El caos y el estado del bienestar

Miguel Ángel Santos

MIGUEL ÁNGEL SANTOS

Quienes se sienten en desventaja (“indignados”), quienes piensan que les ha tocado menos de lo que debería, ahora pueden convertirse en amenaza pública con asombrosa facilidad

Muchas de las ollas de presión que están empezando a estallar en diferentes partes del mundo han sido alimentadas con el mismo fuego: la incapacidad de las sociedades para establecer un acuerdo que precise hasta qué punto el Estado debe (y puede) ocuparse del ciudadano, y a partir de cuál el ciudadano pasa a ocuparse de sí mismo. Este es un balance difícil que no tiene por qué alcanzar el mismo equilibrio en todas partes. Hay Estados más o menos ricos, sociedades con culturas más individualistas o igualitarias, y gobiernos con diferentes grados de ética y efectividad. Sea cual sea el caso, estas tres variables (fortaleza del Estado, individualismo-colectivismo, y ética-eficiencia en la gestión del Estado) parecieran ser el núcleo de todas las revueltas de estos días. Las tensiones que resultan de allí han sido amplificadas por la evolución de la tecnología y la naturaleza inmediata, descentralizada y caótica de las comunicaciones: quienes se sienten en desventaja (“indignados”), quienes piensan que les ha tocado menos de lo que debería, ahora pueden convertirse en amenaza pública con asombrosa facilidad.

Tómese por ejemplo los disturbios de Londres. Uno, acaso ya acostumbrado a ver a los voceros nuestros recular ante cualquier manifestación de descontento popular, no puede menos que sorprenderse ante la reacción de David Cameron: “Una falta total de responsabilidad, de adecuada crianza de los hijos, de educación; falta de ética, falta de moral. Eso es lo que tenemos que cambiar. Se trata de los padres, de la disciplina en las escuelas, de asegurarse que tenemos un sistema de bienestar que no recompensa la inactividad”. ¿Qué respondieron los manifestantes? Dice uno de los que se acercan pescueceando a los micrófonos: “¿quién es él para hablar de moral? Si el ejemplo que nosotros tenemos es de políticos que cobran sobornos, que se enriquecen, que cobran cuantiosas comisiones”. Es decir, sí, estamos faltos de moral, pero tenemos a quién salir. En España, los indignados protestan por muchas razones legítimas (las fabulosas jubilaciones de las políticos, entre otras), pero incorporan entre sus peticiones el querer jubilarse “con una pensión similar a la de nuestros abuelos” (¿será que están dispuestos a trabajar como sus abuelos?), o la extensión de los beneficios del paro, el incremento del salario mínimo necesario para acogerse a la inamovilidad laboral, etc. Quítate tu, para ponerme yo.

En todas partes, todo aquél al que le ponen un micrófono enfrente deja traslucir esta tensión. En Venezuela mucha retórica ciudadana se reduce al “no me han resuelto este problema”, “hacemos un llamado al gobierno nacional”. En muchos de esos casos el llamado es legítimo. En otros, no tanto. Esa es la discusión que tenemos que dar.

Versión editada

www.miguelangelsantos.blogspot.com

 

 
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