LECCIONES LIBIAS

Américo Martin

Desde la cima del Ávila
Américo Martín
amermart@yahoo.com
@AmericoMartin

“Viajaba con 200 vírgenes, a las que llamaban ‘amazonas’, expertas en artes marciales” ABC.es

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            El coronel Gadafi terminó convertido en un laboratorio viviente. Salvo los hostigados libios que pusieron toda la carne en el asador, nadie creía ni esperaba que aquella dictadura totalitaria, mineralizada y superarmada pudiera ser derrocada después de más de 40 años de dominio absoluto, y mucho menos mediante una desesperada rebelión civil.

Creíase un iluminado, un Profeta. Postuló la Tercera Teoría Universal y editó su Libro Verde en muda competencia con el Libro Rojo que le acuñaron a Mao, cuando padecía de un parkinson avanzado. “La empanada mental del coronel Gadafi –se lee en ABC.es- se cocinaba con unas gotas de maoísmo, una pizca de cultura islámica y una buena porción del panarabismo de Nasser. Al poco de llegar al poder, dio un giro hacia la megalomanía”

Siendo joven, Muamar derrocó al rey Idris y desde ese momento en más, fue socialista, anticomunista, nasserista, fundamentalista y acusadamente terrorista.

Era un acróbata de la política. Sus grandes e inesperados virajes –decididos por él mismo y por nadie más- daban como para desconfiar de su buena fe. Sería, guardando las distancias, algo así como nuestro Arias Cárdenas, gallina en mano, saltando de uno a otro precipicio. Y, sin embargo, por obra de aquel imperecedero invento de Maquiavelo que terminó llamándose realpolitik, los grandes y pequeños países no se cansaron de acogerlo, justificarlo, perdonarle excesos y extravagancias.  Al fin y al cabo era un célebre líder árabe de un país geopolíticamente bien colocado que por añadidura era miembro de la OPEP. Y bueno, París bien vale una misa.

Siendo joven, Muamar  derrocó al rey Idris y desde ese momento en más, fue socialista, anticomunista, nasserista, fundamentalista  y acusadamente terrorista. Finalmente jugó la carta occidental. Un gran salto estaba por producirse. Tras ordenar la voladura del avión Pan Am 103 con saldo de 270 muertos de 21 naciones, calmó los ánimos del indignado occidente indemnizando a los familiares de las víctimas y uniéndose a la lucha contra Al Qaeda. Con tan buenas prendas pavimentó su aproximación a las potencias capitalistas después de haber sido por tres décadas el campeón de la lucha  contra ellas. Pomposo hasta para tomarse un vaso de agua, renunció sonoramente en 2003 al uso de cualquier arma de destrucción masiva.

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Líderes anclados en un remoto pasado como Chávez y Fidel vierten como potros sin freno la idea de que la rebelión popular en Libia responde a una maniobra del imperio para apoderarse del petróleo libio. Lo que no cuadra en el esquema es que los 1,6 millones de barriles diarios aportados por Libia no provienen de empresas públicas, estatales, nacionales o como quiera llamárselas. No, no es así aunque los corifeos de ambos iluminados lo repitan en todos los escenarios. Resulta que occidente no iba a levantar una guerra civil para apoderarse del petróleo libio por la jocunda razón de que son sus compañías las que lo exploran, explotan, almacenan y distribuyen. Manejaban el petróleo de Gadafi con su pleno asentimiento. Total, Eni, Shell, Exxon, BP, Gazprom, Repsol y Wintershall. Estos colosos de la industria mueven la máquina petrolera en el país del Libro Verde. De modo que si en la era post Gadafi deciden regresar será tal vez con la esperanza de manejar lo que ya tenían por gracia del dictador.

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Algún antiguo amigo –sin dejar de serlo- me reprocha mi supuesto respaldo a los bombardeos de la ONU. Otros, estos sí gratuitos enemigos, saltan a condenarme porque declaré mi admiración por la heroica lucha de los pueblos libio y sirio. Se quejan de que haya hablado de la gran victoria del pueblo libio porque para ellos la urdimbre fue norteamericana. Pero yo no veo un solo gringo combatiendo en las ensangrentadas calles de Trípoli, le respondí.

Sin embargo utilizaré el incidente para resaltar otras realidades que los fanáticos no quieren ver porque le descuadran su lineal discurso. Ahora pocos lo citan, pero el expresidente Aznar se alzó contra las presiones ejercidas sobre Gadafi una vez que la miserable masacre que ejecutó lo llevó  a la Corte Penal Internacional, donde resultó sentenciado por delitos de Lesa Humanidad. Aznar, persuadido de que las potencias occidentales no debían sacrificar al probado amigo Gadafi, instó a que no se tomaran medidas terminales. El camino debía ser el de la persuasión

La tesis no fue aprobada porque las pasiones estaban desatadas. Para los simplistas, fue un artificio imperialista destinado a apropiarse de un petróleo que ya tenían. Olvidan además las vacilaciones de EEUU ante las exigencias de mano dura contra la carnicería desatada por el hombre del Verde Libro. Obama también consideraba a Gadafi un punto estable en las peligrosas turbulencias mezzorientales, un aliado invalorable contra Al Qaida y un proveedor seguro de petróleo. Por eso llegó de último a la doctrina impulsada por Francia y Alemania en el Consejo de Seguridad e incluso declinó dirigir las operaciones y pasó la responsabilidad a la OTAN.

Tampoco calza con la tesis chavofidelista el voto aprobatorio de China, India y Rusia, la Liga Árabe, la Unión Europea y la Organización para la Unidad Africana.

Las masivas deserciones del régimen libio, los avances de las unidades democráticas, la unificación del pueblo por sobre separaciones tribales y religiosas, nos hablan de un histórico logro democrático. Todos respaldan al gobierno de los rebeldes.

¿Todos? Por desgracia no. Fidel y Chávez prefieren al Terminator. El universo se equivoca; ellos, no

Hombre, con su pan que se lo coman.

 
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