 76, suscitando la petición de unos abogados que demandan exhumar los restos de Salvados Allende con el fin de poner en claro la manera cómo murió el presidente de la Unidad Popular.

Esta guerra de versiones revela una vez más, la habilidad de Fidel Castro de falsear la realidad y de manipular la opinión pública.

El suicidio, 4 años más tarde de Tati Allende en La Habana, de la misma manera que su padre, disparándose debajo del mentón, (ella también era médico) dejando dos hijos, uno de 5 y otro de 4 años, tal vez obedeciera a la culpabilidad que sentía por haberse prestado a manipular la historia de su padre, siguiendo las indicaciones de Fidel Castro.

Personalmente, por encontrarme en Chile en aquella época y por haber frecuentado el entorno de Salvador Allende, más de una vez le escuché decir que de La Moneda no lo sacarían antes de terminar su mandato… “sino con los pies por delante”.

Allende cumplió su palabra con el gesto heroico de su suicidio, un gesto que Fidel Castro, para beneficio personal, le escamoteó.

Versión editada

 
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