Indignados estamos todos

Alex Capriles M.


ÁXEL CAPRILES M.
acaprile@ucab.edu.ve 

 

El problema de la indignación es que la emoción sin propuestas y soluciones no lleva a nada.

 

Esas multitudes abigarradas y heterogéneas que levantan sus puños en Madrid, en Roma, en Tel Aviv, tienen los mismos sentimientos y aspiraciones que usted y yo. “Queremos justicia, no caridad”. “Queremos una democracia más participativa y una auténtica división de poderes”, son algunas de las consignas que se escuchan en las asambleas y comités que proliferan en las calles. “¿Cómo pudimos permitir que los gobiernos elegidos por nosotros dilapidaran los recursos, destruyeran el sistema de salud y vivieran como reyes?”. Los temas varían de grupo en grupo pero el hilo conductor que parece unir el movimiento de indignados 15-M con los levantamientos en los países árabes y el pavor de los mercados mundiales es el sentimiento de haber sido defraudados por la clase política. Como señala un reciente editorial de la revista Economist, “ahora los políticos se han convertido en el problema”. Y en efecto, el mundo entero carece de un liderazgo suficientemente fuerte y claro para tomar las difíciles decisiones que pueden sacar a los países del borde del abismo.

El problema de la indignación es que la emoción sin propuestas y soluciones no lleva a nada. Y peor aún, la indignación puede ofuscarnos en la confusión. Por eso vemos gente que solicita el germen de la misma enfermedad que pretende combatir, multitudes que piden menos inflación pero más gasto social, más respeto individual y más intervencionismo y más protección del Estado.

Los políticos se aprovechan de la confusión y atacan a los mercados. Pero los mercados son termómetros, no son actores. La raíz del problema que hoy avasalla al mundo es la hipertrofia de los Estados, el déficit estructural, los niveles de deuda y de gasto público que se han hecho insoportables para las economías y que han debilitado la autonomía y capacidad productiva de los seres humanos. En medio de la turbulencia y poderosa discusión intelectual que hoy sacude al mundo, asombra la pasividad de la sociedad venezolana dedicada a discutir los dimes y diretes provincianos de un caudillo.

 
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