Chávez como Gaddafi

Roberto Guisti


ROBERTO GIUSTI
rgiusti@eluniversal.com

“No habrá desembarcos en Puerto Cabello, ni mucho menos bombardeos sobre Maracaibo”

Si algo ha demostrado el presidente Chávez a lo largo de su convalecencia es lealtad con sus amigos. Pese a que, previamente, movido únicamente por intereses individuales y pragmáticos, dejó en la estacada a sus aliados de las FARC para privilegiar sus relaciones con la que hasta hace poco denominaba “oligarquía colombiana” y “el imperio norteamericano” (todavía acude al latiguillo), su mecanismo de alta fidelidad con un tirano en desgracia, como Moamar Gaddafi, ha llegado hasta el mismísimo final del opresor régimen libio.

“Larga vida a ti, Moamar, larga vida a Libia, vivirás y vencerás”, exclamaba hace apenas dos semanas y ayer, cuando los rebeldes tomaban Trípoli a sangre y a fuego, acusó a “los gobiernos democráticos” de Europa y de Estados Unidos de estar cometiendo una masacre con el objetivo de tomar el país y su riqueza petrolera”.

En realidad hay que ser muy valiente o astuto para manejar, con sentido de la estrategia e instinto de conservación, la defensa de una de las más sangrientas, feroces y prolongadas dictaduras de los últimos tiempos en su hora final. Valiente porque serán muy pocos quienes respalden tamaña desmesura cuando aún no se ha determinado la magnitud, en daños a la humanidad, causados por quien, en los últimos años (eso también hay que decirlo) contó con la buena pro y la mirada benévola de los poderes occidentales. Sentido de la estrategia e instinto de conservación porque Chávez pretende equipararse con su hermano Gaddafi y advierte que también el “imperialismo yanqui quiere desestabilizar el país (Venezuela) para intervenirlo” al estilo de Libia y de Siria.

Olvida que ya hace tiempo el petróleo libio estaba siendo explotado, sobre todo por las grandes trasnacionales y que allí operó un proceso de privatización en beneficio de empresas francesas e italianas, emprendido por Gaddafi a partir del 2003. De manera que así como pretende sacarle provecho a su enfermedad, ahora hace bueno aquel refrán (“del ahogado el sombrero”) e intenta, en vano, colocarse a la altura de un Gaddafi que lo deja pequeño en todos los sentidos.

Ni tan feroz, ni tan dictador, ni tan temido como el ahora prófugo Moamar Gaddafi, quizás sólo se le parece en su apego al poder, en las concesiones a ciertas compañías trasnacionales y en la entrega del 40% de la Faja Petrolífera bajo la figura de las empresas mixtas. Así que no habrá desembarcos en Puerto Cabello, bombardeos sobre Maracaibo, ni mucho menos combates en la Costa Oriental del Lago o en los pajonales de Monagas, donde el crudo venezolano espera el sipotazo de la garra codiciosa del imperialismo.

Habrá, sí, elecciones. Y a los resultados de éstas es a lo que se le teme.

@ELUNIVERSAL

 
Top