CONFIANZA

Alberto Barrera Tyszka


ALBERTO BARRERA TYSZKA
abarrera60@gmail.com 

La confianza es un bien cada vez más escaso. Se trata de un problema nacional de primer orden. Como la crisis habitacional, la crisis eléctrica, la crisis de la salud. Tiene la misma urgencia Iba a salir caminando a la calle y la conserje del edificio me advirtió que tuviera cuidado.  “Están robando en la avenida”, me dijo. Todavía no eran las seis de la tarde. Pensé por unos minutos en la cantidad de cosas que podían caber en esas dos palabras.

Didalco Bolívar

Tener cuidado: caminar con sigilo y apremio. Tener cuidado: salir sin cartera, sin teléfono, sin reloj. Tener cuidado: ir con un cuchillo escondido debajo la manga de la camisa.

Tener cuidado: no salir. Opté por una combinación de las primeras dos opciones. Sólo llevé encima un billete de cinco bolívares y caminé apurado. Todas las personas que vi, incluyendo una abuelita de más de setenta años, me parecieron una probable amenaza. En ese momento, decidí escribir sobre la confianza.

Es un bien cada vez más escaso. Y pienso que se trata de un problema nacional de primer orden. Como la crisis habitacional. Como la crisis eléctrica. Como la crisis de la salud. Tiene la misma urgencia. Pero su dimensión es probablemente más honda y definitiva. Cualquier tipo de relación humana, a pequeña o a gran escala, precisa de un mínimo de fe y de seguridad en el otro para funcionar. Sin eso, no hay comunidad sino vacío, un vacío que sólo se puede llenar con violencia.

Tenemos las reservas de gas más grandes del mundo, pero probablemente también tenemos las reservas de confianza más exiguas del planeta. Suena poco estadístico.

Quizás hasta parece un intento de incorporar una categoría de la autoayuda al discurso de la sociología. Pero se trata de una ausencia tan palpable como dramática. La suspicacia es nuestro clima ¿Qué futuro tiene un país donde cada quien piensa que los otros sólo existen para hacer daño? Una amiga me dice que no piensa abrirles la puerta de su apartamento a los encuestadores del censo. Lo afirma tan tajantemente que me veo obligado a meterme en la página web del Instituto Nacional de Estadística a leer el cuestionario. Un partido de oposición cuestiona varias de las preguntas y advierte que nadie está obligado a responderlas. El Presidente, desde el hospital militar, en un contacto telefónico, se burla y tilda de “locos” a los dirigentes de oposición que critican el censo. En la radio, una señora grita, denunciando que detrás de todo están los cubanos, que son ellos quienes van a controlar esa información ¿Qué vas a hacer cuándo unos jóvenes encuestadores toquen a tu puerta? “Estaba en una cola en la avenida Libertador”, me cuenta un compañero de trabajo.

“Venía pensando pendejadas. De pronto sentí un golpe en el vidrio. Cuando miré era un motorizado. Creo que era un moto taxista porque la señora que iba atrás parecía ser pasajera. Estaba tan sorprendida y asustada como yo. Me mostró una pistola y yo le di mi celular. Es la tercera vez que me pasa”. Si ves a alguien en una moto, ¿cómo te sientes? ¿Qué piensas? Veo y escucho a Didalco Bolívar. Ahora narra su huida del país casi como si hubiera sido un secuestro, como si el diputado Ismael García lo hubiera obligado a fugarse.

Hace dos años decía que en Venezuela se “judicializa la política”. Ahora lamenta no haber “confiado” antes en la justicia venezolana. Cuando estaba en Lima hablaba como si fuera un perseguido político e insinuaba que Venezuela casi era una dictadura. Ahora acusa a sus ex aliados y aparece en todos los medios de sus ex ­ex aliados. El partido Podemos denuncia que es una maniobra del Gobierno.

El ciudadano tiene que estar siempre alerta. Sin marearse.

Soportando el bombardeo de lado y lado. Tratando de decidir a quién creerle, en quién puede confiar.

Hace días, una agencia de noticia reseñó que “opositores venezolanos” conminaban a Rusia a entablar un diálogo, dando por sentado que a partir de 2013 habría un nuevo gobierno en el país. Diego Arria, Milos Alcalay y Adolfo Taylhardat, según decía la nota, eran los responsables de la propuesta. Me pareció tan delirante que, de inmediato, se me activó la gimnasia de la desconfianza: ¿Dice la verdad el medio de comunicación? ¿Piensa esta gente que en realidad el futuro es un regreso al pasado? ¿Son capaces de autonombrarse, así sin más, como parte del próximo gobierno? El verbo desconfiar conjuga ahora nuestra identidad. En la novela Sin Destino, Imre Kertész utiliza la candidez de un adolescente para, en el infierno de la guerra y las prisiones, retratar ese mundo oscuro y rescatar la relación y el aprendizaje de los otros. Al parecer, nosotros todavía no terminamos de aceptar que aquí nadie elimina a nadie. O inventamos de nuevo la confianza o nos destruimos. Para bien o para mal, sólo podemos sobrevivir juntos.

 
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