NI PARA CONTARNOS

Tulio Hernández


TULIO HERNÁNDEZ
hernandezmontenegro@cantv.net 

En otros tiempos, en los primeros años de la democracia, la realización del Censo Nacional era una especie de jornada festiva. Como se hacía en un solo día y se le pedía a los ciudadanos que se quedaran en casa, las familias se reunían y esperaban a los empadronadores con entusiasmo y una buena dosis de agradecimiento. En muchos hogares, conscientes de la importancia de su labor, se les recibía incluso con jugos de frutas, dulce casero o invitación a merendar.

Todo indica que la experiencia del Censo Nacional 2011 no será igual. En muchos condominios de las grandes ciudades, acogiéndose a la ley, ya se ha acordado por votación interna impedir la entrada de los empadronadores. Los expertos advierten que mucha gente ocultará información o dará datos falsos, especialmente en las preguntas referidas a vehículos, viviendas y habitaciones ocupadas, con lo que podría ocurrir una sensible distorsión en los resultados. El propio Elías Eljuri, presidente del Instituto Nacional de Estadística, admitió que han calculado que muchos mentirán por miedo, pero que esas desviaciones podrán corregirse posteriormente (El Nacional, 27/08/2011).

Los censos son decisivos para el buen funcionamiento de un país. Constituyen la más importante fuente de información demográfica y de vivienda, razón por la cual la confiabilidad de los datos es clave para la planificación y dotación de servicios públicos. Es, por lo tanto, muy grave lo que está ocurriendo entre nosotros porque, como bien lo ha explicado Rómulo Orta, profesor titular de la UCV (enfoque365.net), la confiabilidad del nuevo censo podría estar en juego porque el clima de desconfianza colectivo hacia la investigación es tan grande que puede distorsionar sus resultados.

En una sociedad democrática el Gobierno nacional se lo tomaría muy en serio y ya hace tiempo que hubiese propiciado acuerdos con la dirigencia opositora, las instituciones académicas y otros entes de la sociedad civil para reducir la desconfianza y garantizar la confiabilidad de tan importante instrumento. Pero el equipo que nos gobierna no entiende la crisis de credibilidad y la despacha con el mismo argumento que usa para explicar los apagones eléctricos, la escasez de alimentos o el incremento de homicidios. Con la manida tesis de “otro saboteo de la oposición con el apoyo de los medios privados, el imperio y la CIA”. Y hasta allí.

Otro grupo de venezolanos, en cambio, encuentra muy grave el hecho. Buenos ciudadanos, racionalmente defensores de la institucionalidad pública y no necesariamente seguidores del régimen, evalúan esta suerte de boicot al censo como un acto de irresponsabilidad colectiva que, sin argumentos sólidos, a la larga terminará afectándonos a todos y, en particular, al futuro gobierno de la Alternativa Democrática que, si todo sigue como va, se estrenaría en enero de 2013.

No les falta razón, pero olvidan un dato: que el miedo es libre y que el temor, la desconfianza y la impotencia colectiva, cuando se mezclan, se convierten en un peligrosísimo coctel capaz de perturbar incluso al más educado y racional. Sociológicamente hablando, el rechazo al censo, algo casi sagrado para un país, es una prueba de la medida en la que la polarización está haciendo inviable la convivencia democrática en la sociedad venezolana y de cómo, poco a poco, formas diversas de desobediencia civil, autodestructivas unas, eficientes otras, entran en escena cambiando las formas de protesta tradicionales.

La polarización política; la desconfianza en el Estado y sus instituciones; el temor a la violación de la privacidad; las invasiones, expropiaciones y estatizaciones que el gobierno bolivariano y sus bandas organizadas vienen practicando desde hace más de una década; junto a los rumores sobre la presencia de agentes cubanos, iraníes y libios camuflados entre los empadronadores, cosa que podría ser ­o no­ sólo una leyenda urbana, hacen que lo que en cualquier otro país ocurriría como una operación automática más, en Venezuela se convierta en otro triste objeto de diferencia, suspicacia y confrontación. Ya ni para contarnos nos podemos juntar en paz.


 
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