OPEP: UNA IDEA TEJANA REPENSADA EN VENEZUELA *

 

Ibsen Martínez

IBSEN MARTÍNEZ

Con casi cien años de actividad petrolera a cuestas, no hemos producido ningún libro de historia económica comprehensivo y útil que sea comparable a, digamos, El café en Colombia, de don Marco Palacios.

Las visiones prevalecientes en nuestra literatura sobre el tema, ya sea en obras de ficción o en las pretendidamente fácticas, acerca de cómo nos hicimos una nación petrolera -y más todavía, como nos convertimos en esa monstruosidad llamada “petroestado”- han sido poco felices, por decir lo menos.

La mayoría de nuestros “relatos” -como llaman los posmodernos a casi cualquier cosa que pueda leerse- muestran un descaminador sesgo antinorteamericano y, machaconamente, recurren a fórmulas que hablan de “imperialismo” y de “enclaves neocoloniales”. En el proceso, yerran a menudo el tiro y muestran su ignorancia, sobre todo al confundir los designios de las corporaciones petroleras con los del Departamento de Estado o el Pentágono.

Todo esto puede resultar sumamente engañoso gracias a las engañifas “posmarxistas” que se han fundido en la corriente primordial que riega casi todos los cultos sincréticos del mundo académico, notablemente el estadounidense. Así, toda laya de “relatos” dan hoy forma a muchas inconmovibles nociones acerca de nuestra historia como país petrolero. Ejemplo protuberante es el relato de cómo surgió la Opep.

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La versión oficial -la que se nos enseña en la escuela elemental, el bachillerato y la universidad- sostiene que el doctor Juan Pablo Pérez Alfonso, un distinguido abogado venezolano, fue el “padre” de la Opep.

Ciertamente, se trata de una edificante historia acerca de un tenaz ciudadano del Tercer Mundo enfrentado a los grandes y voraces clientes de los países productores de crudo. Y por cierto que, en lo esencial, no es falsa.

Pero el modo en que desde siempre ha circulado entre nosotros, tanto en reseñas periodísticas como en textos de estudio, minimiza -cuando no oculta por completo- el hecho de que, durante su exilio en los Estados Unidos, Pérez Alfonso estudió intensamente y con mucho provecho, según se vio años después, las estrategias reguladoras desarrolladas por la División de Gasolina y Crudo de la Comisión de Ferrocarriles de Texas (TRC, por “Texas Railways Comission”) durante los años veinte del siglo pasado. Más aún, llegó a sentir una gran admiración por el señor Clarence G. Gilmore, a su vez un distinguido abogado, por largo tiempo comisionado jefe de la TRC.

“En el contexto de las tensas relaciones entre el gobierno estatal y los hombres de empresas, en el estado de Texas prosperó en los años veinte un sentimiento de conservación del preciado recurso natural”, afirma William R. Childs, un autorizado estudioso de la historia de las políticas reguladoras en los Estados Unidos.

Según Childs, la TRC es una verdadera rara avis entre las contadas entidades reguladoras estadounidenses de todos los tiempos. Lo fue en la medida misma en que cooperó con la incipiente industria petrolera tejana en su lucha contra los monopolios refinadores y ferrocarrileros del este, impuestos por John D. Rockefeller (Standard Oil) y William Brickell (East Coast Railway) a los pequeños y medianos productores independientes de aquel gran estado.

“El señor Gilmore, al frente de la TRC, logró reconciliar las estrechas doctrinas legales que en su país favorecían a los más grandotes y abusones con la idiosincrásica naturaleza de la naciente industria petrolera en su estado natal. Creía que con una administración paritaria del recurso natural -entre productores y la agencia gubernamental que dirigía- era posible racionalizar costos y ganancias y conservar las reservas del crudo”.

El mayor logro de la TRC fue establecer, concertadamente entre los productores tejanos, un sistema de cuotas de producción que estabilizara los precios por la vía del volumen de oferta. Ni más ni menos que lo que, cuarenta años más tarde, Pérez Alfonso, con el asesoramiento de dos antiguos funcionarios de la TRC, desarrolló como la propuesta aceptada sin reservas por los países del Golfo Pérsico.

La conservación de los recursos naturales y un sistema regulador de la producción, coordinado entre productores, son la nuez del pensamiento de Pérez Alfonso en cuanto a cómo Venezuela ha debido salir del subdesarrollo. Que no lo haya hecho no es culpa de Pérez Alfonso, quien murió desconsolado en 1979.

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Hay algo sin duda aleccionador en el modo en que un irreductible luchador nacionalista como lo fue Pérez Alfonso inspiró su acción política futura en el legado de la agitación antimonopolios que en los estados del Sur, allá por los lejanos días de 1890, dio lugar a la creación de la Texas Railways Comission.

Así, la Opep bien puede ser vista como una impensada consecuencia del movimiento regulatorio del gran capital que cundió en los Estados Unidos a comienzos del siglo pasado. Las tendencias del negocio petrolero mundial que lucían fatalmente favorecedoras de las Siete Hermanas fueron enfrentadas por un honesto abogado venezolano que no tuvo empacho en estudiar con ahínco un momento muy especial de la historia del capitalismo en el país rival de los intereses del suyo propio.

Y dio a luz un organismo internacional que, valga lo que valieren sus dirigentes de hoy, desde hace medio siglo es un factor insoslayable del juego petrolero global.

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* Título original: OPEP: UN IDEA TEJANA PENSADA DE NUEVO EN VENEZUELA.

 

 
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