Volver al futuro

Antonio López Ortega

ANTONIO LÓPEZ ORTEGA

Para cualquier venezolano nacido después de 1958, cuando los vientos de recuperación democrática se hicieron palpables, el futuro seguramente era un horizonte promisorio. Ciertas plagas de la primera mitad de centuria, a su vez herencia de un siglo XIX lleno de guerras y guerrillas, como militares redivivos, caudillos irredentos y dictadorzuelos, parecían esfumarse bajo un espíritu de convivencia, inéditos en la historia venezolana. No cabe duda de que esas primeras décadas fueron prodigiosas, de crecimiento y prosperidad sostenidos, con indicadores sociales y económicos que hoy causarían envidia.

Que hacia las últimas décadas de esa cuarentena de años (1958-1998), la corrupción política, la desatención de las políticas públicas y la miopía partidista desdibujaran el camino no fue nunca pretexto suficiente para entregar nuestra joven democracia a los militarotes y golpistas que hoy nos retrotraen al pasado. Y es que trocar un escenario que en 1958 se pudo imaginar de redes cibernéticas, autopistas virtuales, energías no contaminantes o altos estándares de educación a distancia por boinas rojas, discursos patrioteros o generales que no creen en la majestad del voto no deja de ser un ejercicio prospectivo que nadie creía posible.

En efecto, nos hemos vuelto pretéritos, anticuados, sensiblemente aburridos. La tribuna pública la ocupan iletrados, mandones con el ceño fruncido, gestores que no saben ni siquiera ordenar una despensa. El ejercicio público ha bajado a la ultratumba, y todo el mundo cree que puede hacer cosas como curar enfermedades o construir puentes. Una barbarie rabiosa, que viene a reclamar una herencia que alguien ha confiscado, se cree con derecho a todo: a departir sobre el bien y el mal, sobre obras sanitarias o planes de vivienda, sin haber pasado por algunas facultades o centros de investigación. La ingenuidad es más que bienvenida, pero la prepotencia de quienes ignoran más de lo que saben no deja de ser un desacomodo social. Asombra ver el cúmulo de señales públicas que nos devuelven ferozmente al pasado: referencias claramente escolares donde himnos, desfiles patrioteros, saludos a la bandera o alocuciones dominicales marcan la ruta de la nación (si es que la nación lleva alguna ruta).

Si alguna vez en nuestro pasado pudimos pensar en un futuro prometeico de realizaciones que intuíamos como superaciones individuales o sociales, no veo por qué hoy, en medio de un presente de decadencia y de desmanes, no podamos volver a un futuro en el que proyectemos a nuestros hijos como ciudadanos esclarecidos y verdaderamente soberanos. Ciudadanos modernos, conscientes, educados, enhebrados con la circunstancia pública sin por ello desdecir de los fueros privados que todos necesitamos para la creación, la reflexión o la intimidad. Taras hemos tenido suficientes, como sobrevivir a pésimos gobernantes, para que también el deseo se esfume a la vuelta de la esquina en manos de un maleante o de un secuestrador o de un funcionario público que, lejos de servirte, te humilla.

Volver al futuro es el derecho legítimo a pensarnos de otra manera, lejos de la abulia pretérita que sólo nos permite dar vueltas a la noria de una historia mil veces contada. Enterremos de una vez por todas a nuestros próceres y pensemos que más heroicidad merecen los niños que diariamente mueren por desnutrición, balas perdidas o abandono. Que el pasado quede preso en las academias militares, si es que una ráfaga de vientos democráticos no airea aulas. Nuestro asunto es el futuro, promisorio y sorpresivo, inédito y retador.

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