CITIZEN MURDOCH

Sergio Dahbar


SERGIO DAHBAR

Setenta años después de su estreno en Nueva York, El ciudadano Kane sigue tan viva como el primer día. Representa un golpe certero a las emociones del espectador, muy a pesar de que se conozca la historia de la película y del personaje que la hizo posible a los 25 años, Orson Welles, sin contar con experiencia como realizador cinematográfico.

Remedado hasta por los Simpson, Kane es la reconstrucción de la vida de un magnate americano.

Esa puesta en escena excepcional, con siete testimonios diferentes, que aparecen y desaparecen a lo largo del film, plantean cómo resolver el misterio de la última palabra que balbucea este potentado antes de morir: Rosebud.

Pero hay un sustrato fundamental en la película: acentuar el vacío de sentimientos que se esconde detrás de la megalomanía, el narcisismo y la opulencia desmedida. Welles quiso retratar a un millonario conocido por poseer medios de comunicación amarillistas, William Randolph Hearst, pero sabía también que haría un comentario más universal sobre lo que el poder puede hacer con un ser humano.

Welles tenía poderosas razones para centrar su atención en Hearst. Su propia historia era la de un joven heredero de Chicago, niño prodigio como lo fue Mozart, con habilidades de actor, dibujante y escritor. Evidentemente, sentía una atracción personal por la biografía de Hearst, como si se observara en un espejo deformado.

Como toda referencia relacionada con poderosos, era público y notorio en Estados Unidos que Hearst inventó la carrera cinematográfica de su amante, Marion Davis. Para ella creó el sello productor Cosmopolitan.

La argucia de Welles y los guionistas fue condensar todos estos datos reales para definir un rasgo de la civilización, que bien podía sintetizarse en el efecto que produce la acumulación de poder y la pérdida de inocencia.

Kane comienza como un idealista que puede perder 1 millón de dólares por año sólo por ser libre. Rápidamente triunfa, logra que el periódico imprima 684.134 ejemplares y se roba a los mejores reporteros del mercado.

Como bien anota uno de los entrevistados en la película, para Kane el dinero no es importante.

Prefiere tener poder, ser alguien, gobernar el país. Así cambia y se transforma en ese ser que quiere poseer todo sin medida; inventar una carrera para una mujer sin talento; y que todos le obedezcan. Así se vuelve despreciable y solitario.

Como todo espectador de la película sabe, Rosebud representa la infancia perdida, el paraíso que nunca regresará, ese momento vital en que el ser humano espera la promesa de felicidad que se anuncia en la juventud.

Setenta años después de su estreno, El ciudadano Kane posee una vigencia insólita. Se puede corroborar en estos días, cuando la figura de Rupert Murdoch ha entrado en el remolino de las peores acusaciones y sospechas.

Basta con detenerse en las dos mujeres más importantes de la vida reciente de Murdoch, la colaboradora pelirroja Rebekah Brooks y la tercera esposa, Wendy Deng. Ambas han crecido a su lado motivadas por una ambición desmedida e inescrupulosa.

A ambas ha protegido Murdoch con todas las armas que ha tenido a su alcance.

Brooks cayó inevitablemente cuando el escándalo se fue de las manos y no pudo frenar el abismo que se abrió bajo sus pies. Wendy Deng es otra cosa. Como esposa, se ha convertido en una empresaria que le ha ayudado a fortalecer los lazos con la directiva del Partido Comunista de China.

Como Kane, Rupert Murdoch es capaz de enemistarse con sus editores por una nota incómoda sobre su esposa. Así ocurrió con uno de los mejores periodistas del Sunday Morning Herald, Eric Ellis, a quien se le consignó la tarea de escribir un perfil de Wendy Deng.

Ya Ellis no forma parte de la redacción ni de la planta de colaboradores de ese medio. Como ocurrió entre Kane y Jedediah Leland ( Joseph Cotten), por culpa de una crítica teatral que escribe el segundo y que el potentado considera inoportuna.

Por obra y gracia de Orson Welles, Rupert Murdoch es otro de los fantasmas que merodea el palacio de San Simeon, en la costa desolada de Big Sur. Un espectro que podrá haber acumulado toda la fortuna del planeta, pero aún así resulta patético.

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