TURQUÍA, ENTRE EUROPA Y EL ISLAM

Florentino Portero

Florentino Portero

El pasado no ata, no nos fuerza a ser de una manera determinada, pero su influencia es evidente. Las naciones son el resultado de la historia y ésta, a lo largo del tiempo, condiciona la vida de sus gentes.

La Turquía musulmana tiene una historia larga y brillante. Durante siglos fue rica y poderosa, fue eje de un gran imperio y sobre todo, fue el centro del Islam, el Califato, el núcleo desde el que se dirigía en los aspectos básicos de la vida humana —la religión, la política y el derecho— a una comunidad de millones de creyentes.

El califato otomano se vino abajo tras la I Guerra Mundial. No había sabido adaptarse a los nuevos tiempos y eso le llevó a su destrucción. De sus propias filas, de su Ejército, surgió la reacción: un movimiento despótico que tenía como finalidad reformar las instituciones políticas y modernizar la sociedad. Si el Califato se había derrumbado por dar la espalda a la ciencia y al pensamiento occidental, el futuro de Turquía debería construirse desde la razón y el laicismo. No era un golpe anti-islámico, pero sí claramente dirigido a tratar de separar los ámbitos civil y religioso. Si eso era acorde o no con las enseñanzas del Profeta no soy yo quién para dilucidarlo.

El giro modernizador y pro-occidental impuesto por el general Mustafá Kemal, luego conocido como «Ataturk» o caudillo de los turcos, tuvo consecuencias importantes para su pueblo. Los cambios fueron dando su fruto poco a poco y hoy la sociedad ha logrado un destacado nivel de educación y bienestar. La democracia es una realidad porque hay ciudadanos capaces de hacerla valer. La economía se ha desarrollado con pujanza. Los turcos se han abierto al mundo y comprenden las complejidades de la política internacional. Turquía entró en la Alianza Atlántica y durante estos años ha jugado un papel importante. Pero su apuesta por Occidente tiene sus limitaciones.

La Unión Europea aceptó la solicitud turca de ingreso para después dar a entender que la plena incorporación no se llevaría a efecto. Un comportamiento inaceptable e irresponsable. Se ha ofendido a todo un pueblo sin necesidad. Pero dejando a un lado las maneras europeas, lo fundamental es que Turquía ha comprendido que su camino hacia Occidente ha llegado a su fin. Un muro infranqueable se ha levantado ante ellos como consecuencia no sólo de los graves problemas por los que pasa la Unión Europea, sino también del miedo a incorporar a ochenta millones de musulmanes, con nivel de renta inferior a la media, en un momento en el que se reconoce abiertamente el fracaso de las estrategias de integración de las comunidades musulmanas; y, por último, de la necesidad de fijar unos límites geográficos que eviten que todos los estados mediterráneos y del Cáucaso soliciten también su ingreso.

El «no» europeo ha sido tan frustrante como irritante la forma en que se ha comunicado. Los adalides de la apertura hacia Occidente han perdido crédito frente a los islamistas. El giro impuesto por Ataturk nunca llegó a permear hacia el conjunto de la sociedad, que se mantuvo fiel a la tradición en mayor medida de lo que la política oficial daba entender. Más aún, en Turquía, como en la Inglaterra del siglo XVIII o la España del XIX, la corrupción y el caciquismo se adueñaron de las instituciones, provocando el lógico escándalo social. La apertura a Europa suponía abrirse a sus ideas, a sus programas de televisión, novelas… a un proceso cultural bastante ajeno para la mayoría y que venía condicionado por la crisis del pensamiento moderno y la experiencia de dos guerras mundiales. La pérdida de valores, el materialismo, el consumismo y, más recientemente, el relativismo han ido alimentando una reacción puritana y antioccidental en Turquía que converge con la reivindicación de una identidad musulmana que viene de muy atrás.

Los islamistas han sabido utilizar la democracia para comunicarse con la gente, para canalizar estas nuevas actitudes, acceder al poder, limitar la influencia de las Fuerzas Armadas y, sobre todo, para cambiar la mentalidad de la sociedad. Hoy Turquía vuelve a sentirse plenamente inserta en el corazón del islam y busca mantener unas relaciones intensas con todos sus vecinos y antiguos territorios. Las «causas musulmanas» se perciben como propias por simpatía y solidaridad pero, sobre todo, por interés. La Turquía de Erdogan no quiere ser una más, busca el liderazgo, el califato posmoderno que hasta la fecha se disputaban persas y saudíes.

Si árabes e iraníes han utilizado a israelitas y palestinos para promocionarse, ahora lo hace Turquía, con la curiosa particularidad de que se trata de un miembro de la OTAN.

* FLORENTINO PORTERO ES PROFESOR DE HISTORIA EN LA UNED

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