De Barbacoas a NY:
vivencias con Simón Díaz *

En los 80 años de quien se ha convertido en orgullo de nuestra estirpe y emblema de nuestra nacionalidad, ABC de la semana ha deseado compartir con sus lectores este relato que recoge algunas vivencias gratas del tío Simón.

Aquiles Báez

Por sus habilidades podría haber sido un perfecto hombre del renacimiento. Caricaturista, cuentista, poeta, actor, cantante, compositor, publicista, humorista y generador de una cultura que representa la venezolanidad. Nació en Barbacoas, que entonces pertenecía al estado Guárico y ahora es parte del estado Aragua. Su obra está en el corazón de todos nosotros, así como su espíritu y su simpatía. Es, como dice la canción que le compuso Ignacio Izcaray, “Simón para cada día / de los días venideros./ Simón para el día entero, / Simón de todos los días”.

Los oficios de Simón

El Tío Simón, o Simón a secas, como lo llamamos quienes le tenemos confianza, posee una capacidad sorprendente para mutar de oficio. Es conocido como compositor e intérprete de música venezolana, pero muchas personas desconocen sus capacidades como actor y no precisamente cómico. Además de haber protagonizado películas como La Isla de Sal, de Clemente de la Cerda, con figuras como Lila Morillo, Simón puede cambiarle a cualquiera la percepción de sus habilidades histriónicas al verlo trabajar como actor dramático. Una actuación magistral como la de La empresa no perdona un momento de locura, basada en la obra teatral de Rodolfo Santana y dirigida por Mauricio Wallenstein, le modifica a cualquiera la imagen del llanero con liquilique que muchos tenemos de él.

Recuerdo una vez que estando en casa de Mauricio Wallenstein, en México, lo oí comentar sobre la actuación de Simón en su película, la cual catalogó como genial. Esta actuación le mereció el premio de Mejor Actor en el prestigioso Festival de Cine de Huelva, en España. Pero, además, Simón hizo algunas obras de teatro y por supuesto tuvo durante años su programa cómico. Hacer reír a la gente es todo un arte en el que Simón es un maestro y eso no es nada fácil.

Otro de los oficios poco conocidos de Simón es el de caricaturista: es fabuloso con un lápiz. Con la chispa que posee habría podido tranquilamente vivir de sus caricaturas, algo que me comentó una vez el no menos genial Pedro León Zapata. Otro de sus oficios ocultos es el de cuentista: Simón tiene un libro de cuentos del llano que fue publicado hace algunos años, lo que convierte a Simón un contador de caminos, un hombre que dialoga con su entorno.

Betsimar, mi linda Betsimar…

Mi cercanía con Simón viene por mi amistad con su hija Betsimar. En los años ochenta yo asistía a clases con el maestro Gerry Weil y la estudiante que me sucedía era Betsimar Díaz, la hija de Simón. Por ahí empezó una amistad que ha perdurado. Empecé a hacer proyectos con ella, quien es una poeta fabulosa y posee una habilidad con la palabra que es única. Es mi hermana, con la que he compartido desde despechos hasta despachos.

De esas notas graciosas con Betsimar, hace unos años realizamos una gira apadrinados por Simón. A esa gira fuimos Betsimar, la fabulosa soprano Elvia Sánchez (quien es la hija del no menos importante Alfredo Sadel, el tenor favorito de las Américas) y quien escribe. Solíamos dar recitales de poesía-música y voz. Una vez estábamos en la radio de Barinitas, haciéndole promoción a uno de esos eventos, y el locutor dijo: “Acá tenemos a Betsimar Díaz, la hija de Simón Díaz, luego está Elvia Sánchez, la hija de Alfredo Sadel, y está Aquiles Báez, el hijo de… Aquiles Báez, el hijo de…”. A la tercera vez, le dije: “…el hijo de Ana María”.

Aquiles Báez - Simón Díaz

A partir de mi amistad con Betsimar, todo el entorno de Simón se me hizo cercano. Hemos compartido desde lo familiar de un cumpleaños hasta participar con él en conciertos en Puerto Rico, Chicago o Nueva York. Betsimar muchas veces, cuando hemos andado por ahí, me lo ha endosado (cosa que le agradezco), ya que me encanta conversar con este personaje. Después de celebrar uno de sus cumpleaños en Nueva York, nos fuimos a un juego en el Yankee Stadium. Éramos el padre Alexis Bastidas, mi compadre Ernesto Rangel, Simón y yo. Cuando Simón está concentrado en algo se pone sumamente serio, casi no abrió la boca en todo el juego, y si lo hizo fue sólo para decir un par de cosas puntuales. La primera fue: “¿Quién es ese catire, que le toman tantas fotos?”, a lo que respondimos: “Ése es Paul McCartney”, a lo que nos contestó “¡Ahhh! Gordo, ¿y quién es ése?”. Luego, en el tercer inning, dijo: “¡Esta vaina si es grande!” y en el quinto: “¡El juego está güenísimo!”, para ripostar en el séptimo: “Catire, no veo esa pelota, ¿por qué no nos vamos antes de que salga esta marabunta?”. Yo pensaba que estaba fastidiado, pero lo que estaba era nervioso porque nos regresábamos en el subway. Apenas nos montamos en el vagón no paró de hablar de la maravilla de haber ido a ese juego.

