LAS MÁSCARAS DEL FASCISMO

Elizabeth Burgos

ELIZABETH BURGOS
eburgos@orange.fr   

 

Un libro del ensayista, escritor y periodista boliviano Juan Claudio Lechín arroja nuevas luces sobre los regímenes hermanos de Cuba, Venezuela y Bolivia, quitándole la máscara del socialismo y equiparándolos con cualquier tipo de absolutismo, fuese el antiguo de los reyes o el moderno de los dictadores.

En un interesante estudio publicado recientemente en Lima y en Caracas, Las máscaras del fascismo, Castro, Chávez, Morales, el ensayista y escritor boliviano Juan Claudio Lechín, se da a la tarea de demostrar el carácter fascista de los liderazgos y de los regímenes que han implementado los tres caudillos que gobiernan Cuba, Venezuela y Bolivia.  Entre las diversas hipótesis que baraja el autor, la más original es la de adjudicarle el origen del fascismo a los rasgos feudales, monárquicos y absolutistas que aún subyacen en la corriente principal de la cultura latinoamericana.  Según el autor, el lazo que une el fascismo europeo de Mussolini, Hitler y Franco son el socialismo del siglo XXI de Castro, Chávez y Morales es “su tajante antiliberalismo”.  El propósito de los caudillos fascistas al implementar un modelo coercitivo, es desmontar el sistema liberal.

El autor no ve diferencias entre los totalitarismos surgidos a la sombra del marxismo o los surgidos a la sombra del nacional-socialismo, porque ambos “emprenden el combate de las monarquías absolutistas para destruir lo que Bolívar llamó en el Congreso de Angostura, los “actos eminentemente liberales”.

A partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, especialistas de diversas disciplinas, historiadores, cientistas políticos etc., han debatido acerca de las diferencias y semejanzas entre el fascismo y el comunismo.  La matriz que se ha impuesto debido a la participación y el papel determinante en la derrota de Hitler del Ejército Rojo, ha inclinado la balanza hacia la diferenciación de ambos totalitarismos, sin embargo, para Lechín, pese “al bordado ideológico del discurso que se emplee para demostrar ‘irreconciliables diferencias’, en lo esencial hay muy pocas”.

Las visiones de la economía y de la propiedad sobre las cuales, según muchos autores, se centran en particular las diferencias entre el fascismo y el comunismo, para Lechín, ambos regímenes las abordan de manera elástica y están supeditadas al pragmatismo de la concentración del poder. “Lo esencial del fascismo es concentrar el poder en manos del caudillo rey”.  La instrumentalización de la toma del poder y la concentración del poder, variarán según el contexto de cada país, su grado de atraso político, la tensión existente en cada sociedad entre modernidad y tradición.  Un hecho determinante para el autor: los traumas, los temas pendientes y las psicologías de cada pueblo.

Similitudes

Adelantándose a los reproches, el autor apunta que como “ambos son esencialmente lo mismo – refiriéndose al comunismo y al fascismo – los nombrará “fascismo”, aunque hubiera podido emplear el término de “socialismo” o “comunismo”, pero ello ayudaría al desprestigio  de la maravillosa utopía católica medieval del País del Bien o Tierra sin Mal, y de sus émulos posteriores, los socialistas utópicos europeos” que se debe recordar desarrollaron sus ideas antes de la aparición del marxismo. Utopía que “debería continuar siendo una guía” para “moderar la desigualdad y la injusticia humana”.

Juan Claudio Lechín

Podía pensarse, dado el tema y el título de la obra, que se trata de un libro más, de marcado tinte ideológico que se sitúa de manera tajante en la oposición a los regímenes impuestos por los tres caudillos mencionados. Es innegable que el autor adopta una postura identificada con el sistema liberal y por ende, con la democracia.  Sin embargo, se trata de una investigación minuciosa, valiéndose de una copiosa documentación; el autor elabora cuadros comparativos de los diferentes programas políticos, movimientos políticos, primero de los modelos originales – Mussolini, Hitler – y demuestra que en los modelos absolutistas de Castro, Chávez y Morales de refundar la República mediante una nueva Constitución Política, un nuevo ejército construido a partir de milicias populares para salvaguardar los cambios, apoyarse en grupos de base y movimientos sociales, con el fin de golpear a los opositores, amordazar a la prensa, enfrentar a la Iglesia hasta arrebatarle toda influencia, son las bases sobre las cuales se sustenta el programa de San Sepolcro de Mussolini (1919) que entre otras cosas, proponía “refundar el país mediante la convocatoria a una Asamblea Constituyente que hiciera una nueva constitución política”, y en el programa de 25 puntos presentado por Hitler en la primera Asamblea del Partido Nacional socialista en 1920.

La lucha  verdadera

Mediante el estudio detallado, puestos en evidencia a lo largo de la obra, Lechín demuestra lo erróneo de la idea de considerar a los fascismos como las ultraderechas del capitalismo.  En los 25 puntos del programa de Hitler se contempla nacionalizar las empresas pertenecientes a los trusts, exige que la utilidad del comercio al por mayor sean compartida por la nación, combatir el espíritu judeo materialista, imponer el interés común antes que el propio.  Hitler utiliza la categoría legal de “utilidad pública” para justificar la promulgación de una Ley que permita la expropiación sin indemnizaciones de la tierra con fines de utilidad pública.  Igualmente propone una reforma de la educación, semejante a la cubana y a la de Chávez.

La reforma de la propiedad urbana, también está programada en los 25 puntos de Hitler.  Las mismas críticas contra los partidos políticos, al mismo tiempo que utilizó el Parlamento para tomar las riendas del poder en Alemania.  Lenin fue inspirador en la materia dado que aseguró que se debía utilizar el Parlamento burgués para destruir el capitalismo. El Programa de San Sepolcro, propone una fuerte imposición sobre el capital que tenga la forma de una verdadera expropiación de la riqueza.

Demostrar que existe una sintonía entre fascistas y comunistas en lo programático y no es porque existieron y existan enfrentamientos entre ambos bandos, que se les debe considerar diferente.  En 1525 Carlos V apresó a Francisco I, rey de Francia, no por razones ideológicas sino por razones de hegemonía del poder.

Y blandir la popularidad que gozan en el seno del pueblo Fidel Castro, Evo Morales y Hugo Chávez como argumento en contra del carácter fascista, – nada más referirse a los triunfos electorales y a la adoración que los italianos y los alemanes prodigaron a Mussolini y a Hitler, para demostrar lo contrario.

El autor concluye que lo que se debate en el proceso fascista no es una lucha entre la izquierda y la derecha, sino algo más crucial: “El fascismo, en cualquiera de sus matices, restablece una lucha histórica entre los dos grandes sistemas de los últimos siglos: el absolutismo monárquico y el liberalismo democrático”.

La postura de la lucha contra el comunismo sobre la cual se ha alimentado ideológicamente la oposición cubana, como también hoy ciertos sectores de la oposición venezolana, dejaría implícita la idea de la aceptación de un totalitarismo a condición que sea de corte anticomunista.

La obra de Lechín, cualesquiera sean las reservas que algunos puedan tener respecto a equiparar al fascismo y al comunismo, aclara ese punto crucial: el totalitarismo, cualquiera sea su procedencia ideológica, es contrario al liberalismo democrático.

 

 
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