UN PARTIDO COMO IGLESIA

Sergio Ramírez


SERGIO RAMÍREZ

Ahora lo que se trata de inventar es un partido confesional, una iglesia política, que toma prestados, sin ningún permiso, los símbolos y los rituales de la Iglesia.

Rosario Murillo, esposa de Daniel Ortega

El choque entre la jerarquía de la Iglesia católica de Nicaragua y el presidente Daniel Ortega ha sido constante, debido al abuso de los símbolos religiosos por parte del partido oficial; pero ahora la protesta de los obispos ha detonado con virulencia debido a un discurso que la señora de Ortega pronunció el 12 de julio de este año delante de una asamblea de militantes en Managua, donde dijo textualmente, refiriéndose a la celebración del aniversario de la revolución de 1979: “El sandinismo es… fe, creencias, prácticas, rituales. Ese acto del 19 de julio todos los años es como una gran misa, Dios me perdone si a alguien ofendo, ¡pero eso es! Nosotros vamos a una misa revolucionaria, vamos a cantar, vamos a llenarnos del Dios de los pobres, de amor al prójimo. Porque Dios está en todas partes…”.

Los ejes de propaganda ideados por la primera dama se han venido tiñendo de un color mesiánico, y el lenguaje que impregna esa propaganda es en todo religioso, de modo que la distancia entre el rito católico y la práctica política ha venido borrándose en las orientaciones impartidas a los militantes. Se trata nada menos que de un secuestro del lenguaje y de los valores religiosos para alimentar una campaña política que no mira simplemente hacia las elecciones presidenciales del mes de noviembre de este año, sino mucho más allá; desde luego que el proyecto político, basado en las sucesivas reelecciones del comandante Ortega, no tiene plazos. Más que una elección, se trata de una consagración.

Más que una fe política, lo que se busca implantar es una fe religiosa, como si se tratara de la fidelidad a una iglesia, más que a un partido, no desde un concepto genérico de cristianismo, sino desde el catolicismo mismo, como podemos apreciarlo en otra parte del mismo discurso: “Esa caminata del repliegue… es nuestra procesión ¡son nuestras procesiones! La caminata del fortín, las caminatas que hacen en cada departamento conmemorando sus propias fechas revolucionarias… esos son rituales. Y la gente recorre esas procesiones, cumple con esos rituales, porque necesita tomar contacto con su fe…”.

Rito, ritual. La fe política convertida en fe religiosa. La misa.

La procesión. Los altares enflorados. Los árboles de Navidad encendidos todo el año, donde la estrella de Belén es sustituida por cubos de colores con eslóganes. Pero no sólo las formas del culto. También se abarca la identidad de fondo entre iglesia y partido, de acuerdo siempre con la primera dama: “Yo muchas veces digo que el Frente Sandinista y el sandinismo son como una religión. ¡Porque vienen, precisamente, de una religión! Y espero no ofender a nadie. Porque cuando digo que es como una religión, me refiero a que nosotros estamos siempre llenos de fe…”.

Desde allí, el discurso busca inventar un pasado del Frente Sandinista como partido religioso, de militantes que desde el principio eran practicantes del catolicismo, algo que entra ya en el territorio del mito.

Vuelvo a citar a la señora Ortega: “El compañero Carlos, que me impresionó mucho, siempre andaba con una cruz al cuello… y los oías hablar, y era como que estabas hablando con delegados de la Palabra… era gente que estaba viéndose a sí misma como misionera…

Vean desde dónde venimos, promoviendo el cristianismo, el amor…”.

Ésta es, por supuesto, una falsificación de la historia. La mística de los combatientes originales del Frente Sandinista, se basaba, en verdad, en una entrega sin reservas a la causa, en una disposición al sacrificio que se parecía mucho a la de los cristianos de las catacumbas perseguidos por la mano implacable del poder. Incorruptibles, hacían voto de pobreza, vivían una santidad laica, y no entraron en la clandestinidad pensando alguna vez enriquecerse y llegar a tener poder económico.

Pero eran ateos. Si cuando ella dice el “compañero Carlos” se está refiriendo a Carlos Fonseca, fundador del Frente Sandinista, la cruz colgada en el cuello no va con la verdad porque no era creyente, y nunca habría usado un símbolo de esa magnitud para engañar, dado su sentido del honor. Era ateo porque era marxista, y en aquellos años el marxismo era incompatible con las creencias religiosas, sobre todo para quienes creían en las virtudes insustituibles del modelo cubano. En el Partido Comunista de Cuba no se podía ser creyente; para ser revolucionario probado era necesario ser a la vez ateo, algo que no varió sino muchos años después, en el IV Congreso de 1991, cuando ya el sandinismo estaba fuera del poder.

Claro que en la década de los setenta muchos cristianos de base, muchachos y muchachas salidos de los colegios religiosos principalmente, se incorporaron a las filas sandinistas desde su fe cristiana, pero en la medida en que se comprometían en la lucha armada, e iban radicalizando sus posiciones y abrazando el marxismo, iban perdiendo su fe, como puede leerse en no pocos de sus testimonios. Esto no niega la alianza que se dio en la revolución entre cristianos y marxistas; pero eran cristianos que rechazaban toda obediencia a la jerarquía católica encabezada por el arzobispo de Managua, monseñor Miguel Obando y Bravo, luego elevado a cardenal precisamente por su feroz resistencia a la revolución, convencido de que se quería crear, de manera paralela, una iglesia popular, una “iglesia de los pobres”.

Al aprobarse la Constitución Política promulgada en 1987, el Frente Sandinista se negó a admitir que se invocara el nombre de Dios en el preámbulo, como es usual en América Latina. La Constitución se promulga en nombre de los héroes, de los caídos, de los mártires, de los obreros y campesinos…; y en uno de los apartados, también “en nombre (…) de los cristianos que desde su fe en Dios se han comprometido e insertado en la lucha por la liberación de los oprimidos…”. Es decir, los cristianos aparte.

Ahora lo que se trata de inventar es un partido confesional, una iglesia política, que toma prestados, sin ningún permiso, los símbolos y los rituales de la Iglesia, con un pasado católico, inventado también, que nunca tuvo.

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