Civismo Vs. Militarismo

Nelson Acosta

La política es así
Nelson Acosta Espinoza
acostnelson@gmail.com    

“Para nosotros usted será nuestro comandante por ahora, para siempre y por siempre y no aceptaremos ningún otro comandante”. Afirmación pronunciada por el nuevo comandante de la Brigada de la Guardia de Honor Presidencial, G/B Wilfredo Figueroa Chacín. Aseveración contundente.  A contrapelo con la organización civil del poder que ha prevalecido en el país.  Determinación continuista que debería preocupar y valer como llamado de atención a la institución armada y a la dirigencia (oficial y oposicionista) del país.

La historia revela que esta  vocación militar hacia el poder no es inédita. Ha estado presente a lo largo de nuestra vida republicana. Durante 132 años, con diversas modalidades, los militares controlaron el poder en Venezuela. A estos 132 años se le oponen 56 años de gobiernos civiles. Distribuidos de la forma siguiente: 23 años, con alternabilidad, de gobiernos de Acción Democrática; 10 años de la democracia cristiana y 13 años consecutivos del actual gobierno. En el lapso democrático se sucedieron siete presidentes; en el actual, una sola figura ha ejercido el poder. En otras palabras,  pareciera que esta declaración del general Wilfredo Figueroa Chacín se ancla en este “genotipo” histórico. Anclaje que proporcionaría los argumentos para  intentar dar continuidad a esta exclusividad personalista y militar en el ejercicio del gobierno.

En fin ¿qué expresa esta declaración? En el horizonte estratégico, por ejemplo, enuncia una posible alineación de fuerzas con el objeto de proporcionar  continuidad al actual ejercicio del poder. Desde luego, para alcanzarlo sería necesario profundizar tres tendencias presentes a lo largo de estos trece años: la centralista, militarista y la excluyente de la civilidad democrática. En otras palabras, el antagonismo estratégico de la política venezolana podría vislumbrarse con aquel que opone, por un lado, civilidad y, por el otro, militarismo. Polos contradictorios y excluyentes. En correspondencia con esta polaridad se haría necesario neutralizar la Mesa de la Unidad. Las últimas arremetidas contras este pacto electoral constituyen variaciones tácticas al servicio de esta visión estratégica.

Estos escenarios pueden ser evitados. La historia proporciona enseñanzas útiles al campo civil. Por ejemplo, hay que sortear el síndrome “Jóvito Villalba”: ganador de las elecciones en el año 1952, desconocidas por el régimen de la época y expulsado del país. Acontecimientos que tomaron por sorpresa a sectores democráticos. Parece apropiado y sensato, en consecuencia, comenzar a fomentar la idea de un compromiso histórico que mute la valoración táctica de nuestra democracia por una de carácter estratégico. Apostar por un compromiso global que genere  consensos amplios en torno a la preservación y profundización de nuestra institucionalidad democrática. Que arrope  a todos los sectores cívicos de nuestra sociedad. Esta búsqueda pudiera iniciarse a partir de suscribir principios básicos de gobernabilidad. Por ejemplo: alternancia en el poder (no a la reelección); respeto a los derechos de la mayoría y minoría y a las libertades democráticas fundamentales, valoración de la dimensión cívica del poder y voluntad expresa para restaurar y profundizar el carácter federal del estado venezolano. Un compromiso de esta naturaleza permitiría neutralizar la contradicción (civil-militar) y avanzar hacia una unidad superior inclusiva de todos los sectores que hacen vida colectiva en la sociedad venezolana.

 
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