EL CANDIDATO NO BASTA

Manuel Felipe Sierra

FÁBULA COTIDIANA
MANUEL FELIPE SIERRA
manuelfsierra@yahoo.com
Twitter: @manuelfsierra 

            Es comprensible la presión del mundo opositor para la escogencia de una candidatura unitaria. Ello se hace más apremiante en amplios sectores ante la necesidad de sustituir al gobierno y al régimen chavista. Este cambio sin embargo, trasciende la simple rotación de un mandatario, como reza la alternancia constitucional. Las actuales circunstancias hacen mucho más compleja la selección del aspirante a representar a la mayoría democrática. Ya no es un tema confiado solamente al favor de las encuestas y a la capacidad del escogido para cautivar simpatías populares. Sin duda, ambos factores son demasiado importantes, pero frente a la actual situación se requiere además de los atributos propios del candidato, que éste posea disposición para facilitar  un  acuerdo, un entendimiento, una concertación, o un esfuerzo que comprometa al mayor número de sectores en torno a objetivos concretos.

Francisco Franco - Augusto Pinochet - Velasco Alvarado

            Sólo una oferta de este tipo abriría paso a la transición que facilite el regreso a la vida democrática. Sin ese paso, sin esa fase previa, la victoria electoral del 2012 resultaría incompleta y más grave aún: ella no aseguraría la gobernabilidad del período constitucional. Si bien la elección se dará formalmente entre candidatos, en esencia se trata de contraponer dos modelos políticos, dos conceptos de estado, que resultan (y doce años han sido más que suficientes para comprobarlo) claramente antagónicos. De allí que junto a los atributos y virtudes del aspirante unitario su campaña debería reposar sobre una propuesta urgente y viable de recomposición nacional, distinta a las promesas programáticas o a los “proyectos de país”. A la derrota del chavismo tendría que sucederle un mandato amplio, que trascienda el ámbito partidista, con la incorporación de amplios sectores sociales, e incluso de muchos venezolanos que hoy pertenecen al mundo del chavismo.

Marcos Perez Jimenez

            ¿Es posible de otra manera avanzar para reconvertir  aquellas medidas y situaciones que hoy niegan la gobernabilidad democrática? ¿Cómo hacer para restituir la estabilidad constitucional anulada en la práctica por una estructura legal paralela que niega los contenidos de la Carta Magna? ¿Cómo hacer para que la FANB regrese a su papel como institución al servicio de la nación y deje de ser una guardia pretoriana o el instrumento de un proyecto ideológico y personalista? ¿Cómo asegurar la reactivación económica mediante el respeto a la iniciativa individual y la empresa privada? ¿Es posible gobernar en el futuro sin romper la “atadura estratégica” que ha colocado la soberanía nacional en un fideicomiso ideológico en Cuba? ¿La tarea de rescatar a PDVSA como una empresa eficiente y que sustituya al actual fondo de politiquería, ineficiencia y corrupción, no tendría que ser en todo caso el resultado de un esfuerzo que incluya a los trabajadores de la industria pero también a otros factores de la vida nacional? Sin una discusión y un claro compromiso alrededor de objetivos concretos (lo cual, inexplicablemente, hasta ahora no luce como prioridad de la Mesa de la Unidad Democrática) el escenario de la victoria no la garantizaría solamente la escogencia de un buen candidato, más allá de la fuerza  que éste logre acumular durante la campaña y en la propia elección.

            Hasta ahora no se conoce ningún caso de sustitución de un régimen dictatorial o de naturaleza autoritaria y el tránsito a formas democráticas que no satisfaga objetivos puntuales impuestos por la realidad. La centenaria confrontación entre liberales y conservadores en Colombia cesó durante algunos años con la creación del Frente Nacional en 1956, como la única manera de enfrentar al gobierno militar de Rojas Pinilla. El Pacto de Puntofijo en 1958 se impuso como la única vía de recomenzar en Venezuela el camino de la democracia y la estabilidad institucional. El consenso venezolano sirvió de referencia luego para el Pacto de la Moncloa en España, que sorteó los difíciles días del postfranquismo. Los gobiernos militares de Velasco Alvarado y Morales Bermúdez en Perú dieron paso a una constituyente presidida por el líder histórico del APRA Víctor Raúl Haya de la Torre en 1979, que abrió cause a los gobiernos de Belaúnde Terry, Alan García y Fujimori. La última pesadilla militarista argentina condujo en 1983 a la democracia con el mandato de facto de Reinaldo Bignone, quien entregó el mando al presidente electo Raúl Alfonsín. Son más que conocidos los detalles de la concertación chilena que puso término a la dictadura de Pinochet, y sólo una amplia confluencia de fuerzas, la mayoría de ellas desprendidas del tronco sandinista, facilitaron la victoria de Violeta Chamorro en 1990 frente a Daniel Ortega y con ello el retorno a la democracia.

            Todos estos procesos se apuntalaron en primer término en unas condiciones que contribuyeron además a facilitar sin mayores traumas la escogencia de las fórmulas presidenciales. En el caso venezolano, la transición se dará en circunstancias que demandan todavía de mayores esfuerzos de amplitud, porque las estructuras y las instituciones que serán sustituidas contarán todavía con una presencia en el debate político y con el control de algunos poderes públicos. Resulta demasiado claro entonces que la campaña electoral opositora está obligada a encontrar, además de un buen candidato y un atractivo programa de gobierno, una oferta de transición capaz de articular el consenso y la unidad en el corto plazo. Únicamente sobre esta base un futuro mandato podría contar con garantías de gobernabilidad y de éxito.

 

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