Los asesinos sin rostro

Heinz Sonntag


HEINZ R. SONNTAG
heinzsonntag@cantv.net 

En los poco menos de 13 años desde el inicio de la Revolución Bolivariana han muerto alrededor de 200.000 seres humanos por homicidio. En los dos primeros fines de semana de agosto de este año, sólo en la capital casi 300. No son cifras dadas a conocer por el Poder Ejecutivo, sino por organizaciones no gubernamentales y por periodistas. El Gobierno descalifica estos datos como “propaganda de la ultraderecha”, y no ha tenido en ningún momento la mínima decencia de expresar a los familiares de las víctimas su pésame y su solidaridad, para no hablar de poner en marcha políticas públicas para darle un parado a esta matanza masiva. Ello remite a la pregunta acerca de quiénes son, material e intelectualmente, los victimarios.

Los científicos sociales solemos responder a esta pregunta con la célebre fórmula que usó nuestro inolvidable colega y amigo Luis Castro Leiva en una discusión pública en el Cendes de la UCV acerca de lo que aconteció en y después del Caracazo de 1989: los saqueos y las matanzas fueron resultado de la anarquía y la anomia que se produjeron desde comienzos de los años ochenta como consecuencia de la regresión democrática experimentada por nuestra sociedad. En ese período, los pactos sellados y firmados al reinstalarse la democracia en 1958 perdieron vigencia y validez, lo cual se expresaba a nivel de los partidos. La anarquía hacía referencia a una creciente desinstitucionalización de los mecanismos democráticos del sistema político y la anomia a la disolución de las normas y los valores de la cohesión social. En la década de los noventa, estos procesos se agravaron, pese a los intentos de los presidentes Pérez y Caldera de pararlos. Sin embargo, no tuvieron el éxito que una buena parte de la sociedad venezolana hubiera deseado, de modo que la frustración aumentó y desembocó en la elección de Hugo Chávez como presidente en 1998.

Muchos de los que votaron a su favor lo hicieron con la esperanza de que iba a realizar los cambios que había prometido en su campaña. Pero ocurrió lo contrario: empezó con la destrucción de la institucionalidad democrática y se concentró en la realización de su propio proyecto, iniciado a finales de los setenta (¡Chávez dixit!), continuado con los dos intentos de golpe militar en 1992 y ahora en la presidencia. Esto degeneró un grado cada vez mayor de anarquía y de la subsiguiente anomia. Una mayoría nos negamos a ese neototalitarismo, lo que se expresó en el referendo de diciembre de 2007.

¿Son, entonces, la anarquía y la anomia las fuentes de la inspiración de los victimarios? Pienso que es así. Ejemplos sobran. La primera implicaba e implica la impunidad de los victimarios, en muchas ocasiones funcionarios del Poder Ejecutivo o miembros de las policías mal llamadas “nacionales”, o de organizaciones paramilitares montadas por Chávez y sus adláteres. La enorme corrupción en las altas esferas del Poder Ejecutivo manda una señal inequívoca a los que roban y cometen otras fechorías. El radicalismo de los mensajes conduce a la radicalización del submundo de las bandas de delincuentes.

La segunda engendra un vacío de juicio en la conducta de grupos de compatriotas que han aceptado el extremo individualismo que ha sido y es parte de las ideologías de todos los totalitarismos. Agréguese a estos hechos la violencia expresada en la enorme inflación, el desabastecimiento, el deterioro del sistema de salud, el desempleo, la falta de vivienda digna, de fuerza eléctrica, de seguridad social, etc., todo a consecuencia de erradas políticas públicas. Hace falta un profundo cambio de la sociedad en su conjunto para erradicar las raíces de la violencia.

 
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