MULTIPLICACIÓN DE LOS INDIGNADOS

Tulio Hernández

Los nuevos protagonistas no tienen tampoco, como los contestatarios de otras épocas, un guión cerrado que seguir. Les corresponde afrontar críticamente un mundo que ya no admite dilemas elementales ­capitalismo o comunismo, democracia o justicia social­ no sólo porque la Guerra Fría terminó hace mucho, sino porque vivimos la paradoja de que la economía capitalista que crece más salvajemente se concreta precisamente en un país gobernando por un grande, sólido y sórdido Partido Comunista.

 

TULIO HERNÁNDEZ
hernandezmontenegro@cantv.net

Stéphane Hessel, el autor de ¡Indignaos!, se las trae. Nunca antes el título de un panfleto pudo haber sido tan coincidente con el movimiento de la realidad. El mundo se va llenando de indignados y el pequeño libro sigue entre los más vendidos.

Stéphane Hessel

Están por todas partes. Indignados con los gobiernos totalitarios, como en Libia, en donde por millares las personas lo arriesgan todo con tal de salir del militar enloquecido y fanático aferrado a balazos al poder. En los países ex comunistas, como en los Balcanes, en la antigua Yugoslavia, donde estudiantes y ciudadanos comunes tienen meses volcados en las calles.

También en las democracias estables. Como la española, de donde surgieron los más notorios, los que acuñaron el nombre. O la chilena, donde las protestas coinciden con la caída a su punto más bajo de la popularidad de Piñera.

Aunque son muy diferentes, el hecho de que ocurran a un mismo tiempo nos hace caer en la tentación de unificarles. Pero una cosa son, por supuesto, los movimientos que en Egipto, Túnez y Libia han luchado y aún luchan por deshacerse de tiranías, y otra, distinta, lo que ocurre en España y Chile, en donde lo que se pide es más democracia, o en los Balcanes, donde se condena por igual los vicios heredados del largo carcelazo comunista y los que trajeron después las derechas nacionalistas. Los Indignados españoles son náufragos de un sistema que ha comenzado a hacer aguas y a poner en evidencia el inmenso poder acumulado por los grandes centros económicos en detrimento del ciudadano común. Lo que el venerable José Luis Sampedro, en el prólogo de ¡Indignaos!, ha denominado la “dictadura de los mercados”. En su contra van los nuevos movimientos que también ponen en duda el papel de los grandes partidos políticos, a los que acusan de representarse sólo a sí mismos y a los intereses del gran capital.

Por su parte, como bien lo cuenta el escritor Rafael Gumucio (“El terremoto ciudadano”, El País, 11/07/2011), los disconformes chilenos han aparecido en la escena pública con las más diversas protestas: contra la construcción de una central hidroeléctrica en la Patagonia, la reforma radical del sistema educativo, o reclamos de otra índole. Y en los Balcanes, las protestas en Croacia, Bosnia y Serbia son una reacción tanto a los nacionalismos fanáticos como a las prácticas neoliberales de sus gobiernos.

Hay que mirar con atención estas nuevas señales europeas que tienen tres reclamos en común: la exigencia de más democracia, o de una “democracia real”, como se llamaba el movimiento español inicial; el reclamo de servicios públicos de calidad, incluidos educación y salud gratuita, es decir, la defensa de las conquistas del Estado de Bienestar, y mayor control de la sociedad en su conjunto sobre los poderes económicos y financieros.

Los nuevos protagonistas, tanto en el Medio Oriente como en Europa y América Latina, son hijos de la segunda gran fase de la revolución digital signada por herramientas inexorablemente comunitarias como las redes sociales y la telefonía celular. Son gentes que rechazan casi genéticamente los modelos autoritarios que le temen a Internet y a la proliferación de medios y de redes. No tienen tampoco, como los contestatarios de otras épocas, un guión cerrado que seguir. Ni el etapismo marxista ni el estatismo comunista. Les corresponde afrontar críticamente un mundo que ya no admite dilemas elementales ­capitalismo o comunismo, democracia o justicia social­ no sólo porque la Guerra Fría terminó hace mucho, sino porque vivimos la paradoja de que la economía capitalista que crece más salvajemente se concreta precisamente en un país gobernando por un grande, sólido y sórdido Partido Comunista.

Sólo en Cuba, Venezuela y Bolivia algunos indignados con el capitalismo, pero desde las mieles del poder, creen aún que la respuesta está en el siglo XIX y en los amarillentos manuales de marxismo que en el XX la extinta Unión Soviética exportaba .

 

 
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