CHAVISMO, ELECCIONES, SUCESIÓN Y AUTOGOLPE

Manuel Malaver

MANUEL MALAVER
malaver.manuel@gmail.com   

Como en cualquier país “revolucionario y socialista” donde el poder del caudillo y su partido hacen aguas y hay que sustituirlos por una fuerza que garantice la continuidad del proceso, “los militares chavistas duros” han pasado a convertirse en el centro y objeto del debate político nacional. Cuba ha sido el último ejemplo de ello, a raíz de la baja de Fidel Castro de la presidencia de la República y de todos sus cargos en el partido y en el Estado, pues sin el traspaso del poder a “Raúl Castro y sus generales”, sería difícil predecir en qué grado de disolución y anarquía estaría hoy la llamada revolución cubana.

No hay Fidel ni Raúl Castro, ni militares marxistas-leninistas dueños de empresas en Venezuela, pero si un presidente “revolucionario y socialista” en el posible transe de retirarse del mando a causa de una grave enfermedad, y ello, automáticamente, ha llevado a los hermanos Castro, y a Chávez, a pensar en una sucesión encabezada por su hermano Adán (“el Raúl venezolano”), pero con un fuerte respaldo de los “militares del chavismo duro” que serían la única fuerza en capacidad de garantizar su poder.

Partida de ajedrez cuya jugada de apertura le correspondió al propio Chávez a su regreso de La Habana con un diagnóstico de cáncer presuntamente del tipo 4 y de carácter invasivo, y fue seguida por otros altos funcionarios del gobierno ganados para la idea de que, después de Chávez, sea porque desaparezca de manera absoluta o parcial, solo apalancados por la FAN, y en especial por el Ejército, podrían unos revolucionarios con un partido enclenque y sin bandas de civiles armados que los defiendan, sobrevivir por mucho tiempo.

Pero es lo que piensan también oficiales como el ministro de la Defensa, General en Jefe, Carlos Mata Figueroa; el jefe del Comando Estratégico Operacional de la FAN, General en Jefe, Henry Rangel Silva; el Comandante General del Ejército, General, Euclides Campos Aponte; el recién nombrado jefe de la Casa Militar, General, José Adelino Ornella Ferreira; y el General, Wilfredo Figueroa Chacín, Comandante de la Guardia Presidencial, quienes, casi frotándose las manos, salieron a aceptar y celebrar la oportunidad que la suerte, más que la política, está colocando en sus manos.

Todos ellos (y otros que los han secundado y no citamos por no extremar las muestras de rusticidad y ramplonería) han salido a mellar espadas en el campo de la retórica chavista que, ya sabemos, está más cerca de la sensiblería que de las razones, de los cuarteles que de la civilidad.

Las opciones del chavismo

“Aquí no están los patanes de antes” dijo Mata Figueroa el martes antepasado, 9 de agosto, en un acto en su tierra natal, Margarita “que los convencían con reales y pequeñas cosas, aquí están hombres que en nuestros corazones, desde que éramos cadetes, queríamos ver a la Venezuela que hoy estamos viendo, que está progresando y será una potencia en pocos años”.

O sea que, fanatismo más afilado y ganas desbocadas para ser los legítimos herederos de la revolución chavista no pueden exhibirse, presentándose, no solo como los únicos garantes de que el gobierno “revolucionario y socialista” permanezca, sino también como los solos en capacidad de designar, desde la primera, hasta a la última de sus autoridades.

Plan que apunta, fundamentalmente, a la eventualidad de que, ante una inevitable y abrumadora derrota del chavismo en las elecciones presidenciales de diciembre del 2012, los “revolucionarios” tengan que echar manos a un golpe preventivo o autogolpe, o se arriesguen a “ganar o perder” con un gigantesco fraude que, una vez protestado por las mayorías nacionales y la comunidad internacional, culmine con un pronunciamiento militar.

Pero también puede ser que, dado el clima de conflictividad que pintan los 5 meses finales del 2011, y de todos los que marcarán el calendario hasta finales del 2012, las elecciones sean sencillamente suspendidas, el país pase a ser gobernado por una junta militar-cívica, o cívica-militar, terminando la revolución como debió empezar: arrasando con la constitucionalidad, y ejerciendo el poder de facto y según el capricho del Bonaparte de turno y sus adláteres.

