MONSTRUOSO Y BANAL

Carlos Raúl Hernández


CARLOS RAÚL HERNÁNDEZ
@carlosraulher

No se puede ser multiculturalista y defender los Derechos Humanos al mismo tiempo

Especie de Lucifer, una abominación de rostro angelical, Anders Behring Breivik, asesina noventa personas en Noruega, bajo el efecto de la peor droga: el odio racial. Cabeza hueca, planificó doce años una acción tan estúpida como demoníaca. La misma energía infernal movió a Bin Laden, Goebbels, Mugabe, Pol Pot, Elridge Cleaver, Malcom X y los Panteras Negras. Todos demiurgos del multiculturalismo (Lefebvre lo llamaba “diferencialismo”) una estrategia para enfrentar “culturas oprimidas” vs. “culturas opresoras”, la lucha de razas. Es una coartada que justifica paradójicamente crímenes bárbaros por razones “culturales”.

Los nazis fueron de las expresiones más perfectas del diferencialismo. La cultura aria se había desnaturalizado por el mestizaje. Debían descontaminarla y volver a la pureza de las tradiciones “profundas”, la mitología germánica, la música, así como algunos quieren hacerlo con la “negritud”, “lo originario” y demás necedades. Dicen que Hitler, cuando era un vagabundo en Viena, tenía transportes místicos viendo Sigfrido de Wagner, símbolo de la “opresión” a los arios. Años después Goebbels quemaría millones de libros “decadentes” en piras (por ahí destruyen estatuas de Colón).

Toda Europa ha soportado sistemáticamente turbas violentas desde 2006 hasta 2011. Intelectuales europeos -entre ellos Kuhn- justificaron la bestialidad, porque unas caricaturas publicadas en Holanda habían “irrespetado al profeta”. Es como si a alguien le pareciera aceptable que los judíos incendiaran Manhattan porque en una película Morgan Freeman representó a Yavhee, que para su religión es innombrable e irrepresentable. Hoy las ciudades europeas están tomadas por bolsones de proto terrorismo que sólo el año pasado crearon cientos de desórdenes, inmigrantes fugitivos de la miseria y la opresión de sus países de origen, que no se integran sino que aborrecen la sociedad que los acoge.

Angela Merkel dijo con rotundidad: “la sociedad multicultural fracasó en Alemania”. James Cameron lo afirmó también, ya que los informes de seguridad hablan de más de seis mil activistas radicales en varios semilleros de terrorismo en Gran Bretaña. Lo mismo Sarkozy que como ministro primero y ahora como presidente ha enfrentado incesantes motines en Francia. Hace unos años una escritora bautizó el continente como “Eurabia” por sus tendencias poblacionales. Los neonazis y suprematistas blancos son la otra cara del mismo problema

La vida democrática no es multicultural sino plural. El pluralismo es el estado rutinario de una sociedad abierta y se funda en que las civilizaciones surgen de las diferencias, de la fusión de culturas, como las expresiones musicales populares trascendentes, el rock, el jazz, el blues, la salsa, el bolero, el tango, el reggae. Escritores insignia en lenguas española e inglesa, Vallejo y García Márquez, y Whitman y Melville, son producto de ese mestizaje simbólico. Cada quien vivirá según su cultura y religión, sin violentar el derecho a la vida, la libertad, la integridad de otros.

Lo que la barbarie revolucionaria llama “diferencias culturales” es la complicidad con grupos que practican la cotidianidad criminal de pegar a las mujeres, imponerles matrimonios, taparles el rostro, castrarlas, o apedrearlas como hacen los animales de Ahmadinejah, que arrojan homosexuales por barrancos. Pero para un revolucionario, quien cuestiona lo hace “desde la óptica de una cultura opresora”. El pluralismo vive de diferencias de costumbres, tradición o religión, pero sólo hasta una frontera: los Derechos Humanos. Es el dilema de la civilización: no se puede ser multiculturalista y defender los Derechos Humanos al mismo tiempo.

Cassius Clay renunció en la juventud a su nombre “de esclavo” por uno de los del profeta, con la idea equivocada de que provenía de África. Adulto retomó el que le dieron sus padres en una sociedad libre que los Panteras Negras iban destruir, hoy presidida por un negro. Bin Laden quería, antes del chapuzón, asolar la Europa del Demonio Blanco y someterla al Corán y el Califato. A pesar de haber segado miles de vidas inocentes, Alá no le otorgó la posibilidad de estar en las grandes ligas de los genocidas, ser un Mao, Stalin o Hitler -en orden de criminalidad-, y contar sus muertos por millones. Su final fue el vientre de un tiburón que debe haber muerto de gastritis. Le ajusta, igual que a Breivik, lo que decía Conrad de otro terrorista en una de sus novelas: “no sé si es más despreciable por su monstruosidad o por su banalidad”.

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