Ollanta, con el viento a su favor…


PABLO BIFFI

Pocos presidentes peruanos en las últimas tres décadas han llegado al Palacio de Pizarro con un contexto tan favorable como el que se le presenta ahora al líder nacionalista Ollanta Humala. Elevados índices de popularidad y legitimación social; una economía en expansión a niveles “chinos” durante la última década y una aceptación generalizada –desde los sectores populares hasta los dueños del poder económico– de que Perú necesita ahora entrar en una etapa de redistribución de la riqueza y de incorporación al “sistema” de millones de personas que han visto desde afuera la fiesta del crecimiento macroeconómico.

La llegada de Humala al poder no fue producto de la casualidad. Hubo dos factores que confluyeron: por un lado, la incapacidad de los gobiernos precedentes de Alejandro Toledo y de Alan García de comprender que el famoso “derrame” de la economía no se produce si no es con políticas de Estado que lo estimulen. Algo que el Brasil de Lula da Silva comprendió con rapidez. Por otro lado, Humala fue capaz de captar con precisión que aquel discurso radical de la campaña de 2006 que lo emparentaba con el venezolano Hugo Chávez tenía más costos que beneficios en el Perú de 2011. Supo cómo despojarse de aquella alianza y “pegarse” al PT de Lula (incluso con sus asesores) hasta moderarse no sólo en su discurso sino también en los hechos: de su gabinete de ministros, todos los hombres vinculados al manejo económico fueron “aprobados” por los hombres de negocios y por los mercados. No habrá, en ese sentido, sobresaltos, suponen. Para implementar aquellas políticas sociales prometidas en campaña y que apuntan a rescatar de la pobreza a más de un tercio de la población, Humala nombró a hombres y mujeres que vienen de la izquierda y que parecen capacitados para el desafío. Si Ollanta es capaz de unir crecimiento con reparto, habrá hecho gran parte de su trabajo.

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