Ibsen, los Suicidas y Meneses

Luis A. Pacheco


Luis A. Pacheco 
pachecola@gmail.com   

“La obra fue un gran éxito, pero el público fue un desastre”. Oscar Wilde

ESCENA 1. En algún lugar de Bogotá, una noche cualquiera, lloviendo claro está, un “laptop”, un sello negro en las rocas – Carlos Vives suena en el Ipod.

Cuando uno vive fuera de su patria, bien sea por escogencia o por obligación, una de las cosas mas difíciles de mantener es un contacto realista con la vida que transcurre en la tierra que dejamos atrás. Aun en está era de Twitter, BBM, SMS y YouTube, no hay sustituto adecuado para el contexto que te dan los colores, los sonidos y sobretodo, los olores de estar en el sitio, ser actor en el escenario de los acontecimientos.

Todo esto me viene a la mente en razón de la algarabía que se ha armado alrededor de la  puesta en escena de la obra teatral “Petroleros Suicidas, de Ibsen Martínez, y la imposibilidad, al menos en el corto plazo, de satisfacer mi curiosidad y contrastar el ruido que se ha generado en las redes sociales en  la Web con la realidad. El solo titulo, de cuestionable gusto, pero de indudable recordación, ha generado más controversia que cualquier otro trabajo de Ibsen, excepción sea hecha del personaje del Hombre de la Etiqueta, de la telenovela “Por Estas  Calles”, evocando sin duda la misma escabrosidad.

No es mi intención ni terciar, ni tomar partido en lo que se ha transformado en un intercambio público de epítetos entre Ibsen Martínez y sus detractores (en su mayoría trabajadores de la antigua PDVSA – mis colegas y amigos), cada quien arrojando al contrario dardos ponzoñosos, que aunque no matan, contribuyen sin duda a refrendar viejos prejuicios y crear nuevos resentimientos, que es lo que menos necesitamos para construir un nuevo y mejor país.

 El sujeto del desacuerdo, además del título de la obra, es la crítica que Ibsen Martínez ha hecho en varios medios al mal llamado “Paro Petrolero”, y la presunción de que la obra en cuestión es una descarga a los petroleros que tomaron parte en esos hechos del 2002 y 2003, presunción esta que Ibsen Martínez ambiguamente (¿hábilmente?) no trata de desmentir, un críptico: “vean la obra”, es su respuesta más común y también la menos beligerante.

 ESCENA 2. En un bar en Altamira, Caracas,  un “memory stick” con el  borrador del libreto es olvidado sobre la barra, una figura en penumbras lo toma y lo “wikilikea”– música de salsa se oye en el fondo.

Imagine el lector mi decepción cuando empiezo a leer el guión y me doy cuenta que la obra no es para nada acerca del “Paro Cívico” del 2002-2003, eso tendrá que esperar a otra obra, o a otro autor. Me siento engañado, desilusionado, estaba listo para dar la pelea.  La obra, que se desarrolla en varios tiempos, usa la circunstancia del paro para establecer un telón de fondo para los personajes, y en las primeras de cambio permite que el autor anuncie, en boca de uno de los personajes, su posición crítica acerca del “Paro” y su opinión sobre los petroleros en general.

 Pero ese momento pasa rápidamente y de forma casi  indolora, y nos empezamos a adentrar, junto con la pareja protagonista, y los otros dos  personajes, en los callejones oscuros de Venezuela y su relación sicológica con el petróleo. Hay otros personajes, pero son invisibles y mudos, solo se alude a ellos como quien habla de un familiar ausente.

 Martínez descarga sobre la audiencia todo el arsenal dramático y melodramático adquirido en su larga trayectoria como escritor: amores fallidos, ­­homicidios, adulterios, corrupción, cobardía, todo esto en el marco de la empresa estatal, pero sin aludir a esta última con mayor interés.

 Petroleros Suicidas es acerca de muchas cosas, pero para mí, al menos, es acerca de Natalia. Natalia representa a Venezuela: femenina, valiente, en una eterna búsqueda por un amor que nunca consigue del todo. Natalia es  la voz que Martínez usa, quizás de manera inconsciente, para representar a la Gente del Petróleo: idealista, desencantada del resultado de sus acciones, pero todavía convencida de que en cada momento ha hecho lo que debía hacer. Natalia nos hace recordar que también el petróleo nos ha hecho aspirar y conquistar, sin importar lo que sesudos analistas, o autores, piensen ayer o ahora. Y esto a pesar de la indudable oscuridad de los otros personajes que Martínez pone en escena, a quienes reconozco, pero escojo ignorar.

 ESCENA 3. Estudio de Televisión. Una utilería que luce sacada de mueblería en la Yaguara. La conductora de luminosos ojos presenta al autor de moda con un largo y enrevesado monólogo. El escritor luce incómodo en el sofá y esfuerza una sonrisa

 Martínez, ya más relajado, le cuenta a Maria Elena Lavaud anécdotas de sus inicios como libretista con José Ignacio Cabrujas. Su favorita es una en la cual Cabrujas engatusa a los ejecutivos del canal donde trabajan, y los convence de hacer un guión sobre la novela “Campeones” de Guillermo Meneses, novela que ni Martínez ni Cabrujas han leído.

 Cabrujas termina por desechar la novela y solo preserva el título y los personajes principales, escribiendo junto con Martínez toda una nueva narrativa, sin que los poco leídos ejecutivos del canal caigan en cuenta del engaño. Martínez termina la historia con voz de admiración calificando a Cabrujas como el propio malandro.

 Años después, Martínez se ha vuelto el propio malandro. El titulo de “Petroleros Suicidas”, la alusión al paro  y los personajes de PDVSA, son como la novela de Meneses, solo una mampara provocadora. La historia que cuenta Martínez es sobre nosotros los venezolanos y el efecto que el petróleo ha llegado a tener en nuestra psiquis y valores sociales. Martínez parece suscribir la “leyenda negra” de Juan Pablo Pérez Alfonzo y su visión del petróleo como excremento del diablo: “¿qué tiene el petróleo que envenena?” No es mi pensamiento, pero otra ha sido mi vivencia

 Pero al final está Natalia, en quién aún Ibsen Martínez encuentra razones para seguir adelante. ¿Será sólo casualidad que la “Natalia de 8 a 9”, de su admirado Cabrujas, también represente el renacer después de la destrucción?

Se apaga la luz tenuemente. No hay canción de Yordano, pero debiese haberla…

P.D. Los que quieran seguir escribiéndole a Ibsen Martínez para despotricar de su obra, por favor no me copien, estoy seguro que él puede defenderse solo.

 
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