SALA DE ESPERA

Alberto Barrera Tyszka


ALBERTO BARRERA TYSZKA
abarrera60@gmail.com  

Nunca antes, creo, el culto a la personalidad había sido un programa oficial con dimensiones estrambóticas, un exceso religioso, un derroche planetario

La llamada “revolución bolivariana” rescató, desde el fondo de la historia, el caudillismo. Refundó el personalismo como sistema político y como valor de la identidad nacional. Recuperó la experiencia militar como eje fundamental de la sociedad.

Ese era su proyecto. En eso andaba. Hasta que, de pronto, apareció un quirófano.

El tema de la enfermedad del Presidente, más allá de sus posibles desenlaces en cualquier ámbito, abre la oportunidad para mirarnos como país, como parte de un largo proceso en el cual ­como ha señalado Ramón J. Velásquez­ “el venezolano asume siempre el gesto arbitrario, la conducta impositiva, el exagerado cultivo del personalismo que marcó toda la historia de la vida republicana”. Se trata de un tema tan nuestro como el café o los Diablos de Yare. Luis Britto García, en sus investigaciones sobre el caudillismo populista venezolano, escogió la metáfora de la máscara para proponer una radiografía de esa fatal dinámica entre una sociedad y su caudillo: “Mientras busquemos el poder a través de la máscara, la máscara nos tendrá en su poder”.

Si algo puede definir, sin ninguna duda, a la “quinta república” es el personalismo. Durante estos doce años, hemos estado sometidos ­desde diferentes bandos­ a una constante sobredosis de Chávez.

Nunca antes, creo, el culto a la personalidad había sido un programa oficial con dimensiones estrambóticas, un exceso religioso, un derroche planetario. La enfermedad de Chávez ha desnudado la enfermedad del país. Somos víctimas y cómplices de un caudillismo terminal.

Se trata de una circunstancia personal que, a la vez, puede ofrecernos una mirada sobre nosotros mismos, la posibilidad de pensarnos desde otro lugar. Estamos frente a un espejo. Por un instante, de pronto, estamos solos frente a un espejo. Podemos pasar de largo, seguir cantando himnos, continuar gritando consignas a favor o en contra. Podemos también detenernos a mirarnos y hacernos preguntas.

Una de las consecuencias más claras de la enfermedad del Presidente es que ha dejado a su propio gobierno sin mensaje. De pronto, ante el país, el oficialismo sin Chávez parece ser un vacío. Si no grita: “Pa’lante, comandante” no suena, no tiene mucho más qué decir.

Basta ver lo que ha pasado con el discurso oficial, voceado y pregonado por el gran monopolio mediático del PSUV en todo el país. De repente, la oposición pasó a convertirse en el mensaje principal del oficialismo. En todas las declaraciones, desde todos los espacios, a cualquier hora y en cualquier momento. Lo que antes tanto criticaban se ha convertido ahora en su propia realidad. Ya no tienen tema. Ahora parece que la MUD es la única agenda del país que tiene el Gobierno.

Hagamos rápidamente, a mano alzada, una lista de los problemas que, día a día, enfrentamos los venezolanos: inflación brutal, inseguridad, fallas eléctricas en gran parte del país, crisis hospitalaria, crisis en las cárceles, crisis de transporte público, crisis de viviendas… Frente a esto, ¿qué es lo más contundente que han venido diciendo los oficialistas en los últimos meses? Que la oposición miente. Que la oposición sabotea. Que las fallas del Gobierno también son culpa de la oposición.

Es insólito, absurdo. Mientras enfrentamos una de las inflaciones más altas del mundo, la mayoría de los altos funcionarios oficiales declaran que la Mesa de la Unidad Democrática es “un nido de alacranes”. Mientras nos encontramos ante una realidad penitenciaria trágica, el Gobierno insiste en repetir juegos de palabras y decir que la Mesa de la Unidad Democrática se llama en realidad la “Mesa de los United State”. Mientras no resuelven los problemas de los damnificados y la crisis de vivienda sólo cuenta con eslóganes publicitarios, el chavismo insiste en querer hablar de la tarjeta de la unidad de la oposición.

Para el oficialismo, la ausencia del Presidente es, de alguna manera, la ausencia del país. Quizás por eso necesitan convertir la enfermedad en un espectáculo, necesitan que la historia de un cáncer particular se convierta también en una historia de la patria.

Pero, hasta ahora, no parecen ser demasiado exitosos los intentos por ponernos a danzar, de forma permanente, alrededor del tema clínico.

Ni la intencionalidad del poder ni la voracidad mediática han logrado imponer totalmente sus intereses. Chávez ya ha demostrado que puede manipular su enfermedad, que está dispuesto a convertir el cáncer en un género televisivo. La oposición, en general, no ha caído en ese juego y ha mantenido un discreto silencio. De pronto, quizás todos podamos empezar a descubrir que el país no es una sala de espera.

@ELNACIONAL

 

Artículos relacionados

Top