O sea, con el ejercicio del despotismo puro y simple, de la tiranía sin simulación ni apariencias, que es siempre el resultado de gobernar como minoría contra la mayoría, o de imponerse como minoría una vez que se ha perdido la mayoría.

Creo no exagerar si afirmo que estas fueron las opciones que se evaluaron un día de mediados de junio en La Habana, en el lecho del enfermo, Hugo Chávez, y en presencia de su hermano, Adán, y de los gobernantes de Cuba, los hermanos Raúl y Fidel Castro.

El centro de gravedad es el Ejército

Todo un cónclave familiar que debió tener como causa de su convocatoria, y único punto de discusión en la agenda, el “Informe Médico” con el aterrador diagnóstico de que Chávez pasaba a la categoría de “enfermos con cáncer”, de que su permanencia en la presidencia de Venezuela podía calificarse como “dudosa”, y, por tanto, era urgente e insoslayable explorar todo lo relativo a una posible sucesión.

Y que no pudo dejar de percibir que, sin Chávez, el único punto de apoyo de la revolución y el gobierno es la Fuerza Armada Nacional y en especial, el Ejército, los cuales, no podrían ser presididos ni comandados sino por el hombre de más confianza de Hugo Chávez y de Raúl y Fidel Castro: el hermano del primero, Adán.

Todo lo cual explicaría que, de regreso de La Habana en la última semana de junio, Adán Chávez participara en un mitin en la capital del estado donde es gobernador, Barinas, y, aparte de insinuar que sería el sucesor de su hermano, Hugo, dijo también “que si la revolución consideraba que las elecciones no eran necesarias para mantenerse en el poder, pues no habrían elecciones”.

Declaración que fue como la puerta de ingreso a la etapa del “chavismo en los tiempos del autogolpe”, pues, desde entonces, la agenda del gobierno y su partido no solo han girado en torno a la enfermedad del jefe de Estado, sino también de la conversión de la FAN y el Ejército en una suerte de tótem, o símbolo idolátrico que funge de centro y núcleo de la vida política nacional, donde, no pasa un solo día en que sus oficiales de mayor rango, (que son precisamente los chavistas duros), sean señalados como padres-salvadores, héroes y superhéroes en cuyos hombros descansan, tanto la estabilidad de la república, del gobierno y la revolución, como la vida, la salud, bienestar y la felicidad de los venezolanos.

“El centro de gravedad de mi poder, es el Ejército” dijo hace dos semanas Hugo Chávez, y con esta declaración también se presentó en una cadena de radio y televisión contando los años que pasó en la Academia Militar, así como las continuas referencias a “mis fuerzas armadas”, y a una supuesta conspiración en que estaría embarcada la oposición para destruirlas y hacerlas desaparecer del mapa político nacional.

La revolución inconclusa

Acusación que es también el centro del culto militarista a que se han afiliado uno a uno los altos funcionarios del gobierno, que se apretujan y compiten para ver quien grita más duro este sentimiento que les ha brotado de pronto: las FAN y sus hombres son todo, sin ellos la república y la vida nacional se pulverizarían, y por ello en este momento no hay tarea más importante que defenderlos de los traidores agentes de la oligarquía, la burguesía y el imperialismo que harán lo imposible por desmoralizarlos y pasarlos a sus filas”.

En otras palabras: que la revolución chavista puede haber empezado su tránsito al “18 Brumario,” y sin haber conocido “El Terror”, ni la “Reacción Termidoriana”.[i]

Una revolución inconclusa en todo.



[i] La Reacción de Termidor fue una revuelta contra los excesos del Reinado del Terror. Fue provocada por la decisión del Comité de Salvación Pública de ejecutar a Robespierre, Saint-Just y otros líderes del Terror. Cinco años después, el 18 brumario (9 de noviembre de 1799), Napoleón se apoderó de Francia. En esa fecha, dio un golpe de Estado que acabó con el Directorio, última forma de gobierno de la Revolución francesa.

 
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