Nueva York trabaja a contra reloj para conmemorar el décimo aniversario del 11-S

ANDREA AGUILAR – Nueva York 

Oficinistas, turistas y repartidores transitan por la estrecha acera de Liberty Street en Manhattan, y a la altura del número 120 una docena de personas guarda fila ordenadamente. Esperan su turno para la visita guiada por el perímetro de la Zona Cero, el área de unos 65.000 metros cuadrados arrasada el 11 de septiembre de 2001, cuando dos aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas y 2.752 personas murieron.

Ahora se escucha el bullicio de grúas y camiones. A pie de calle, la malla que cubre las obras funciona como un cartel e informa de los progresos, animando al viandante a seguir el proceso en la web wtcprogress.com. Hay un aparcamiento y cuatro edificios en construcción. El más alto crece a una planta por semana y ya supera las 80 de las 104 que tendrá. Se trata del rascacielos diseñado por Lieberman, la Freedom Tower que el director del Port Authority de Nueva York y Nueva Jersey, Christopher O. Ward, ha rebautizado como One World Trade Center. “Éramos libres antes del 11-S y hemos sido libres después. Los neoyorquinos no necesitan una torre que se llame libertad, sino que se construya el edificio y saber que pueden ir allí a trabajar”, zanja este empleado público, que al asumir el cargo en 2008 volvió del revés el calendario de las obras y subió 3.000 millones de dólares el presupuesto. El edificio Lieberman es uno de lo edificios más caros de la historia, a unos 7.000 euros el metro cuadrado, más del doble que un edificio normal.

Los emblemáticos rascacielos atacados hace 10 años fueron diseñados por Mimoru Yamasaki en los sesenta, como parte de un proyecto que pretendía revitalizar el sur de Manhattan en unos años en los que la quiebra era la principal amenaza que planeaba sobre la ciudad. Formaban parte del World Trade Center, un complejo que contaba con otros cinco edificios y seis plantas subterráneas en el que trabajaban cerca de 50.000 personas. Tras el atentado de Al Qaeda aquella mañana, todo quedó reducido a escombros.

Cuando faltan  cuatro para que se cumpla el décimo aniversario del brutal ataque, el socavón de la Zona Cero y las agrias batallas que ha suscitado comienzan a cerrarse. Nueva York se afana en los preparativos de la inauguración del monumento a las víctimas y la apertura al público de una nueva plaza en el World Trade Center. El día del aniversario habrá un acto oficial con familiares de las víctimas, y a partir del 12 de septiembre el 9/11 Memorial quedará abierto. Aunque las visitas serán gratuitas habrá que reservar las entradas por Internet. Se espera que varios millones de personas lo visiten este año.

Museo del 9-11

El proyecto ganador, Reflecting absence (Ausencia refleja), de Michael Arad y Peter Walker, se impuso frente a los cerca de 5.000 presentados. El monumento toma como punto de partida el espacio que ocupaban las Torres Gemelas: las huellas de los rascacielos quedan convertidas en dos estanques hundidos en el suelo y flanqueados por cortinas de agua. El espacio de las cataratas está rodeado de placas de bronce con los nombres de las 2.983 personas que perecieron el 11-S -en Nueva York, Pensilvania y Washington-, así como los de las víctimas de la bomba que estalló en el World Trade Center en febrero de 1993. Abajo se abre un espacio por donde los visitantes podrán transitar y que comunica con el National 9/11 Memorial Museum.

En la superficie del nuevo World Trade Center se encuentra la Memorial Plaza, en la que se han plantado más de 400 robles, incluido el survivor tree (árbol superviviente), que fue rescatado de entre los escombros en octubre de 2001. “Como en el caso de Berlín y Buenos Aires, este monumento emplea el agua, la piedra y una zona ajardinada”, apunta en conversación telefónica el profesor de la Universidad de Columbia Andreas Huyssen, ensayista que ha estudiado la cultura de la memoria y los monumentos. “Antes eran los escultores quienes se encargaban de los monumentos, ahora son arquitectos. En este caso han decidido conservar los muros de pantalla (la estructura de contención frente al río Hudson que se empleó para poder erigir las torres). Remite a la construcción original y explica la dificultad geográfica del espacio. Además, el hueco sigue siendo un hueco. Como en el trabajo de Maya Lin en Washington, el nuevo monumento se hunde en la tierra y es “antiheroico, no hay banderas”, señala Huyssen. La arquitecta americana de origen asiático, que a los 21 años y cuando estudiaba en Yale ganó el concurso del monumento a los soldados caídos en Vietnam, ha formado parte del jurado del 9/11 Memorial.

Pero Maya Lin, más allá de la realidad, también está curiosamente conectada al monumento del 11-S como musa de ficción. La historia de los brutales ataques y feroz oposición a los que tuvo que hacer frente en los ochenta para defender su proyecto -hoy considerado el mejor ejemplo de arquitectura memorialística- han inspirado The submission, el primer libro de Amy Waldman, periodista de The New York Times que cubrió el atentado. Esta novela, publicada la semana pasada con excelente acogida, gira en torno a las luchas de poder que han rodeado el monumento a las víctimas del 11-S y la Zona Cero.

La ciudad de la ambición y el triunfo ha vuelto a mostrar su tenaz, resuelto y complicado carácter en estos 10 años. Se tardó ocho meses en limpiar la Zona Cero. Luego llegó el parón. Promotores inmobiliarios, ejecutivos, políticos, grupos civiles y familiares se han enfrentado con furia. Parecía imposible reconciliar el deseo de reedificar en un cotizado solar con el homenaje a los muertos.

El monumento y la reconstrucción de la zona corrían el peligro de convertirse en un acto de propaganda en la lucha contra el terror, en un centro comercial o en una fortaleza. Michael Shulan, director creativo del Memorial Museum, asegura que las complicaciones de este proyecto son un reflejo de los procesos de decisión del sistema: “Puede que sea un poco farragoso, pero así es como funciona una democracia”.

Museo 11-S

El museo del 11-S, al que se accede a través del monumento y que abrirá sus puertas en 2012, ha organizado para este año Restos de la memoria, una muestra de fotografías captadas por Francesc Torres de los materiales recogidos en la Zona Cero que permanecieron almacenados en el hangar 17 del aeropuerto JFK y que pasarán a formar parte de la colección del museo. Las fotos se verán en el Imperial Museum de Londres, el International Center of Photography de Nueva York y el CCCB de Barcelona.

 
Top