¡No se crean, camaradas, que ser jefe es un placer!

Victor Maldonado


VÍCTOR MALDONADO C.
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El cerdo Napoleón

Cuentan algunos compañeros de bancada que Aristóbulo ha desarrollado una obsesión, casi maníaca, con el tema de la igualdad. Frente a cualquier exigencia de respetar las libertades él contrapone una y otra vez lo que es a su juicio el objetivo central de su revolución: igualar a los venezolanos. En ese empeño ha ahogado lo que alguna vez fue un talante simpático y accesible, para hacer surgir un carácter agrio y soberbio, incapaz de dar descanso a la adulancia y poco sensible a los reclamos de la realidad.

La igualdad fue una invención de la ilustración francesa. Jean Jacob Rousseau, el filósofo ginebrino fue uno de sus más conspicuos promotores frente a los excesos de una monarquía absolutista que nunca pensó en realizarse en la prosperidad del pueblo. Fue entonces una exigencia de la época el dejar la arbitrariedad regia para pasar a ser súbditos de la ley, y soberanos en tanto y en cuanto todos debemos ser partícipes activos de la voluntad general. Esa debía ser la esencia de la República. Que todos tuvieran la capacidad –virtud- y la disposición para formar las leyes que luego nos iban a regir a todos por igual, sin privilegios ni fueros que marcaran las diferencias aberrantes entre los nobles y el tercer estado. Pero, ¿de que igualdad nos habla Aristóbulo?

Aristóbulo no propone un régimen donde los virtuosos -hombres nuevos que desecharon los vicios y las pasiones- son por lo tanto capaces de legislar esclarecidamente para el bienestar de una colectividad de seres libres. No creo que él tenga la más mínima disposición para ello. Él más bien lo piensa como la convalidación contemporánea de la rectoría de Robespierre, apodado por sus coetáneos como “el incorruptible” porque transcurrió su mandato de horror como si la preocupación fundamental de su revolución fuera la necesidad febril de imponerle a los demás la igualdad como el rasero oficial para barrer cualquier diferencia de pensar, actuar o sentir, utilizando para ello el viejo recurso de la fuerza. Y allí está el detalle.

El gobierno se siente la encarnación de una verdad revelada sobre la felicidad humana. Y todo parece indicar que su arcano principal es que la igualdad que ellos pretenden para el resto no aplica para ellos. Esa postura que los coloca a ellos más allá del bien y del mal, es una de las características más típicas de todos los regímenes socialistas. Se llama PRIVILEGIO y se auto-administra a la nomenclatura de funcionarios del partido que desde el gobierno aplica al resto un régimen de racionamiento que incluye todo, desde las proteínas hasta la violencia. Cuando Aristóbulo habla de igualdad se refiere a que él está en la posibilidad de imponernos sus propios puntos de vista sin que por esa razón él mismo se vea afectado. Por eso muestra esa ferocidad al legislar sobre una realidad que ellos no usan ni con la que se sienten especialmente comprometidos.

George Orwell inventó el inciso Napoleón –en su novela Rebelión en la granja- que resuelve cualquier duda sobre las intenciones de Aristóbulo. Cuando los animales de la granja revuelta organizan su legislación, la igualdad, por supuesto, era la propuesta: “Todos los animales son iguales. Todos los animales tienen que ser diferentes al odiado hombre”. Aplausos. Hasta que un buen día, al séptimo mandamiento, escrito sobre la pared alquitranada con letras grandes, le hicieron una pequeña corrección: La versión original decía “Todos los animales son iguales”. La adenda quiso aclarar: “pero algunos animales son más iguales que otros”. Eso sí, bayonetas por medio para asegurar pacíficamente las sutiles diferencias entre los iguales y los más iguales. La verdad es que ese Napoleón era todo un cerdo, pero no el único, ni el primero.

La igualdad revolucionaria es un eufemismo de la tiranía. No existe tal cosa en la realidad. Es tanto una utopía como una excusa para realizaciones monstruosas, como bien lo han demostrado todos los Robespierre de la fallida anecdótica socialista. Todos comenzaron invocando el bienestar general para terminar organizando un régimen de terror que acabó consumiéndolos. Todos terminan de alguna manera en la guillotina, a la que en ese momento se invoca como un mal necesario para cortarle la cabeza a tanta estupidez, pero también para cercenar esa mirada que no deja de ser un revoltijo de odios y resentimientos mal encarados hasta el punto de pagar el alto precio de venderle el alma al diablo de las autocracias.

Quién sabe si Aristóbulo pueda dormir tranquilo entre tantos afanes para imponernos una igualdad que él mismo no piensa disfrutar. Tal vez logre conciliar el sueño contando cerditos. Un napoleón, dos napoleón, tres napoleón…

 
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