¿UNA ALCABALA MÁS?

Victor Maldonado


VÍCTOR MALDONADO C.
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¿Es una exageración decir que el Gobierno está sovietizando la economía?

La Ley de Costos y Precios justos es la penúltima sorpresa en materia económica. Este decreto ley, elaborado al calor de la desesperación gubernamental por el descalabro económico, es un salto al vacío como ninguna otra medida intervencionista lo había representado. No es que las decisiones asumidas en los últimos trece años hayan indicado otra cosa que la toma socialista de la economía y de la sociedad democrática, sino que ellas respetaron el abordaje progresivo que luego se sistematizó en el plan económico y social que rige desde el 2007. Esa progresividad táctica, cuya intención era el ablandamiento y la desensibilización de los actores económicos y sociales, nos trajo hasta aquí sin que nadie se sintiera especialmente afectado, precisamente porque cada medida era asumida como una alcabala más que debía ser sorteada con las escasas herramientas de una competencia cercada y hostigada.

La nueva disposición nos coloca en otra dimensión del proceso: la aceleración del tránsito hacia el comunismo. A partir de su implementación se abandona definitivamente el sistema de mercado y se sustituye por el que rigió en la Unión Soviética hasta su derrumbe. Hayek calificó esta aventura como “La Fatal Arrogancia”, y Von Mises como una apuesta al regreso de la utopía que se creía desvanecida con el fracaso argumental de Owen, Saint Simon y Fourier. ¿En qué consiste este error fatal? En la imposibilidad de controlar centralizadamente lo que es un saldo de resultados. El sistema de mercado no es otra cosa que la confluencia de ganas, deseos y propuestas que van y vienen en corrientes de oferta y demanda, reguladas por un Estado de Derecho, que se hace presente a través de la Justicia para evitar los excesos. El sistema funcionará mejor cuando haya más competencia, y será un verdadero desastre cuando esa competencia caiga abatida por la intervención impropia del Gobierno.

¿Es una exageración decir que el Gobierno está sovietizando la economía? Vayamos a la ley y examinemos su espíritu: abre un nuevo registro de empresas y actividades -sí, odontólogos y veterinarios, y cualquier otra actividad “por cuenta propia”-; fija los precios de los productos; controla y regula la incorporación de nuevos productos al mercado; establece sanciones, “cualquiera que considere necesarias”, entre ellas la inhabilitación profesional -sí, oftalmólogos, médicos o peluqueros, por ejemplo, no podrán trabajar por diez años al ser inhabilitados-; en suma, acaba con el libre ejercicio de las profesiones y el libre comercio, bajo el falso supuesto de que ellos -los héroes de Pudreval, Sidor, las cementeras y la masacre económica del Sur del Lago- sí van a poder contener los precios y evitar la escasez. En suma, ellos van a realizar lo que no lograron ni el Partido Comunista de la URSS ni el Partido Comunista Cubano.

Von Mises está en lo cierto cuando advierte que a una decisión de intervención le sucede otra, y otra, y otra. Se repetirá cuantas veces ocurra un fracaso en los resultados deseados y empeore la situación. El fatal error de la fatal arrogancia está en insistir, a pesar de las señales de la realidad, que en algún momento la ferocidad de la intervención podrá revertir la cadena de errores cometidos. Por ese camino, insiste el decano de la Escuela Austríaca de Economía, “paso a paso, se llega, finalmente, a un punto donde toda libertad económica de los individuos desaparece… “, y se abren los cauces al régimen dictatorial, antidemocrático y socialista fundado en el intervencionismo, llámese este nazismo, comunismo o socialismo del siglo XXI.

Lo único que cabe esperar (y tómenlo como una profecía) es el empeoramiento. Ellos buscan controlar la especulación, pero surgirá un inmenso mercado negro, mientras que los índices de inflación seguirán al alza. Ellos buscan el pleno abastecimiento, pero se incrementará la escasez. Empeorará lo que ya sufrimos, porque llevamos ocho años al menos padeciendo la trama que intenta imponer la administración centralizada de la economía, la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción, y esa igualdad rampante que asocian a la máxima felicidad posible. Ellos quieren una cosa, pero logran otra, y mientras tanto destruyen buena parte de nuestro presente y casi todo nuestro futuro. Ellos sólo pueden ser -como siempre han sido quienes como ellos han pensado- los monaguillos del caos planificado.

Esta no es una alcabala más, sino un pasaje sin retorno a la tiranía.

 

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