IZQUIERDA Y MEDIOS

Américo Martin

Desde la cima del Avila
Américo Martín
Amermart@yahoo.com 

I

 

            En el mundo de hoy es algo difícil operar con las categorías izquierda y derecha. En honor a la verdad no siempre fue fácil hacerlo, pero en la actualidad han perdido buena parte de su contenido al punto de hacerse poco discernible lo que distingue a izquierdistas y derechistas pragmáticos. En algunas partes del planeta todavía se asocia el concepto de izquierda con temas como el matrimonio de homosexuales, la discriminación racial, religiosa, nacional, étnica y la desigualdad de género. Es muy cierto que son vergonzosas sobrevivencias de la persecución contra minorías y en el caso de la mujer contra la mitad de la población, pero no lo es menos que las aproximaciones en estos campos son cada vez mayores.

            Frente a su forma de gobernar ¿cómo podríamos ubicar al Partido Comunista de China? Es una dictadura que no acepta otros partidos y persigue a los disidentes, y  al mismo tiempo asumió con fuerza el mercado y practica un capitalismo de lo más salvaje: sin libertad sindical, derecho de huelga ni contratación colectiva. Si ser de izquierda significa adherirse a esta dictadura o al totalitarismo cubano, los genocidas Gadafi y Assad o regímenes autocráticos como el de Chávez, tendríamos  que aceptar que renegó para siempre del gran programa liberador de la Ilustración y de las revoluciones francesas de 1789, 1830 y 1848, que fueron determinantes para consolidar las instituciones sociales, fortalecer la causa de los derechos humanos y proporcionarle a los trabajadores el arma de la huelga, la jornada de 8 horas, la contratación colectiva y otras irrenunciables conquistas.

II

            En la revista de Sartre Tiempos Modernos, Simone de Beauvoir creyó descubrir una mejor manera de entender este problema, que a la larga resultó más ingeniosa que verdadera. Cada vez que oigo a alguien decir –deslizaba Beauvoir- que no entiende la diferencia entre izquierda y derecha, lo que se me ocurre pensar es que quien lo afirma es de derecha.

Esta definición, sin embargo, no soportó la prueba del tiempo. La izquierda -insistía la gran pensadora francesa- quiere cambiar el mundo, en tanto que la derecha se limita a administrarlo. Excelente fórmula, pero pronto se vio que los intentos de “cambiar al mundo” en el sentido sugerido por Beauvoir fracasaron trágicamente, en cambio el programa de las reformas, atribuido desdeñosamente a la derecha, fue asumido progresivamente por todas las corrientes de la vieja izquierda, salvo las que naufragaron sin remedio. Se decantaron en el reformismo, con muy escasas excepciones entre las cuales los regímenes venezolano y cubano, aun cuando el topo de la realidad les esté abriendo profundas cavernas.

No obstante, mientras en el mundo reinó la bipolarización (soviético-norteamericana), parecía sencillo descubrir en cuál acera ubicarse. De izquierda serían aquellos que con más y menos giraban alrededor del sistema soviético; y de derecha los que en diversos grados, miraban hacia el sistema encabezado por EEUU.

Súbitamente el Muro cayó, desaparecieron las ideologías duras y los puntos de referencia. Las publicaciones marxistas se fueron de los anaqueles. La izquierda tuvo que entender que ya no había modelos, todo debía ser inventado a partir de las propias realidades. Y como  esas realidades pedían respuestas racionales más que gargarismos ideológicos, los derechistas e izquierdistas del pasado se aproximaron más de lo que quisieran admitir.

 III

             Colocaré en escena estas reflexiones. Usaré dos ejemplos extremos: Panamá, presidida por un sólido empresario, y Uruguay, por un antiguo guerrillero. Ricardo Martinelli fue electo presidente de Panamá para el quinquenio 2009-2014. Encaja en el molde de la derecha, pero cual hombre práctico, prefirió trabajar con hechos y no con conceptos cuya importancia no se le alcanzan.

Si “Pepe” Mujica, el presidente uruguayo con pasado tupamaro, tiene que decir que es de izquierda lo dice, pero no compra el socialismo siglo XXI, ni la ALBA, ni persigue periodistas, y aplica una política económica “ortodoxa”; vale decir, neoliberal. Estos dos países favorecen el mercado y respetan a los disidentes. Ocupan la vanguardia de la Región en crecimiento con baja inflación y en ejercicio democrático. No citan hasta el agobio a Von Mises, uno y a Marx, el otro.

Semejante coincidencia no es excepcional. Sebastián Piñera cuenta con una fortuna de USD 2.400 millones. Clasificado como derechista, sigue en lo fundamental a los socialistas Lagos y Bachelet; éstos continuaron a sus antecesores demócrata-cristianos Aylwin y Frei; y Toledo, fuerza es decirlo, a Fujimori en tanto que el aprista Alan García a Toledo. Humala anunció que hará lo mismo con García.

Las diferencias se han desvanecido mucho desde la destrucción del Muro, arrastrando Mecas e ideologías duras. Algunas antes confiadas autocracias de izquierda tuvieron que encarar la disyuntiva de ser fieles a su ideología o serlo a sus naciones. Fue imperativo librarse de fantasmagorías  y tomar decisiones. Para aplicarlas, apelaron a la democracia, con la libertad de prensa en lugar estelar

Los medios no agotan el concepto de democracia, pero la garantizan. No es casual que sean respetados en la  mayor parte del continente, mientras que donde se  aclimatan nuevas dictaduras son perseguidos con ferocidad. Detrás de las agresiones contra los medios palpita una propensión totalitaria que quiere abrirse paso aplastando la enconada resistencia civil. Pero cada vez que uno de ellos sobrevive a los ataques del gobierno o es rescatado del infierno, como acaba de ocurrir con 6 Poder, se aprende una trascendental lección: la autocracia, señores, es derrotable.

Es más, será derrotada.

 
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