LA BÚSQUEDA DEL PODER

Carlos Blanco


CARLOS BLANCO
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Un error frecuente en los dirigentes políticos improvisados es que procuran el gobierno en vez del poder y buscan cargos en vez de liderazgo. Sin duda que ganar el gobierno puede ser un vehículo para ganar el poder, pero no es el centro del poder: éste está siempre en la calle; no sólo en las masas sino en la compleja urdimbre de la sociedad, sindicatos, gremios, iglesias, asociaciones civiles, partidos y medios de comunicación. Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y Jóvito Villalba, entre otros destacados dirigentes, se plantearon el problema del poder y lo resolvieron peor o mejor, pero era su obsesivo asunto.

 

Chávez, desde bien temprano bosquejó el problema; tanto, que intentó resolverlo al inicio a cañonazos, bombas y tiros. Más adelante se fijó un objetivo claro, desalojar a AD y Copei, no sólo del gobierno -cosa que había logrado Caldera- sino del poder. Obtuvo esa victoria con los suicidios de la Corte Suprema y del Congreso Nacional, cuyos integrantes en su mayoría entregaron su representación. No en manos del pueblo sino de Chávez, ya, desde entonces, autoasumido como la transmutación de la nación.

Su ofensiva imparable en 1998 se mantuvo luego de la victoria electoral. Sin concesiones al enemigo, creó una corriente de succión que arrastró a los indecisos, a los timoratos y a los desencantados del viejo orden. Mientras más arreció contra AD y Copei, más adecos y copeyanos descontentos con sus partidos se le sumaron a lo que al final, como se ha visto, fue el suicidio en masa de una especie ciudadana.

Chávez no cortejó al pueblo influenciado por el viejo orden haciéndole carantoñas; más bien logró amplio apoyo cuando enunció los males que, según él, existían; sin concesiones en la denuncia y en la ejecución.

EL CENTRO DE GRAVEDAD

Chávez desarrolló un proyecto de poder que la sociedad supo diferenciar y a un líder que lo supo encarnar. No; no iba a la reconciliación, sino a la guerra; no llamaba al entendimiento sino a la supresión del adversario; no quería ser simpático sino firme. Así se creó el vendaval que lo condujo al gobierno y luego al poder. Fue un polo magnético que atrajo a poderosos y con ellos a un sector de la sociedad; después desechó a varios de esos poderosos y creó los propios; pero, al comienzo los usó hasta el hartazgo.

El 11 de abril la casi totalidad de la Fuerza Armada se cuadró con los sectores institucionales que desobedecieron las órdenes de Chávez. Ni un tiro se dispararon los militares entre sí. Se había creado un polo de poder en los mandos militares desobedientes de las órdenes ilegales, y, entonces, la institución acató por unas horas el nuevo orden, hasta que algunos de los mismos militares desobedientes se retractaron y revirtieron el proceso.

El 23 de enero de 1958 la estocada como epílogo de las luchas populares fue cuando los mandos militares reunidos en la Academia le sacaron el taburete a Pérez Jiménez y el viejo poder se desplazó hacia el nuevo, aunque los rezagos del perezjimenismo perduraron por un tiempo dentro de las FFAA. Nunca debe olvidarse que el 22 de enero de 1958 había muchos perezjimenistas, pero al amanecer del 23 no quedaban sino pocas docenas. El poder había hecho ver a los ciegos (“es que yo no sabía lo las torturas… “), entender a los tapados (sí, como que la democracia es mejor… ) y correr a los irredentos (“vámonos, que pescuezo no retoña… “) Lo esencial es que el poder actúa como un centro de gravedad, hacia el cual, como en una vorágine, convergen los indecisos, los neutros, los ambiguos.

Lo que es claro es que el poder no es en sí un cargo o un conjunto de ellos. En la historia contemporánea de Venezuela uno de los ejemplos más claros es el del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez. Llegó a la presidencia con un amplio apoyo popular y a los 25 días de tomar posesión de su cargo estalló El Caracazo que inició el cese de un poder que no llegó a conformarse; cuando comenzaron las reformas económicas y políticas los llamados “factores de poder” dejaron ese gobierno al garete, los partidos se desentendieron de su suerte, y allí fue cuando la conspiración de los “notables” y de Chávez encontró el ambiente para asestar el mazazo con el golpe de 1992.

Lo que el gobierno no comprendió fue que había perdido el poder -si es que lo tuvo a plenitud alguna vez- aunque siguieran presidente y ministros en sus cargos. Algunos de los colaboradores de CAP advirtieron el tema muy temprano (marzo de 1989), pero la inercia de un nuevo gobierno y la propia visión del Presidente impidieron lanzarse a convertir en fuerza la simpatía electoral manifestada pocos meses antes. El gobierno era un cuerpo descabezado -sin poder- que seguía moviéndose por el automatismo que la posesión de los cargos propiciaba.

DEL PODER AL PODER

La oposición en Venezuela necesita ser y representar un polo de poder para lo cual sus propuestas y acciones tienen que estar enmarcadas en la creación de esa corriente de succión que, como vendaval, arrastre el apoyo y la simpatía mayoritaria. No son sólo los votos, pues éstos los puede hurtar un adversario tiránico, sino la fuerza social irresistible que sea capaz de disolver el poder de Chávez para instituir el poder democrático alternativo.

Una primera condición es un conjunto de ideas que no sean la repetición, aunque mejorada, de lo que el régimen bolivariano ha dicho y representa. Son indispensables ideas nuevas, fascinantes, aptas para emocionar. Esto significa romper con el cuento de Chávez y dejar la necedad que representan nociones como la de que este gobierno es “el único” que se ha ocupado de los pobres como algunos ignorantes gustan repetir.

La segunda condición es enfrentarse al régimen a quien se quiere reemplazar y por esa vía contribuir a derrotar un poder establecido. Eso de no atacarlo porque sus partidarios se conduelen de Chávez lo que ha hecho es fortalecerlo. No hay que olvidarse que en las luchas que fueron de 1999 a 2005, junto a las de 2007, la confrontación directa al régimen permitió constituir un sólido cuerpo opositor. Esta confrontación en modo alguno significa apelar a la grosería, la bajeza, y el estilo cloacal del gobierno; simplemente significa nombrar las cosas por su verdadero nombre.

Una tercera condición es la denuncia implacable de las condiciones en las cuales se encuentra el país, lo cual incluye a los poderes públicos y, en particular, al CNE. Las condiciones electorales están diseñadas para impedir, disminuir, alterar, las posibilidades democráticas. La denuncia de estas circunstancias no desestimula sino promueve el coraje para echar el resto.

Una cuarta condición es la unidad. La de los partidos, representada en la Mesa dela Unidad y la de la sociedad que busca de representación.

Se necesita entonces un proyecto de poder con garra y líderes para lograrlo.

http://www.tiempodepalabra.com

 
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