La advertencia de Henrique

Simón Garcia


Simón García
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Salas Römer ha invitado, con su insistencia para descuadrar esquemas fijos, a reflexionar sobre una posible interrupción de la ruta electoral. A poner la mirada en algunos eventos extra electorales, episodios que transcurren fuera de las agendas de los partidos y que obedecen a lógicas supranacionales. Adicionalmente, revisar ese riesgo debería conducir a determinar acciones para prevenirlo y respuestas para enfrentarlo.

La elección del 2012 afectará a dos procesos “revolucionarios”, los de Venezuela y Cuba, lo cual le otorga una relevancia inédita. A ello se añade, en un plano diferente, que tendrá también consecuencias para el negocio de las drogas que ha montado en el país una infraestructura de mucho poder. Ambos datos indican que en el tablero hay otros jugadores cuya lógica global, por naturaleza hostil a la democracia, puede entrar en conflicto y sobreponerse a los pareceres de los actores nacionales.

No se trata de jugadas de segunda intención. No han aparecido acusaciones irresponsables ni establecido vinculaciones arbitrarias, más bien el planteamiento del fundador de Prove tiene el mérito de separar al proceso electoral como hecho nacional que debe comprometer al gobierno y a los partidos de nuestro país, del posible desarrollo de un conjunto de estrategias fuera de la ley y de actuaciones enfrentadas a las instituciones y normas constitucionales.

Lo delicado del tema exige prudencia, pero no excluirlo de un análisis integral sobre la compleja situación que vive el país, las opciones de cambio que están en formación y los probables desenlaces, sean ellos electorales o no. Es un asunto normal y su abordaje un deber para quienes deben defender el interés público.
Hasta ahora se ha impedido la bastardización de ese debate y se ha rechazado el recurso de acusar al otro de golpista y desestabilizador, como lo hace con tanta ligereza el gobierno para descalificar el crecimiento de las protestas, en las que cada vez es más numerosa la participación de los camisas rojas.

Pero, como para hacernos quedar como inocentes a quienes sostenemos estos razonamientos ponderados, el hermano mayor, regresando de Cuba tras visitar al Presidente paciente, voceó con ton y son que resultaría imperdonable “…limitarse tan solo a lo electoral y no ver los otros métodos de lucha, incluso la lucha armada para obtener el poder, que es el instrumento indispensable para aplicar y desarrollar el programa revolucionario”.

Para encaratar más el asunto, el Ministro de la Defensa y otros altos oficiales, se lanzan una seguidilla de declaraciones anunciando la disposición a desconocer la voluntad popular, si los números del 2012 resultaran adversos al actual Presidente.

Puede ser que como dice Don Quijote en el capítulo sobre la “graciosa aventura del titiritero” estos oficiales solo “izquerdean”, es decir, hablan tonterías. Pero son voces armadas que intimidan a los ciudadanos y legitiman en el seno de la fuerza armada, la operación que sustituye a la Constitución Nacional por un enjambre de leyes “socialistas”.

Ese ruido de sables a plena luz del día no puede ser recibido con el retórico lugar común, tan consistente que no ha sido afectado por sus numerosas refutaciones, de que una guerra avisada no mata soldados. Hay que sensibilizar la conciencia ciudadana respecto a estos temas y apropiarse del carácter extraordinario de esta batalla por la democracia, la justicia, la descentralización y el bienestar.

Una escogencia existencial entre dos formas de país y una lucha decisiva en la que el competidor no es un partido sino el Estado mismo. Un mal tránsito que si ocurre, volverá a reunir y unificar al pueblo que no quiere copiar dictaduras.

 
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