CARACAS PARA PRINCIPIANTES

Alberto Barrera Tyszka


ALBERTO BARRERA TYSZKA
abarrera60@gmail.com

 

Caracas también sobrevive a sus pesadillas. Tiene una energía indescriptible, llena de verdes; un tono y un tumbao que no se consiguen fácilmente

Cada vez que la ciudad cumple años alguien se pone nostálgico. Es todo un clásico. Nunca falla.

Siempre hay alguien que, entonces, se empeña en recordar cuando existía la Calle Real de Sabana Grande, cuando en el cine Ayacucho pasaban películas mexicanas y no películas porno, cuando en la esquina de Padre Sierra había una señora que vendía empanadas, cuando todavía no existía el Metro, cuando se podía disfrutar de las retretas en la plaza Bolívar, cuando… Se trata de una simple condición de la edad: el destino de cualquier vida es tener cada vez más pasado.

A mí me cuesta trabajo entrar en esa gimnasia del recuerdo.

Puedo evocar la ciudad pero, inevitablemente, siento que entro en el territorio de la ficción.

Hay, en la mitad, un problema numérico que me desborda. El proceso de ser muchedumbre es un aprendizaje difícil y costoso. No me interesa demasiado la ciudad que fuimos. Me gustaría más tratar de entender y vivir mejor las muchas ciudades que vamos siendo. Por lo pronto, esta semana, a propósito de un aniversario más de Caracas, tres palabras se instalaron sobre mi mesa: cara, violenta e ilegal.

Según una encuesta presentada por la consultora Mercer, Caracas escaló 49 posiciones, con respecto al año pasado, y alcanzó en este 2011 a ser la cuarta ciudad más cara de América Latina. La superan 3 ciudades brasileñas: Río de Janeiro, Sao Paulo y Brasilia. Este aumento significativo, refieren los especialistas, tiene que ver con una la inflación económica superior a 25%, en el contexto de un país dominado por el control cambiario. Ninguna explicación teórica, por supuesto, le interesa al ciudadano común y corriente, que tan sólo vive su presupuesto personal casi como una asfixia. El universo de la macroeconomía no sirve de nada dentro de un bolsillo vacío.

La paradoja se convierte en tragedia cuando se contrastan las cifras del ingreso petrolero con los resultados de la realidad económica del país. La ciudad cada vez se parece menos al sueño del futuro, a las promesas oficiales.

Decir que Caracas es una ciudad violenta ya es un lugar común. Eso nos define. Según un estudio de la ONG mexicana Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública, nuestra capital es la segunda ciudad más peligrosa del mundo, después de Ciudad Juárez y antes de Bagdad. El reportaje, aparecido esta semana en el periódico español El País, ofrece una cantidad de testimonios desgarradores que, al final, sólo demuestran que los seres humanos podemos acostumbrarnos a todo, a cualquier cosa. También las ciudades son guerras.

La idea de asociar Caracas a la ilegalidad no tiene tanto que ver con las economías clandestinas y los mercados paralelos, sino más bien todo lo contrario, con el poder y con la oficialidad. Intuyo que es probable que seamos de las pocas capitales del mundo controladas por un gobierno absolutamente ilegítimo. En 2008, Antonio Ledezma fue elegido alcalde metropolitano por la mayoría de los caraqueños. Burlando esta elección, el oficialismo lo despojó de todo poder y, en un acto tan inconstitucional como autoritario, inventó un nuevo cargo que pudiera controlar y manejar a su antojo: jefe de gobierno de Caracas. Se trata de una tradición: cuando no pueden ganar elecciones, dan golpes de Estado.

Ahí donde está Jacqueline Faría no hay votos. Ella no representa ni a un solo ciudadano. No tiene esa legitimidad.

Ningún caraqueño votó por ella. La designación de Faría, y su permanencia en el cargo durante todo este tiempo, no tiene nada que ver con una supuesta democracia verdadera o con algún tipo de práctica revolucionaria. Es más de lo mismo. Es una repetición mala de lo peor de la cuarta república. Es el dedazo, el abuso, el autoritarismo, la traición a la ciudadanía. La representación legal más importante del poder de una ciudad es ilegal. Eso también define a Caracas.

Por suerte, detrás de esas tres palabras también vienen muchas otras. Caracas también sobrevive a sus pesadillas. Tiene una energía indescriptible, llena de verdes; un tono y un tumbao que no se consiguen fácilmente en otras ciudades. En Caracas, la espontaneidad es el protocolo. A pesar de todo, la alegría y el ingenio son nuestra mejor ceremonia.

El cura Ignacio Castillo solía decir ­si mi memoria no patina demasiado­ que Caracas es como la madre: todos hablamos mal de ella pero, en el fondo, la queremos mucho. Es cierto. Y, por suerte, la queja dura poco. Muy rápidamente, podemos levantar la vista y hundirnos en el Ávila, en el Guaraira Repano. Tenga el nombre que tenga, la montaña es nuestro sacramento.

Mirándonos en ella, siempre,

@ELNACIONAL

 
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