Para Usaín Bolt lo extraordinario es la norma en atletismo de pista

CARLOS ARRIBAS – (Daegu)

Si el atletismo es, debe ser, la lucha de una persona contra sus límites, Usain Bolt es el hombre. Si el atletismo debe ser espectáculo, color, ¿dónde estaría sin Bolt? Si lo más importante es la belleza del gesto, la del cuerpo humano en su esplendor, Bolt, por supuesto. También si piensa en récords. Solo quien quiera emoción -o sea, duda sobre el resultado, incertidumbre- o sorpresas -salvo una salida nula exagerada- debería olvidarse del atleta jamaicano para el que lo extraordinario es la norma y que ha transformado en un fin de semana mágico, en apenas tres salidas a la pista de unos cuantos segundos cada día, unos Mundiales marcados por la grisura del ambiente y el fracaso de los favoritos -y la tristeza de la actuación española- en un espectáculo de luz y color cegadores culminado anoche en el relevo corto, salvaje. Fue un argumento más contundente para devolver la fe a los descreídos que los que pueda contener la Biblia que blandió, casi amenazante, Will Claye, de 20 años, para celebrar su medalla de bronce milagrosa en el triple salto. O, por lo menos, más directo.

Los etiquetadores de turno suelen catalogar a unos Mundiales de pobres sencillamente si en ellos no se bate un récord del mundo. Tal etiqueta, colocada a los de Daegu incluso casi antes de que comenzaran, debió ser levantada justamente en el momento en que el cronómetro del estadio se detuvo por última vez. Lo hizo en 37,04s, el tiempo que tardaron los cuatro relevistas de Jamaica en dar la vuelta a la pista con un bastón en la mano como testigo. Un récord del mundo cuando sonaba la campana y en el que, por supuesto, tuvo algo que ver, o mucho, Bolt, que corrió de ancla, como dicen los estadounidenses, la última recta.

Jamaica mejoró en seis centésimas de segundo su propio récord de los 4×100 metros, alcanzado en la final de los Juegos Olímpicos de Pekín 2008, y se quedó a solo cinco de bajar de la barrera terrible de los 37s, lo que quizás habría conseguido si Asafa Powell, el más rápido del año, el tercero más rápido de la historia (9,72s es su récord personal), no se hubiera lesionado en las vísperas de los Mundiales.

La ausencia de Powell, habitual ancla de Jamaica, y unas molestias en el tendón de Aquiles forzaron a Bolt a no correr su curva, privilegio que cedió a su amigo Yohan Blake, el campeón del mundo de los 100 metros, quien demostró que quizás tenía razón Powell cuando decía que Bolt le temía. Razones hay. Blake, como en las semifinales, corrió una curva soberbia. Después de recibir el testigo de manos de Michael Frater, el habitual segundo -Nesta Carter siempre es el que pone en marcha la maquinaria-, en situación de casi igualdad con Estados Unidos -ausente en Pekín y en los Mundiales de Berlín 2009 por torpezas en las semifinales, pero de nuevo en una gran final-, Blake se lo entregó a Bolt con tal ventaja -acrecentada porque Darvis Patton, el tercer norteamericano, tropezó con el británico Devonish al final de su curva y ambos equipos quedaron fuera de juego- que el gigante de Kingston casi podría haber andado en los últimos 90 metros y haber mantenido la ventaja. Una medición rápida señala que Blake hizo la curva en 9s, menos aún que lo que solía hacer Bolt, que la tomaba recta en 9,12s. Quizás esa exhibición de su amigo forzó a Bolt a no ser menos y, aunque no fue el mejor de nunca, forzó lo suficiente para que no descendiera la cadencia. Así cayó el récord. Favorecida por los tropezones, la Francia de Lemaitre, segunda posta, alcanzó la plata. Llegó a 1,16s de Jamaica, casi 15 metros de diferencia. Salvaje.

Antes de Bolt, el color, desvaído, en Daegu lo pusieron, por razones rozando la frontera del atletismo, Oscar Pistorius, el hombre biónico con piernas de fibra de carbono, el campeón paralímpico sudafricano, quien no solo participó, sino que pasó a las semifinales de los 400 metros, y su compatriota Caster Semenya, la campeona de los 800 en Berlín, quien, tras forzar a la federación, como Pistorius, a cambiar las normas de participación -las que a ella le atañen tienen que ver con una definición de género; ¿dónde está la frontera entre hombres y mujeres?; en los cromosomas solo ya no- y sufrir una suspensión preventiva, regresó para no ganar, sino para quedar segunda, lo que tampoco está mal.

Semenya, abrazada por fin por todas sus rivales tras la final, en la que cedió ante la rusa Savinova a 30 metros de la llegada, perdió, pero ganó siete amigas, que diría el cursi, y se unió a una importante lista de grandes que regresaban y a los que Daegu negó la victoria redentora: Isinbayeva, Liu Xiang, Merrit…

La emoción que les faltó a las carreras de Bolt le sobró a las del británico Mo Farah, quien, derrotado en la última recta de los 10.000 metros por el etíope Jeilan, aprendió de los errores, sujetó los caballos, dominó su pasión hasta la última recta y triunfó en los 5.000 resistiendo los intentos desesperados del gran Lagat.

Los límites no existieron, ni tampoco el miedo, para una serie de jovencitos de enorme talento que en Londres 2012 ya parecerán veteranos, como David Rudisha, que ya llegaba con el récord mundial de los 800 metros, o Kirani James, de 18 años, que ganó los 400, o el mismo Blake.

Otros fueron capaces de superar ampliamente sus mejores marcas en las finales para llegar a las medallas. Jóvenes rozando los 20 años o poco más como el pertiguista cubano Lázaro Borges o el lanzador de peso alemán David Storl o los triplistas Christian Taylor y Claye, de Florida, que hicieron un sándwich con el gran favorito, Phillips Idowu…

 
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