Las taras del socialismo

Karl Krispin

En el capitalismo la ética del trabajo antecede todo proyecto. De allí sus detractores que no son más que un ruidoso equipo de vagos que le rehúyen al trabajo exigiendo romper la alcancía.

KARL KRISPIN
kkrispin@hotmail.com  

En estos últimos años de retroceso y populismo demagógico, hemos atestiguado con estupor la forma cómo nuestro país cambió y para peor. Una verdad tan grande como una catedral es que en 1998 Venezuela era un sitio mil veces mejor para sus habitantes. Para no caer en el inventario interminable de nuestras miserias, tengamos en cuenta que en 2010 se fueron de la República más de 500.000 venezolanos de acuerdo con el informe Datos sobre migración y remesas 2011, del Banco Mundial. Un retrato más pesimista no es posible. ¿Por qué emigraron? Por un país descompuesto, invertebrado, carente de libertad económica, donde la inseguridad es la regla y en el que la religión oficial nos quiere convertir en socialistas. El socialismo no es sino miseria mal repartida y propicia la inexistencia de estímulos para el futuro. La puja individual es reducida a la nada.

En nuestro país no se puede mover un pie sin que todo el sistema te recuerde el tema de la responsabilidad social. No cabe duda de que es inaceptable vivir en un sistema donde abunden los excluidos.

Toda la enmohecida literatura socialista remacha en el hecho de la supuesta solidaridad de los sistemas colectivistas, pero resulta que en Cuba abundan las enfermedades oculares porque la población no consume las vitaminas suficientes y la gente se muere de hambre. En cambio, en Estados Unidos los obreros tienen casa propia y automóvil, las empleadas de servicio llegan al trabajo con sus carros y la palabra favela o rancho no se conoce.

Por encima de las imperfecciones del sistema, hay trabajo, prosperidad, educación, sistema de salud para todos, así como oportunidades. El imperio, como ignorantemente se lo califica, sí que es un ejemplo para el planeta por su inimitable visión sistémica de crecimiento personal y nacional.

Lo que los izquierdistas no han entendido es que en nuestro país hay exclusión porque nunca ha existido un capitalismo vigoroso. Con capitalismo de verdad no hay exclusión, con libertad de mercado hay crecimiento. Arturo Uslar Pietri me relató una vez una frase de Rómulo Betancourt que, refiriéndose a la izquierda venezolana, le reprochaba que no entendía que la revolución había que hacerla con Estados Unidos.

En Venezuela hemos tenido un arroz con mango económico: un capitalismo de Estado que le suelta migajas al sector privado mientras no merodee su espacio vital. Basta que una empresa lo haga bien para que el Gobierno empiece a darle vueltas. Los dólares que genera Pdvsa no alcanzan y por eso el estalinista control de cambios, Bolchevique. Giordani, insisto, sería un excelente ministro en Mongolia, Corea del Norte o Zimbabwe, pero no para una nación que podría ser la locomotora de América Latina y apenas si llega a carrucha con sus actuales conductores.

Me gustaría escuchar más de libertad económica y de mercado en de los precandidatos. Los únicos a quienes he oído hablar de economía de mercado han sido Antonio Ledezma y María Corina Machado. Hay que enterrar el socialismo para que sea reconocido en el futuro como una pieza arqueológica, producto de unos irresponsables que nunca creyeron en el trabajo y jamás entendieron la libertad.

Un amigo me comenta que la derecha capitalista es percibida como una vieja encopetada con un camafeo, mientras la izquierda socialista es una catira que baila rueda libre en una barra. En el capitalismo la ética del trabajo antecede todo proyecto. De allí sus detractores que no son más que un ruidoso equipo de vagos que le rehúyen al trabajo exigiendo romper la alcancía.

 

 
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