Por Valencia: ¡Sí hay alguien!

Simón Garcia


Simón García
simongar48@gmail.com
@garciasim

La degradación de lo público está llegando a un límite intolerable en Valencia. El Alcalde, obsesionado por su espejismo ideológico, prioriza el interés social de una parte, que no es lo mismo que defender el interés colectivo. Reproduce un proyecto centralista y autocrático que le impone al país el arruinamiento por goteo. Es un insólito caso de victimología. En vez de resistir indica donde deben apretarle más los nudos.

Hemos perdido mucho del esplendor de ciudad que se reinició con Salas Römer y Paco Cabrera, de cuyos éxitos podría extraerse un manual de instrucciones para gobernantes que buena falta hace. Lo terrible es que si nos descuidamos, la ciudad que soñamos terminará por convertirse en la pesadilla en la que tendremos que vivir.

Pero hay tres buenas noticias. La primera es la progresiva irrupción de un nuevo tejido social, cultural y cívico que reivindica el derecho de todos a la ciudad. Son numerosos movimientos, acciones e iniciativas que dicen basta ante distintas situaciones. Destellos de conciencia que se proyectan desde asociaciones como Propuestas para Valencia, Un millón de amigos por el Metro, el Comité de Defensa del Acuario, los Consejos Comunales, el Comité por la Calidad del Agua junto a todas las demandas, movilizaciones y protestas que día a día emprenden estudiantes, trabajadores, viejitos o vecinos.

Ese esfuerzo de construcción de la ciudad desde abajo, aunque esencial para nuestras vidas, es generalmente invisible como bien diría El principito. Tiene expresión en los movimientos deportivos y culturales, en las mejoras que la gente incorpora a su comunidad, en los médicos y el personal de los hospitales, en los voluntariados que llevan solidaridad a otros. Una buena metáfora para simbolizarlo es el delta humano que cotidianamente hace coincidir en las escuelas a padres, niños y maestros.

Hay muchas otras energías humanas dedicadas a luchar por una ciudad convivible, educadora, humanizada y capaz de aplicar los mecanismos eficientes para no oxigenar las conductas incívicas sea de los altos gobernantes, del policía que matraquea, del fiscal que viola la norma, del funcionario que atiende mal o del peatón que ensucia o destruye un bien común. Ciertamente “los buenos” son mayoría, pero no siempre y en todo están tomando la delantera.

Son esas fuerzas las que están poniendo la ventaja a favor de la Gran Valencia desde instituciones como la gobernación del Estado, la Universidad de Carabobo, los medios de comunicación o las alcaldías de Naguanagua y San Diego. También la labor de diversas personalidades que, al precio de admitida injusticia, reduzco a dos ejemplos. El de los concejales de Valencia Gladys Valentiner y Noé Mujica. Y el de los cronistas de la ciudad -el oficial y el alterno- que cultivan el sentido de pertenencia y la apasionada defensa de Valencia: Mujica Sevilla y Alfredo Fermín.

La segunda señal notable es que la reconquista democrática de la ciudad está uniendo a la gente por encima de su identificación política. La lucha por la ciudad no es copia fiel y exacta de las dos grandes posiciones “ideológicas” que disputan el futuro del país, ni del mitológico enfrentamiento de una Valencia de la revolución contra otra de la oligarquía.

La tercera buena nueva es que el protagonismo activo y responsable de la ciudadanía está haciendo realidad un pensamiento que no es de Gerardo Saer sino de Henry David Thoreau, “el mejor Gobierno es el que tiene que gobernar menos”.

De nuevo, la esperanza está en la gente.

 
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