TRASCENDENCIA Y PERPETUACIÓN

Américo Martin

Desde la cima del Avila
Américo Martín
@AmericoMartin
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Mi juventud montó potro sin freno Iba embriagada y con puñal al cinto
Rubén Darío

 

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La trascendencia es el más humano de los rasgos. En la Odisea uno de los hombres de Ulises, en trance de morir, le pide al héroe un túmulo para que lo recuerden como fiel compañero. No es un sentimiento de élites. También en las pandillas cada uno quiere ser recordado por sus hazañas criminales; en el deporte es la pasión por dejar marcas, en la cultura por dejar obras, en las relaciones amorosas, por revestirse con el amor de la pareja.

Pero incluso la necesidad de trascender de Epeo, el amigo de Ulises y constructor del Caballo de Troya, tiene precedentes más remotos. Tenemos datos de ella desde la invención de la escritura por los sumerios y del alfabeto por los babilonios, mucho antes incluso que los jeroglíficos inventados durante las dinastías del antiguo Egipto. Desgraciadamente es la habilidad para escribir y dejar estelas la que marca el inicio de la historia, de modo que de una prehistoria que se pierde en el tiempo no tenemos manifestaciones indudables y por lo tanto pruebas de la pulsión por la trascendencia, pero no cabe dudar de ella.

El primer poema que se conozca, más de cuatro mil años AC, dedicado a Gigalmesh el rey de Uruk, se consagra al tema de la vida eterna, que mucho después obsesionaría a Ponce de León, el conquistador en busca de la fuente de la eterna juventud.

Por eso yo quisiera rogar que no confundamos la noble búsqueda de la trascendencia, mediante obras que enriquezcan al ser humano a lo largo de milenios, con el burdo, necio, cruel empeño de adueñarse del poder no sólo por lo que quede de vida, sino más allá, a través de la sucesión de sangre. Fidel-Raúl, Hugo-Adam, Gadafi y su hijo, Kim Il Sung-Kim Jon Il, y éste y el suyo.

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       Cada vez que el presidente sale de un ciclo de quimio, anuncia con pífanos su victoria sobre el maligno; y en seguida, para confirmarlo, canta, salta, bate palmas y hace ejercicios militares imaginarios. Son aspavientos  más bien risueños y como tales inofensivos. Pero como su genio no le permite dejar en paz al país, ni menos a quienes desde la acera de enfrente trabajan tenaz y pacíficamente para sustituirlo por la vía del sufragio, “se lanza embriagado y con puñal al cinto”  contra el sempiterno enemigo, el imperio y sus agentes, empeñados criminalmente en desestabilizarlo.

Tanto ha revestido con manto heroico su proclamada victoria  contra el cáncer que por comodidad debemos aceptarla, incluso para evitar que en el tira y encoge de su estado de salud caigan pesados escombros sobre la paz del país. El presidente no imagina cuán útil sería que acepte una derrota limpia y translúcida, para lo cual es bueno que se presente a las elecciones en excelentes condiciones físicas. Conociendo al hombre, si su salud flaqueara está escrito que culparía al imperio, entre cuyas maquinaciones podría estar el desarrollo de drogas ignotas para malograrlo. O podría alegar cuando menos que si no ha causado el mal, el imperio lo estaría utilizando –no se sabe cómo- para sacarlo del poder.

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Las provocaciones contra la oposición van en la misma dirección, pero son de tan mala factura que el efecto ha sido contraproducente.  La operación “Didalco”, las declaraciones de Rangel Silva y Mata Figueroa, el pregón   presidencial de que no aceptará la derrota, son irracionales, insustentables. Son, en suma, esguinces chapuceros; signos de que no queda mucha pólvora en la faltriquera.

No debe aparecer ninguna sombra que pueda ser invocada para desconocer el resultado electoral. Y pienso en los desconcertados militantes del PSUV que, incapaces de digerir un descalabro, se libren a propagar dudas. La más socorrida  es la lata de la “desestabilización”  con el supuesto fin de repetir la experiencia valiente del martirizado pueblo libio. Tratarían de crear el ambiente para patear la mesa.

¿Qué le pasa al presidente? ¿Por qué se aferra de manera tan enfermiza al poder, sin tomarse el trabajo de evaluar el desastre que ha creado?

La Humanidad se siente impulsada a trascender; a dejar un buen legado a nuevas generaciones agradecidas, como universalmente se le reconoce al gran Mandela.

Pero es diferente la forma chavista de interpretar la trascendencia. Todo se vale, el fin no repara en medios. Así no puede esperar que lo recuerden con gratitud. Porque no es lo mismo quedarse a la fuerza en el mando, que dejar un ejemplo constructivo por siglos. Stalin gobernó 22 años y no es recordado como él y sus acólitos hubieran querido, sino todo lo contrario. Lo mismo le ocurrió a otros autócratas perpetuos de diferente o similar linaje ideológico. La lista es larga: Trujillo, Gómez, Somoza, Pinochet, Hitler, Mao, Franco, Mugabe, Enver Hodja, Idi Amín, Gadafi, Saddam, para referirme sólo a algunos especímenes de los siglos XX y XXI. A Fidel la historia no lo absolverá.

La comunidad universal los recuerda con desprecio o con horror. Si querían trascender lo hicieron de la peor manera. Preferible hubiera sido desvanecerse en un tranquilo anonimato que quedar como demonios para asustar a niños malcriados.

Esa bastarda trascendencia nada vale, es un afán de dominación cuyo destino es el museo del horror y el de antigüedades, junto a la guillotina, el hacha del verdugo, la rueca y el sombrero de Sherlock Holmes.

 
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