Pero con Simón tengo muchas historias, como aquella vez en la que nos pusimos a contrapuntear en el camino de regreso de su casa en San Sebastián de los Reyes, donde no repetimos versos, o cuando estuvo toda una noche contando sus anécdotas con Aquiles Nazoa en casa de Jacobo Borges y todos quedamos encantados escuchando esas historias de humor y amor, o las veces que hemos jugado bolas criollas y él se ha molestado conmigo porque no sé jugar… al menos eso dice él.

Colaboraciones con Simón

Simón, cuando canta, posee un carisma y un encanto que acaricia. Tiene un sentido estético alejado de los patrones convencionales del canto. La música hecha con el corazón tiene esa particularidad. La vida le regala a uno lo más preciado, y eso es lo que queda. He tenido la oportunidad de participar en dos discos con Simón y ambos me han marcado como músico.

Una vez me encontraba en su casa comiendo unas arepas y, como tenía la guitarra, me dijo: “Acompáñame ahí un tanguito…” y después nos quedamos pegados en varios tangos. A partir de ese día, cada vez que coincidíamos en una fiesta le acompañaba un tango. Así surgió la idea de que hiciéramos un disco de ese género, donde aparte de la dirección musical grabé la guitarra. Por casualidades de la vida, estaba en Venezuela un israelí que es uno de los duros del jazz, pianista de Paquito de Rivera y que, además, toca tango como los dioses: Alon Yavnai. A Alon lo conocí en Boston, en donde nos hicimos grandes amigos. Luego él se casó con una chica francesa que vivió en Venezuela y cuyo padre todavía vivía en Caracas. Para todos fue un regalo divino que estuviera Alon en Caracas y coincidiera con esta grabación.

Todo tango necesita un bandoneón. Para eso llamamos a otro gran amigo y maestro de ese tan particular instrumento: Raúl Jaurena. Raúl es uno de los más celebrados bandoneonistas, ganador del Premio Grammy. Las casualidades es que Raúl no sólo vivió en Venezuela, sino que está casado con una caraqueña y tiene dos hijos  venezolanos. Para cerrar el grupo, necesitábamos a un contrabajista que pudiera tener el fuelle del tango y con una técnica de arco impecable. Así fue como llamamos a quien es, a mi juicio, uno de los bajistas más versátiles de Venezuela: Roberto Koch. Nos adentramos en esta aventura de hacer un disco de tangos en el Caribe. Definitivamente algo exótico en la carrera de Simón, quien cantó como si hubiera nacido en la región austral de nuestro continente.

Un par de años más tarde, Betsimar y yo conversamos sobre cómo hacer un disco que fueran las tonadas de Simón pero que sonara a siglo XXI. Recuerdo que le comenté que sería bueno hacer algo con características acústicas… con un par de músicos. Llamamos a Nené Quintero para la percusión, quien maneja increíblemente los espacios en la música, es un mago de los sonidos y una pieza que encajaba perfectamente con este concepto. Y luego, una vez más, a mi hermano Roberto Koch, de quien brota música por todos lados. Yo interpreté la guitarra y el cuatro, y estuve a cargo de la dirección musical. Este disco se llama Sabaneando y realmente me encanta el resultado. Es uno de los trabajos de los cuales me siento orgulloso.

Simón caricaturista

Caballo le dan sabana

Es difícil ser objetivo cuando está el cariño de por medio. Me une un nexo fraternal con los hijos de Simón: Betsimar, Juan, Simón Jr., y un nexo filial con su esposa Betty y con el propio Simón… además de los perritos de la casa.

Lo importante en este mundo es la huella que se deja. Simón ha dejado no una huella sino un rastro inmenso. Me alegró mucho el Grammy honorario que le fue otorgado, más allá de lo que significa para la persona, por lo que significa para el país. Sin embargo siento que lo hermoso de un creador es cuando su obra trasciende la obra misma y deja de ser del autor para convertirse en objetos apreciados por la gente. Un “Caballo viejo”, “El becerrito”, “Mercedes”, una “Tonada de luna llena” o “El pasaje del olvido” no son composiciones de Simón: ya son parte de todos nosotros.

Por eso, para mí, Simón es dueño de un premio mucho más contundente que cualquier estatuilla: el amor de un pueblo que se identifica con lo que él es, un llanero que se adueñó de nuestros corazones para después regalar el suyo a todos sus compatriotas.

Simón Díaz y su caballo viejo han cabalgado los esteros, han arreado los sueños de una llanura que se extiende en el horizonte, le ha cantado a un país ordeñando a su vaca mariposa, ha llenado de ese sentimiento bonito todo el territorio nacional.

Que orgullo tan venezolano sentí al verlo cantar en el Carnegie Hall.

Tomado de PRODAVINCI


* Título original: Mis historias con Simón Díaz. Texto ligeramente editado.

 

 

 

 

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