AL DESNUDO *

Diego Bautista Urbaneja


DIEGO BAUTISTA URBANEJA
dburbaneja@gmail.com

La situación de salud de Hugo Chávez, la disminución de su presencia y actividad pública, y desde luego sus obligadas ausencias del país, están provocando una situación política un tanto embarazosa.

Se trata de que al oficialismo, a la “revolución”, se le cae el velo con el que lograba vestirlo la retórica, el fervor, el estilo oratorio, el entusiasmo que Chávez siempre ha logrado imprimir a sus palabras y a sus acciones, por disparatadas y erróneas que fueran. Con Chávez disminuido o ausente, quedan a la vista, más que nunca, los niveles reales que calzan las figuras de este régimen y la cosa resulta, como decía, en verdad embarazosa.

El mismo Chávez siempre ha tenido un problema con la épica de su “revolución”. Ya se ha dicho, esta es una revolución sin épica. Los hitos de la que pudiera mostrar no son de lo más airoso: una rendición sin correr peligro alguno, unas peleas a puñetazos en Yare, un indulto presidencial, una victoria electoral en la que coadyuvaron astutos políticos venezolanos del más tradicional estilo como Luis Miquilena, otra rendición también sin peligro, el “autosuicidio” del torpísimo gobierno de Carmona, una retahíla de triquiñuelas como aquellas de las firmas planas para retardar eventos complicados hasta el momento conveniente…

Final trágico

Chávez quisiera formar parte del santoral de la izquierda radical latinoamericana. Pero una revisión a las figuras que -según la versión de las cosas de sus propios cultores- ocupan ese altar revela un rasgo común entre ellas: un final trágico. Emiliano Zapata, acribillado por unos traidores; Julio César Sandino, asesinado por sus perseguidores políticos; Che Guevara, asesinado por un oficial boliviano, luego de ser capturado en plena lucha; Salvador Allende, suicidado mientras soldados fuera de sí subían las escaleras del Palacio de La Moneda para dar con él; Camilo Torres, muerto en plena acción armada; Ezequiel Zamora -si queremos meterlo- asesinado de un tiro en la frente por una bala anónima; Jorge Eliécer Gaitán, asesinado por un adversario fanático… Nada similar parece estar ni haber estado en el horizonte del señor Chávez, quien ha tratado de suplir esa carencia con la declamación.

Pero el barinés ha sido capaz de revestir esa historia tan poco rutilante de un aura revolucionaria y épica. Para ello se ha servido de su constante comunicación con sus seguidores, a través de una retórica heroica -“rodilla en tierra” y esas cosas- sin la menor conexión con los hechos pero que logra parecer verdadera. También se ha servido de un uso propagandístico muy intenso de un episodio que, con el debido maquillaje, se presta a tal tipo de explotación, como el de los acontecimientos del 12 y 13 de abril del 2002. Se saca así el máximo provecho comunicacional al único evento de algún carácter épico -en la medida en que lo haya tenido- de estos doce años: lo que haya habido de movilización popular de respaldo al prisionero de Turiamo y La Orchila.

La verdad es que tales dramatizaciones sólo son posibles contra el trasfondo del hecho que le sirve de respaldo, y que no es en sí mismo un asunto épico ni muy dramatizable, porque se disemina a lo largo de los días y la cotidianidad: el tenaz apoyo que una parte de la población ha dado día tras día a Chávez, por en medio de los más diversos avatares.

Desnudas

Todo ese decorado “revolucionario” se viene abajo con la disminuida presencia de Chávez. Caído el cortinaje y las bambalinas, quedan a la vista, desnudas, las luchas de poder entre las facciones, la falta de ideas y de gracia de los sorprendidos actores de reparto que se ven de pronto en el papel de lugartenientes que intentan remedar al jefe ausente ante auditorios forzados a aplaudir, la mera incompetencia de los personeros y del Gobierno todo, ayunos ahora de una efectiva verborrea que la disimule.

Chávez lucha como puede contra tal desnudez y hace el esfuerzo que está a su alcance para mostrarse en la mejor forma posible. Sabrá Dios. Mientras tanto, mientras pasan los días, la colectividad asimila y digiere sin mayores aspavientos la noticia fundamental de la salud incierta y de una posible disminución paulatina de quien ha sido punto de referencia de la política nacional durante todos estos años. Con la misma, el país se prepara imperceptiblemente, y sin que todavía esa expectativa haya adquirido forma definida, para nuevos tiempos y nuevos rumbos, a partir del año 2013.


* Título original: DESNUDEZ

 
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